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Es 16 de abril de 1961. 10:07 horas. La Agencia Oficial Soviética Tass toma al mundo por sorpresa: informa que Moscú ha enviado al primer hombre al espacio. Una noticia que ha guardado bajo el más absolute secreto y que lanza una hora del despegue de la caápsula desde Baikonur, en Kazajistán.

Para cuando la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos se entera, Yuri Alekseyevich Gagarin ya orbita la Tierra y sabe si los humanos pueden comer, beber y moverse sin problemas en el espacio.

En el momento en que la nave Vostok 1 sobrevuela África, el piloto automático enciende los “retromotores” y emprende el regreso. Es un momento crítico. En dos de los cinco ensayos anteriores, los cohetes se incendiaron. “Vi el resplandor de las llamas rugiendo alrededor de la nave. Estaba en una bola de fuego que se precipitaba hacia abajo”, recordaría Gagarin en su autografía El camino del cosmos.

Afortunadamente, en esta ocasión todo sale bien. El cosmonauta abandona la nave en el aire y llega al suelo montado en un paracaídas, 108 minutos después de partir de Baikonur. Misión cumplida. Esa hora y 48 minutos que dura la hazaña es el inicio de la conquista por el cosmos. Es un sueño que hoy escribe un nuevo capítulo: el de una industria que busca extraer tesoros que se antojan inacabables y altamente productivos. Se trata de la carrera por traer agua y metales del espacio exterior a la Tierra.

Nueva fiebre por el agua

En 1969, Neil Armstrong hace historia al convertirse en el primer humano en pisar suelo lunar. A partir de ese momento comienza a considerarse la posibilidad de descubrir y extraer minerales para traer a la Tierra.

Desde que la NASA desmanteló el programa Apolo en 1975 ningún hombre volvió a pisar el satélite natural. Pero en estas décadas los vuelos espaciales no tripulados han dado pasos gigantes y han conseguido localizar depósitos de agua congelada de más de 1,600 millones de toneladas en los polos de la Luna. También han detectado grandes cantidades de platino, níquel, hierro y cobalto en asteroides, los cuales son usados principalmente en la industria electrónica para la fabricación de televisiones y teléfonos inteligentes.

De una manera más formal, la explotación de recursos extraterrestres empezó a discu- tirse a finales de los años 90 en una conferencia anual organizada por la Escuela de Minas de Colorado. Es la Space Resources Round Table (SPRT), a la que asisten agencias espaciales de todo el mundo, empresas privadas, instituciones académicas, defensores de los recursos espaciales y especialistas legales.

El santo grial es el hielo congelado en las rocas espaciales, que pueden generar hidrógeno que sirva como combustible y oxígeno para tener colonias humanas en la Luna o en Marte. En entrevista con Tec Review, Chris Lewicki, CEO de Planetary Resources, se muestra entusiasta y comenta que la extracción de agua de los asteroides generará riqueza en algunos países en la Tierra y representará una nueva economía en el espacio.

Llegar a los asteroides es un gran desafío, pero hay preocupaciones más terrenales. Desde la hazaña de Gagarin, el espacio es considerado herencia de la humanidad y esto se refleja en el Tratado del Espacio Exterior establecido por la ONU en 1967. Julio Carbajal Smith, catedrático de la Facultad de Derecho de la UNAM, expone que los acuerdos internacionales impulsados por la ONU afirman que todos tienen derecho a acceder al espacio y prohíbe la apropiación del espacio exterior.

Sin embargo, en 2015, el presidente Barack Obama firmó una ley que autoriza el uso comercial de las riquezas recogidas en los asteroides y la Luna. La norma The Us Commercial Launch Competitiveness Act o Space Act (Ley de competitividad comercial de los lanzamientos espaciales de Estados Unidos), prevé que todo estadounidense o empresa de ese país es propietaria del material que encuentre en un asteroide o la Luna.

Así, países como Estados Unidos y Luxemburgo estarían rompiendo el acuerdo de los años 60. “Las empresas interesadas en el negocio minero quieren un lenguaje legal claro, ya que la ley establecida en 1967 tiene muchas lagunas”, destaca Abbud.

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“La mayoría de los proyectos comerciales pretenden extraer recursos para uso en el espacio”, explica Laura Delgado, jefa de proyectos de Secure World Foundation.

“Algunas compañías han manifestado su interés por suplir necesidades aquí en la Tierra, pero trayendo bienes procesados”. Sin embargo, está prohibido traer materia prima del espacio a la Tierra.

Secure World Foundation trabaja con gobiernos, industria, organizaciones y la sociedad civil para promover acciones encaminadas a un uso seguro, sostenible y pacífico del espacio para el beneficio de la Tierra.

Esta nueva industria también genera preocupaciones ambientales y ya suenan algunas campanas de alarma. “Cuando la misión Apolo alunizó, en menos de tres días, la presión atmósferica de la Luna se modificó entre 100 y 200 %”, recuerda Ángel Abbud.

El que un excavador trabaje en la superficie lunar signifca un aumento en la presión atmósferica, que pondría en peligro las observaciones astronómicas, además impactaría en las comunicaciones satelitales, principalmente en la cara oculta de la Luna para los telescopios de radio.

La Sociedad Espacial de Estados Unidos (NSP, por sus siglas en inglés) publicó un informe realizado en 1984 en el Laboratorio Nacional de los Álamos, Nuevo México, que anticipa el impacto ambiental de la ex- plotación de recursos en la Luna.

“La mayoría de las actividades científicas lunares requiere que se preserve el medio ambiente”. La Luna acumulará cicatrices en su superficie de forma irreversible. Esta situación afectará la forma en como la hemos visto por miles y miles de años.

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*Este texto forma parte del reportaje Minas de Platino publicado en número 6 de la revista Tec Review de los meses julio-agosto 2016.

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