Por Carlos Gutiérrez Bracho

Es una de las sustancias más valiosas del universo por tratarse, hasta donde podemos saber, de la única capaz de lograr el milagro de la vida: el agua.

Este planeta tiene un nombre erróneo, dice José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University de Silicon Valley. Debería llamarse Agua, porque este líquido ocupa dos terceras partes de la masa total terrestre, pero el 97.5 % es salado. Sólo 2.5 % es dulce.

Únicamente el 0.3 % puede ser usado por nosotros. Por ello, un tercio de las personas que habitamos el planeta vive en regiones donde se dificulta el abastecimiento. Para otras miles, la que llega está contaminada. Paradójicamente, en un mundo donde es un derecho humano, su escasez genera tensiones, graves enfermedades, así como preocupación en gobiernos y la comunidad científica. ¿Tienen remedio los problemas relacionados con el agua?

¿Por qué escasea?

A los ojos de muchos, el asunto parece menor, porque basta con girar una llave para que, mágicamente, brote el líquido y las necesidades queden satisfechas. No todos tienen este privilegio.

El investigador Gian Carlo Delgado, en Apropiación del agua, medio ambiente y obesidad apunta que un recién nacido en las economías desarrolladas consume entre 40 y 70 % más agua, en promedio, que uno pobre.

El índice de estrés hídrico conocido como Falkenmark propone que cuando la disponibilidad de agua renovable per cápita en un país o una región es menor a 500 metros cúbicos por año hay escasez absoluta. Entre 500 y 1,000 metros cúbicos se considera escasez, y entre 1,000 y 1,700 se habla de estrés o escasez moderada. Cada habitante de Norteamérica tiene a su disposición 1,280 metros cúbicos anuales. Los europeos pueden consumir 694; los asiáticos, 535; los sudamericanos, 311, y los africanos, 186.

Actualmente, casi 800 millones de personas no tienen acceso al agua; de ellos, la mitad está, precisamente, en África, expone el doctor Miguel Ángel Pérez Martín, coordinador del Observatorio del Derecho Humano al Agua de España. Además, en otras áreas del mundo, como en el Cáucaso y Asia Central, “casi un millón de personas ha perdido acceso al agua potable en las últimas décadas”.

Delgado, en su estudio, señala que en 10 años la demanda de agua aumentará 50 % en los países desarrollados y 18 % en las naciones en vías de desarrollo. La población mundial pasará de 7,300 millones –que actualmente somos– a 8,100 millones. “Unos 1,800 millones de personas vivirán en países o regiones con escasez absoluta de agua y dos terceras partes de la población vivirá en condiciones de estrés hídrico”; o sea, la demanda será mayor a la cantidad de líquido potable disponible.

Esta es una crisis mundial que nos concierte a todos, ciudadanos, empresas y gobiernos. La doctora Marianne Kjellén, programme director del Instituto Internacional del Agua de Estocolmo (SIWI, por su siglas en inglés), en entrevista con Tec Review señala que todos estamos ligados a través de la economía global, y tenemos una responsabilidad compartida para encontrar soluciones. “La falta de acceso al agua de muchas personas no es por escasez absoluta del agua, sino por la falta de estructuras sociales, políticas y económicas que distribuyan servicios sostenibles y sin discriminar a nadie”.

El costo de la pobreza

Su nombre es náhuatl y significa agua que se derrama. Se trata del Río Atoyac y su caudal nace del hielo de la Sierra Nevada y baña poblaciones de Puebla y Tlaxcala.

En esa corriente nadan basura, agroquímicos y materia orgánica, reconoce la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), que bañan pueblos como Atoyac de Álvarez y Coyuca de Benítez, cuyos habitantes viven de la pesca, la agricultura y la ganadería. A su paso, como ha sido reconocido por personal de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), este río enferma de cáncer a quienes se sirven de él. Éste, sin embargo, no es un evento aislado.

En territorio mexicano, los titulares de los periódicos constantemente destacan focos de contaminación en Sonora, Guanajuato y Guerrero, entre otros estados. También denuncian que en siete de cada 10 ríos nacionales suele circular agua contaminada. Algunas regiones se ven seriamente afectadas por los químicos que las industrias vacían en el agua, como los yaquis sonorenses, a quienes la minería ha dañado el agua de su río.

