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Sólo la mitad de los habitantes de la Ciudad de México separa la basura orgánica de la inorgánica, una medida que buscó propiciar el desarrollo del reciclaje en el centro del país, ahora, a pesar de que no se lleve a cabo como fue planeado, el reciclaje de basura plástica es cada vez más grande y sus ganancias van en aumento.

Hace ocho años la Secretaría del Medio Ambiente estableció que los residuos generados en casa deberían de entregarse separados a los camiones de recolección de desechos, sin embargo, cifras oficiales dice que sólo el 20% de la población acata esa regla.

El motivo de esta medida fue el poco espacio que existe actualmente para  su almacenamiento, por lo que se recurrirá a medidas como aumentar la cultura del reciclaje.

Sin embargo, no hay ninguna garantía de que esa medida funcione.

De acuerdo con Sylvie Turpin, investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, sólo la mitad de los capitalinos sigue una reglamentación previa para separar los residuos en orgánicos e inorgánicos.

De hecho, menos del 5% de los residuos se clasifican en dos instituciones especializadas de la capital.

Pero con el trabajo de los recolectores y otros voluntarios, ese porcentaje ha se ubica entre el 13% y el 20% del total de los residuos, sostiene Arturo Dávila, director del grupo ecologista Sustenta.

Reciclaje en manos privadas

Con su carro de ruedas, Uriel Vergara deposita la basura de un edificio en uno de los casi 2,500 camiones recolectores que circulan por la ciudad. Durante cinco años, este joven de 21 años ha vivido como “voluntario” de la venta de residuos reciclables.

Midiendo las bolsas de latas y vidrio que cuelgan de un camión, calcula que en esta jornada ganará 6 dólares, por encima de los 4.30 dólares estipulados como salario mínimo en la ley mexicana.

En la zona metropolitana, de más de 20 millones de habitantes, muchos están dispuestos a pagar por la basura reciclable.

En el barrio de Tepito, Liliana y Carlos Marroquín se dedican justo a eso desde hace cinco años.

“Cuando llegamos, hace cinco años, éramos los primeros en la colonia. Otros seis (comerciales de compra de residuos) abrieron después”, dice Liliana Marroquín.

En su local, con enormes bolsas de basura que llegan hasta el techo, la gente hace fila para vender kilos de basura.

“El reciclaje da trabajo a muchas personas”, agrega la emprendedora.

En frente de ese local, un camión cargado con cuatro toneladas de plástico aguarda a ser vaciado para luego ser  trasladado a una planta de procesamiento. Su peso vale 140 dólares.

Como Liliana y Carlos, Jaime Cámara comenzó su carrera con la apertura de una nave industrial. Ahora cuenta con su propia planta de procesamiento de basura plástica en Toluca, capital del céntrico Estado de México, llamada Petstar.

Cada día esa empresa recibe 180 toneladas de botellas de plástico que se reducen a confeti y luego se transforman en resina tereflalato de polietileno (PET).

Esta planta de procesamiento se ha convertido en el más grande del mundo en su ámbito, de acuerdo con su propietario, con una producción de 50,000 toneladas al año.

La resina se vende a diferentes empresas, pero sirve particularmente para producir botellas de Coca-Cola.

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