Centinelas de nuestra salud

Estos pequeños dispositivos inteligentes podrían sustituir a los tradicionales tatuajes en la piel ¿cómo pueden ayudar a la humanidad?

Por Federico Kukso

El zar Nicolás II de Rusia lucía uno con forma de dragón en su bíceps derecho. El presidente norteamericano Theodore Roosevelt tenía otro, pero enclavado en medio del pecho. Y Winston Churchill, primer ministro del Reino Unido, no salía de su casa sin el ancla aferrada a su antebrazo. Los tatuajes acompañan a la humanidad desde hace miles de años: los antiguos egipcios practicaban este arte al igual que los habitantes de las pequeñas islas desperdigadas por el océano Pacífico.

Hace tiempo que no son caprichos exclusivos de marineros o de ex presidarios, ni se les asocia unívocamente a ambientes marginales. Hoy la impresión de tinta en el cuerpo redunda en significados: para unos, los tattoo –del polinesio tatau, “dibujo en la piel”– pueden ser interpretados como ornamentos de moda y distinción. Otros ven en ellos una apuesta a la trascendencia, una vía de expresión de la singularidad, señas de identidad, marcas que visibilizan la pertenencia a un grupo o comunidad.

El cuerpo tatuado –la carne modificada– se traduce, así, en una superficie semántica, un lienzo poético, foco de interés y de estudio de artistas, psicólogos, etnógrafos, antropólogos y últimamente también de toda clase de médicos y bioingenieros que ven en los tatuajes no un signo de rebeldía o separación de la norma sino a un aliado para la salud.

“En un futuro cercano los tatuajes servirán para diagnosticar enfermedades mucho antes de la emergencia de los primeros síntomas, lo cual ayudará a salvar vidas”. Es lo que piensa el investigador indio Amay J. Bandodkar y sus colegas del Departamento de NanoIngeniería de la Universidad de California, en San Diego, Estados Unidos. Ellos desarrollaron un dispositivo médico que inaugura una nueva era: la de los tatuajes inteligentes. Su creación es de lo más curiosa: un tatuaje temporal ultradelgado capaz de monitorear de manera precisa e indolora los niveles de glucosa en diabéticos. Las tan molestas inyecciones tienen los días contados.

Medicina en la piel

La relación entre los tatuajes y la diabetes –una afección crónica que se desencadena cuando el organismo pierde su capacidad de producir suficiente insulina–, en verdad, no es nueva. En una época en la que tatuarse se volvió un acto tan cotidiano como teñirse el pelo, abundan los casos de diabéticos que en algún momento de sus vidas decidieron ser precavidos e inscribieron en algún rincón de sus cuerpos un mensaje para los servicios médicos en caso de sufrir un accidente o emergencia: “Diabético. Tipo 2”, por ejemplo. Lo mismo ocurre con personas que sufren cierto tipo de alergia –como a la penicilina– o que no desean recibir ninguna clase de tratamiento, como la reanimación cardiopulmonar, una información más que útil en situaciones en las que se debe actuar y rápido.

Con los nuevos desarrollos tecnocientíficos, este vínculo entre los tatuajes y la salud no ha hecho otra cosa que fortalecerse. En este caso, se trata de un prototipo orientado a evitar el doloroso piquete en la yema del dedo con el que los diabéticos controlan varias veces al día la cantidad de azúcar que hay en sus cuerpos. El sensor electrónico diseñado por Bandodkar y compañía es flexible, está hecho de electrodos entretejidos impresos en papel de tatuaje temporal y utiliza una suave corriente eléctrica para obtener información sobre el nivel de glucosa en la sangre que fluye en las células cutáneas.

“Puede sobrevivir fácilmente por un día y, por lo tanto, pueden ser reemplazados. Además son muy baratos, por lo que no tienen mucha carga financiera”, indica Bandodkar, quien ya imagina una nueva versión con Bluetooth para enviar la información registrada directamente a los médicos en tiempo real o para almacenarla en una nube de datos.

Como cuentan los investigadores en una serie de papers publicados en las revistas Science y Analytical Chemistry, este innovador tatuaje medicinal ya fue probado en siete pacientes de entre 20 y 40 años antes y después de comer un sándwich y beber agua carbonatada. Los resultados arrojaron que el dispositivo epidérmico midió incluso con mayor precisión los niveles de glucosa de cada paciente que la punción digital.

Cuando salga a la venta esta tecnología, aseguran sus promotores, mejorará la calidad de vida de gran parte de las 366 millones de personas con diabetes en el mundo. Y no es el único tatuaje inteligente en preparación.

Adiós a los cables

Michael Strano es otro de los protagonistas de esta nueva ola en la que arte y ciencia se mezclan. Este profesor de ingeniería química del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) dirige un equipo que busca desarrollar un tipo especial de tinta inyectable con la ayuda de la nanotecnología. “La tinta del tatuaje que estamos estudiando se compone de una solución salina con nanopartículas que, al ser inyectadas bajo la piel, son capaces de detectar los niveles de glucosa y cambiar de color dependiendo de si son altos, bajos o normales”, cuenta este científico estadounidense quien cree que estos tatuajes inteligentes estarán listos en unos diez años.

En condiciones normales el color del tatuaje es anaranjado. Si el azúcar en sangre sube mucho, se vuelve amarillo. Y si baja, púrpura. “Sin embargo –advierte Strano–, el cambio de color no se ve a simple vista. Para detectarlo hay que usar algún dispositivo, como una lámpara ultravioleta o algún sensor ubicado sobre el tatuaje”.

En los laboratorios Draper, otra institución biomédica con sede en Cambridge, el abordaje es similar y al mismo tiempo diferente: el equipo liderado por la nanocientífica Heather Clark ya prueba en ratones sanos un pequeño sensor temporal formado por millones de nanopartículas –moléculas microscópicas de plástico– que se estampan debajo de la primera capa de piel con la ayuda de un inyector mínimamente invasivo. Una vez allí, esta estructura del espesor de un cabello –120 nanómetros– permite monitorear los niveles de glucosa, así como concentraciones de calcio y sodio en sangre con la ayuda de un dispositivo-lector infrarrojo externo, portable y grande como un teléfono celular.

Como explica Clark, en una próxima etapa la investigación se llevará a cabo en roedores con diabetes para estudiar cuán precisos son y si, de alguna manera, el cuerpo reacciona ante ellos. En un paper publicado en la revista Integrative Biology, esta científica imagina más usos y aplicaciones: estos tatuajes médicos, que no son más que la expansión de las llamadas wearable technologies (“tecnologías vestibles”) y que aprovechan los avances en dispositivos electrónicos cada vez más flexibles, podrían ser útiles también para detectar deshidratación y toxinas, medir la temperatura corporal y la actividad cardiaca.

Lo anterior podría impulsar una revolución en salud: ya no serían necesarios cables y costosos aparatos de hospital para registrar los signos vitales de los pacientes. Así lo asegura John Rogers, profesor de Ingeniería en la Universidad de Illinois, Chicago, donde estudian los tatuajes inteligentes: “Nuestro objetivo es desarrollar un tipo de tecnología que se integre con la piel de modo que se vuelva invisible para el usuario, borrándose la distinción entre biología y electrónica”. Cuando esto ocurra, no será descabellado que, además de medicamentos, los doctores también nos prescribirán el uso de tatuajes.

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