La situación no es exclusiva de México. A finales de 2014, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reveló que unas 2,000 millones de personas beben agua contaminada, casi un tercio de la población mundial. Algunas sustancias que podrían estar en el líquido que tomamos son fluoruro, nitrato, plomo, selenio y uranio.

El consumo del líquido sucio genera unos 4,000 millones de casos de diarrea al año, que se traducen en 2.2 millones de muertes anuales, principalmente de menores a cinco años. Delgado apunta que la cifra aumenta a 3.5 millones al año si se consideran cuestiones de higiene y falta de servicios, contexto del 98 % de las muertes que ocurren en países en desarrollo.

Entre el papel y la realidad

Un humano no puede sostenerse en vida más de una semana sin líquidos. Es lo más básico que puede requerir. Por ello, organismos internacionales han tomado cartas en el asunto, pero aún existe un amplio porcentaje que no recibe agua y debe acarrearla, comprar pipas o botellas. Hay una distribución desequilibrada, asegura el doctor Jaime Sainz Santamaría, investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

Para buscar mecanismos que permitan la igualdad en el abastecimiento, en 2010 la ONU –resolución 64/292– reconoció el derecho humano al agua y al saneamiento.

Sin embargo, el doctor Ismael Aguilar Barajas, profesor del Tecnológico de Monterrey y miembro del Centro del Agua para América Latina y el Caribe, critica la puesta en marcha de esta resolución y su aplicación en la realidad. “El asunto es cómo se financia. Y ahí es donde hay una brecha tremenda. Hay un golfo entre la retórica que se expresa en el papel contra la realidad”, afirma.

El doctor Aguilar Barajas habló con Tec Review a pocos días de haber regresado de la World Water Week 2015 en Estocolmo, Suecia, donde el tema central fue “Agua para el desarrollo”, y hablar de esto, afirma el investigador, implica abastecimiento y sustentabilidad.

Datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) de 2013 muestran que, aunque en América Latina “se ha superado levemente la meta de 93 % de acceso a fuentes mejoradas de agua potable”, esta cobertura no necesariamente implica que la población goce de servicios con calidad sanitaria asegurada. “De hecho, con definición de acceso seguro y adecuado, la cobertura de agua potable podría ser entre 15-20 % menor”, previene el doctor Miguel Ángel Pérez Martín, quien también es investigador visitante del UNESCO-International Hydrological Programme.

Los riesgos del cloro

El agua de consumo puede ser portadora de agentes infecciosos, como bacterias legionelas, nemátodos y platelmintos parásitos. Una sola larva de estos microorganismos o un huevo fertilizado puede ocasionar infección. No siempre llegan al ser humano por vía acuática. Las formas de contagio pueden ser por contacto físico e, incluso, a través de los alimentos.

Muchos patógenos del agua son eliminados con productos químicos, como el cloro, pero esta sustancia no acaba con toda la población microbiana. “Tiene una eficacia limitada frente a los protozoos patógenos –en particular Cryptosporidium– y frente a algunos virus”, señala la Organización Mundial de la Salud (OMS) en sus Guías para la calidad del agua potable.

El cloro, además, “a mediano y largo plazos tiene efectos cancerígenos, particularmente cuando se usa hipoclorito”, advierte el doctor Juan José Santibañez, investigador del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa (UAM-I).

Las fugas que presenta la red de abastecimiento público son una de las causas de la contaminación del agua que llega a los hogares. “Esto se debe –previene el doctor Santibañez– a que al abrirse un hoyito en el tubo de agua, ésta entra en contacto con la tierra y se contamina”.

Aunque la inversión económica es alta, los países deberían tener el asunto en sus prioridades, tomar medidas al respecto y aprender del ejemplo de Japón, una nación que Santibañez conoce bien, ya que también es académico en una universidad nipona. Allá, el gobierno sabe cuánto líquido consume cada hogar y cuando detectan un aumento en el consumo, contactan a los habitantes para asegurarse de que no se trata de una fuga de la tubería, a la que periódicamente dan mantenimiento.

¿Negocio saludable?

Los expertos reconocen que, efectivamente, en los últimos años se ha notado una mejoría en el abastecimiento en los hogares. La deuda pendiente es la calidad. ¿Qué hacer para garantizarla?

