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La gente joven es uno de los mayores activos que tienen las naciones de América Latina. Sin embargo, para que esa fortaleza  sume a favor de las tareas que pide el desarrollo, tenemos la obligación de voltear la mirada a la educación. Se trata del instrumento más importante para la gene-ración de riqueza, movilidad social y construcción de ciudadanos comprometidos y responsables.

Según el informe de la Organización de Estados Iberoamericanos relativo a las Metas Educativas 2021, todos los países han progresado enormemente en términos educativos. Es un objetivo prioritario en políticas públicas, con incrementos presupuestarios, avances en la escolarización y crecimiento en el porcentaje de estudiantes que finalizan la primaria y secundaria.

No obstante, aún hay retos en esta materia. Entre ellos están la equidad y la calidad. El primero se refiere a la necesidad de universalizar la educación secundaria, donde las tasas de graduación aún son bajas –como promedio regional, un 40 % de los jóvenes de entre 20 y 24 años no termina sus estudios en este nivel–. Esto es grave porque completar la secundaria es, cada vez más, un requisito indispensable para acceder a empleos formales y mejor pagados.

El segundo y más complejo reto es la calidad y pertinencia de la educación. Esto conlleva dos aspectos: el aprendizaje académico o el desarrollo de habilidades y competencias para enfrentar los desafíos del siglo XXI, y el aprendizaje de la convivencia, es decir, el desarrollo de destrezas ciudadanas: convivir, asumir la libertad con responsabilidad y respeto a los derechos de los demás.

En este sentido, hay que reconocer los pasos que México viene dando para fortalecer la carrera docente y sus sistemas de evaluación, acordes con un sistema que aspira a elevar sus niveles de profesionalización y calidad. Es resultado de una necesaria y ambiciosa reforma educativa. Pero la ciudadanía debe exigir a los distintos actores que eviten anteponer intereses gremiales o políticos. La inercia de alcanzar acuerdos hará que todos pierdan, especialmente los niños y jóvenes.

Hay momentos en la historia en que, por más que algunas circunstancias inviten a la abulia y la indiferencia, o la ira y la indignación, por convicción y obligación tenemos que asumir posiciones responsables y constructivas. La reforma educativa es una oportunidad para ello.

Ilustraciones: Anuhar Namur