Por Macario Schettino, Profesor de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey

En los últimos años, el sentimiento generalizado en México parece ser la desazón, la angustia. Me parece que esta sensación inicia en 2006, en aquella elección tan competida y cuyo resultado no fue aceptado por los derrotados. Atravesó todo el gobierno de Felipe Calderón, en el que se sumó a la guerra contra el narcotráfico, el alto costo del maíz, y la Gran Recesión. Y se ha mantenido durante la primera mitad del gobierno de Peña Nieto, en donde se ha alimentado; además, las reformas estructurales, que como toda reforma que sirve de algo, han generado animadversión de distintos grupos que pierden con ellas: sindicalizados, empresarios rentistas, grupos de fuerte ideología, etcétera.

Me parece que, aunque esa sensación tenga explicación, no tiene razón. En el fondo, pienso que lo que los mexicanos están percibiendo en estos últimos diez años es que el proceso iniciado a mediados de los ochenta, con el ingreso de México al GATT, significa una transformación muy profunda del país, que implica el abandono de la forma como vivimos en el siglo XX para adoptar una forma que, durante todo ese tiempo, despreciamos, y calificamos de dañina y nefasta. No era así, claramente, pero eso fue lo que aprendimos y aceptar que vivimos equivocados no es sencillo.

Pero ya hicimos la gran mayoría del cambio. Somos una democracia desde 1997, y desde entonces los poderes Legislativo y Judicial importan. Nos hemos convertido en la economía más sólida de América Latina, y exportamos una cantidad similar a todo el resto del continente, pero con una proporción de manufacturas que nadie más tiene. Hemos liberado las telecomunicaciones de sus monopolios privados y la energía de sus monopolios públicos. En este año, si todo sale bien, construiremos la base de un estado de derecho en forma a través del Sistema Nacional Anticorrupción.

Nuestra desazón tiene una explicación, porque los cambios siempre son difíciles. Por otro lado, no tiene razón, porque nos encontramos en el camino correcto, por primera vez en un siglo. Pronto lo podremos comprobar.

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