Beberla embotellada parece ser la solución. México es uno de los tres primeros en hacer uso de esta medida. Datos de la International Bottled Water Association (IBWA) revelan que en 2013 –último registro público de esta institución–, este país consumió 31,170 millones de litros de agua embotellada, seguido por EU (con 38,347 millones) y China, que ocupa el primer lugar con un consumo anual de 39,437 millones de litros, la cual resulta costosa y con posibles riesgos a la salud.

México, sin embargo, gana medalla de oro en el consumo anual per cápita de agua de botella, ya que, en promedio, cada persona se tomó casi 255 litros durante 2013. Eso se traduce en un gasto promedio anual de aproximadamente 1,000 pesos por cada uno de los 125 millones de mexicanos en consumo de botellas de agua. Delgado considera que las ventas de estos productos en este país podrían alcanzar los 13,000 millones de dólares en 2015.

Estas cifras no sólo reflejan una necesidad apremiante por contar con agua confiable para beber. Para Marianne Kjellén del SIWI, “también forma parte de un fenómeno de preferencias de un estilo de vida, presumiblemente una vida sana, sostenido por promoción o publicidad de la industria de agua embotellada”; por otro lado, “las aguas minerales embotelladas contienen muchas sales, que no siempre son beneficiosas para la salud”.

El doctor Raúl Pacheco-Vega, investigador del CIDE, campus Región Centro, se ha enfocado en analizar el consumo de agua embotellada. Para él, el problema conjunta varios factores de tipo mercadológico, de regulación y salud pública. “Sobre todo de percepción de salud pública”, porque a la gente le preocupa tomar agua de la tubería. “Y tienen razón. Yo tendría la misma preocupación si no estuviera seguro de que el agua de mi llave está bien”.

No todos creen que esa agua sea segura. Es el caso del doctor Santibañez. Afirma que la del suministro público no es buena en todas las ciudades del mundo, incluso en donde se considera de confianza. La calidad varía de una casa a otra, por la condición de las tuberías. Lo han comprobado a través de un sensor portátil.

Lo ideal es que se pueda medir la calidad del líquido en cada hogar. Por ello, en la UAM-I están trabajando en el diseño de un dispositivo económico para hacerlo; éste se conecta al celular a través de una aplicación.

Gian Carlo Delgado, en su texto, asegura que el precio que pagamos por cada botella de agua está multiplicado, ya que el líquido sale del sistema de agua municipal, “de modo que se vende a la población algo que ya están pagando” o las grandes firmas generalmente, cuando se trata de agua que proviene de fuentes superficiales y subterráneas, “pagan derechos de concesión por uso industrial o en bulto de una cierta cantidad de agua al año; líquido que luego venden al detalle” con ganancias que alcanzan “de cientos a miles de veces” el costo original.

“En un país como México se estima que la mayoría de los sistemas urbanos tiene la capacidad –con una gestión adecuada– de proveer agua potable. Podría eliminar la necesidad de depender de agua embotellada”, afirma la doctora Marianne Kjellén, del SIWI. Por otro lado, desde un punto de vista medioambiental, considera que “el transporte de bebidas embotelladas es mucho más dañino que el transporte de agua por tubería, por la contaminación atmosférica y la contribución al cambio climático”. Además, dice que si hay desigualdad en el acceso a servicios de agua potable producidos por las diferencias en el poder adquisitivo, “tal ine­quidad se exagera por un sistema de agua embotellada”.

Pacheco-Vega señala que el Estado debería proveer a la sociedad de un recurso hídrico de buena calidad. “Deberíamos de exigirlo”. Y el problema es mundial. “Todos los países están en pañales” con respecto al acceso al agua como derecho humano.

El investigador invita a reflexionar: “cada vez que uno compra una botella de agua, está contribuyendo a la mercantilización del líquido. Y a mercantilizar un derecho humano. Cada uno debe cambiar sus propios patrones de consumo”.

Una solución caída del cielo

Todos los datos anteriores ponen nervioso a cualquiera. Dan la percepción de que estamos en un mundo en el que la salud y las finanzas se ven en riesgo con cada gota que bebemos. ¿Podemos tener un agua accesible y saludable? Los expertos responden que sí.

