Por Rodrigo Pérez Ortega*

Alguna vez, el historiador británico Lord Acton dijo: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Tal vez por ejemplos recientes de personas en el poder tenemos la idea de que el poder cambia a las personas. ¿Es cierto eso?

Es evidente que cuando una persona adquiere cierto poder –político, económico o moral–, se comporta de manera diferente. El poder, la capacidad de influenciar y controlar a otras personas, es una característica de nuestra jerarquía social. Cuando alguien tiene un papel importante en las sociedades, su cerebro funciona de manera diferente.

Por ejemplo, un estudio liderado por el doctor Adam D. Galinsky, de la Universidad Northwestern, encontró que las personas con poder valoran sus convicciones y no toman mucho en cuenta las opiniones y perspectivas de los demás. El poder reduce las restricciones mentales y provoca que las personas actúen de forma más decidida.

Por otro lado, las personas poderosas también tienden a ser más hipócritas. En otro estudio de Galinsky, los participantes poderosos juzgaron mucho más a alguien que hace trampa, comparados con participantes impotentes. Pero cuando se les dio la oportunidad de que ellos mismos hicieran trampa, lo hicieron con más frecuencia. “Las personas con poder no sólo toman lo que quieren porque lo pueden hacer sin castigos, también porque ellos intuitivamente sienten que tienen derecho a hacerlo”, exponen los autores.

Las personas empoderadas tienden a ser más desinhibidas y auténticas. Un estudio de la Universidad de Tilburg, en los Países Bajos, confirmó que la gente con alto poder presenta una mayor actividad en la corteza frontal izquierda –asociada con la motivación para lograr–, comparada con la gente sin poder. Con poder, las personas están más motivadas y con mejor control ejecutivo, además de ayudar a que piensen más creativa y abstractamente.

Esa desinhibición también deja que salgan a la luz todas las actitudes que antes estaban reprimidas por las reglas sociales. Según Joe Magee, de la New York University, el poder no corrompe, lo que hace “es liberar al verdadero ser para que surja. Trabajamos con normas sociales, trabajamos en grupos que ejercen todas las presiones sobre nosotros para conformarse. Una vez que llegas a una posición de poder, entonces puedes ser quien quieras”. El poder en sí no corrompe, sino que exalta los principios y tendencias éticas preexistentes. Las personas buenas no se convierten automáticamente en tiranos cuando tienen poder, ni viceversa. Para saber cómo es alguien, dale poder.

*Rodrigo Pérez Ortega es neurocientífico y divulgador de ciencia.

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