Una de las opciones viene de arriba. Es la lluvia. Una de las fuentes de agua más limpias que hay, en la mayoría de las ciudades. “Si tomas agua de la lluvia directamente, esa agua va a tener una calidad similar o mejor que la que compras en un garrafón”. La recomendación la hace Enrique Lomnitz, joven innovador que ha sido reconocido por el Massachusetts Institute of Technology (MIT) por crear Isla Urbana, una empresa que ha instalado más de 1,200 captadores de agua pluvial en el DF.

Otro caso es el de Juan José Santibañez de la UAM-I, quien propuso cosechar lluvia para un sector que padece fuertemente las malas condiciones hídricas: las escuelas. Un estudio de la UNICEF realizado en 2012 reveló que la mitad de éstas, en 60 países estudiados, no tenía un sistema de agua adecuado.

Santibañez y un equipo de investigadores centraron su atención en el barrio Santa Catarina, en Iztapalapa. Ahí, observaron que las escuelas no tenían agua. “Conocimos 66 y varios directores nos contaron que muchas veces suspendían las clases por falta de agua, ya que la emergencia sanitaria es enorme: hay escuelas con 1,000 o 1,600 alumnos que no tienen agua para los sanitarios”. Incluso, descubrieron antecedentes de pubitis por la falta de higiene en los sanitarios o escuelas que tenían que pagar pipas para abastecerse.

En una de las primarias, la Francisco González Bocanegra, instalaron un sistema de recaudación de lluvia. “Tuvimos dinero para reparar su cisterna de 20,000 litros, tres tanques de almacenamiento de 5,000 litros que tenía cada uno”. Al comenzar la temporada de lluvias, se rebasó la capacidad de almacenamiento y se cubrió la demanda de líquido.

Santibañez ve en las escuelas una gran oportunidad no sólo para surtir de agua a las instituciones educativas, también a los hogares de sus alumnos, ya que cada niño puede llevarse a casa uno o dos litros y con eso aminorar los costos que representa la compra de garrafones o botellas. Un sistema de cosecha de lluvia en cada escuela podría distribuir de agua a la colonia, confía el académico.

Otros países ya aprovechan este tipo de cosecha. Es el caso de Australia, “probablemente el más desarrollado”, porque gran parte de la población recauda agua de lluvia y la usan para beber, informa Lomnitz. Alemania y EU también están en la lista, lo mismo que Japón. “Brasil –dice– tiene un proyecto que se llama Un Millón de Cisternas y están pensando poner un sistema de captación en el campo, con cisternas muy grandes, para agua potable”.

Acciones positivas

José Cordeiro, de la Singularity University, sabe que el agua es de los grandes desafíos de la humanidad, aunque su análisis con respecto al futuro es optimista. Cree que con el desarrollo tecnológico actual vamos a tener más agua que la que tenemos. “Lo que parece un problema, no es un problema. Es una oportunidad”. Vaticina que pasaremos de la crisis a la abundancia.

Para fundamentar su entusiasmo, señala algunos casos de éxito: en Israel inventaron tecnologías para la agricultura y ahora es potencia exportadora de alimentos; además, tiene una de las plantas para desalinizar más avanzadas. Y el costo total “es de menos de un dólar por metro cúbico de agua”.

Hay que aprender de los viajes espaciales para el reciclaje de agua, considera Cordeiro. “Es algo que estamos aprendiendo de la industria espacial, porque los astronautas necesitan agua allá en el espacio; y una manera muy útil es reciclar, incluso la orina”.

También cita el Water Slingshot de Dean Kamen, un sistema que usa Coca- Cola para la destilación de agua sucia. “Es baratísimo. Es un nuevo método de reciclaje que la firma trasnacional ha adoptado para el mundo y van a reciclar agua en India y en África”.

Desde 1996, el Campus Ciudad de México del Tecnológico de Monterrey evalúa las necesidades de abastecimiento de agua, para hacerlas sustentables. Buscan reducir el consumo de agua potable y sustituirla por agua tratada, además de detectar fallas y fugas en las redes de suministro.

La situación se puede resolver con la adopción de una cultura responsable, dice Lomnitz. Eso requiere de una población que use el líquido “con respeto y conciencia de que es un recurso limitado. A medida que vayamos generando esa conciencia tendremos más esperanzas, pero si a la gente no le importa a dónde va a parar después de ir al drenaje y sólo ve un chorrito, mientras tengamos esa mentalidad, será difícil salir de la crisis”.

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