Por: Ing. Raúl Rodríguez Barocio.  

 VP Asociado de Internacionalización del Tecnológico de Monterrey. Presidente del Consejo de la U.S.-Mexico Foundation en Nueva York. Ex Director General del Banco de Desarrollo de América del Norte. Egresado del Tec y de la Universidad de Harvard. Littauer Fellow en Harvard.

Tres días después de la elección presidencial en los s, el Presidente Obama encabezó la ceremonia conmemorativa de los veteranos de las fuerzas armadas en el Cementerio de Arlington.   El momento y el escenario no estaban exentos de simbolismo.   De manera sobria, ante un proceso y resultados que desafiaban su temple, sus convicciones y su legado mismo, Obama destacó el “instinto americano de encontrar fuerza en un credo común, de forjar unidad a partir de la gran diversidad, de mantener esa unidad aún en los tiempos más difíciles.”

Esos tiempos han llegado, con un cariz que no tiene precedente.   No es la primera vez que el electorado americano opta por un candidato estridente y extremista.  No es la primera ni la más grave en que se enfrentan ánimos tan enardecidos y opuestos.   La rivalidad profunda entre Jefferson y Hamilton, por ejemplo, sentó el tono del debate político norteamericano, central en la conformación temprana de un proyecto de nación.   Ningún episodio más violento que la Guerra Civil.   Además, solemos olvidar el carácter pendular de los periodos presidenciales: en la posguerra, Truman (D) / Eisenhower (R) / Kennedy – Johnson (D) / Nixon – Ford (R) / Carter (D) / Reagan – Bush (R) / Clinton (D) / Bush (R) / Obama (D) / Trump (R).   En buena medida, son el testimonio del rápido hartazgo recurrente del electorado y de la esperanza de que la alternancia lleve a tiempos mejores.

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Pero hoy las circunstancias son diferentes.   Occidente (y en alguna medida el mundo entero) vive una nueva era en el marco de la llamada cuarta revolución industrial, en la cual la ciudadanía pesa más y es más disruptiva.   Como señala Moisés Naím, la naturaleza misma del ejercicio del poder cambia aceleradamente en virtud de la tecnología informática, en lo que podemos llamar un nuevo “momento Gutenberg”.   Los sistemas políticos y económicos de la posguerra empiezan a quedarse rezagados, impugnados, aturdidos.   El cambio en ciernes es quizás tan neurálgico como el derivado de la Paz de Westphalia en 1648.

La elección del Presidente Electo Trump resulta aún más singular porque se inserta en el contexto de la sucesión de un presidente extraordinariamente erudito y elocuente, racialmente inédito, que gobernó con mesura, condujo al país a la salida de una crisis económica profunda y que en lo fundamental entrega cuentas nada despreciables y alcanza niveles de popularidad notables.

Las credenciales del Sr. Trump no pueden ser más contrastantes. En otras condiciones, hubiera sido un candidato impresentable, políticamente suicida. ¿Cómo explicarlo?   Si bien Trump obtuvo una amplia mayoría como era de esperarse con el electorado blanco no hispano y de menor educación en zonas rurales, ¿cómo entender a nivel nacional el 45% de los graduados universitarios, el 42% de las mujeres, el 37% de los jóvenes menores de 30 años, y el 29% de los latinos que votaron por él, de acuerdo con las encuestas de salida?   Maureen Dowd lo resume así en forma cáustica: “America got mad, and went mad…”. Pero resultaría absurdo pensar que toda esta porción del electorado es jingoísta y reaccionaria.   ¿Cómo explicarlo entonces?

Entrego estas líneas a principios de diciembre (cuando el posible recuento en Michigan, Wisconsin y Pennsylvania aún está pendiente), después de vivir en Washington el drama de la elección con un grupo de observadores y académicos mexicanos y latinos.   Tuve oportunidad de escuchar también el análisis de expertos este último mes en Tel Aviv; en Dallas con el Presidente George W. Bush y el Grupo de Trabajo sobre América del Norte; en Ámsterdam, en la reunión anual sobre liderazgo de la Fundación Tällberg; y en México, en el Woodrow Wilson Center y con diversos grupos. Aderezado y atizado por el alud de editoriales y ensayos publicados al respecto, todo indica que el consenso en torno a las causas del triunfo de Trump no resultará fácil. Se trata de una mezcla compleja e insólita de razones y circunstancias.   Los diagnósticos iniciales apuntan a los siguientes motivos centrales.

  1. Una sociedad en rápida transición, con múltiples agravios:

Ante todo, la elección es el resultado de agravios con o sin justificación, pero profundamente sentidos por la mitad del pueblo norteamericano.   Son aflicciones e impulsos menospreciados por los políticos y las élites.

Se hizo evidente una mezcla de angustia, frustración, rabia, resentimiento y desaliento que deriva de cuatro factores principales: del tsunami demográfico, cultural y tecnológico que viven los Estados Unidos y buena parte de Occidente; de la recesión y el lento crecimiento económico desde 2007; de las insuficiencias y omisiones de la globalización y del modelo neoliberal, con su cauda de rezagos en materia de equidad; y de la ausencia de líderes confiables, dignos de empatía.

Las proporciones son reveladoras, de acuerdo con diversas fuentes: 3/4 de los norteamericanos sienten que sus valores están siendo atacados, 4/5 no confían en el gobierno, 5/6 no creen en los políticos, 9/10 no confían en el Congreso, 2/3 no creen en la presidencia, 2/3 sienten que pierden en la política, 4/5 no le creen a los medios de comunicación, 4/5 desconfían de las grandes corporaciones y 2/3 perciben al país en declive.   4/5 sienten que a la generación de sus hijos les esperan peores tiempos, cuando hace 15 años, esa proporción era de 1/2.   Las únicas instituciones en las que más de la mitad de la población confía aún son los militares, las pequeñas empresas y la policía (Gallup, junio de 2016).

Una parte importante de la población exige una sacudida del sistema; no les falta razón.   Obvia decir que Donald Trump no parece la persona más indicada para ello, pero se supo posicionar como el reformador consumado.   ¿Venturosamente (milagrosamente, dirán algunos), nos sorprenderá siéndolo?

  1. La predisposición populista:

Vivimos tiempos de crisis en las democracias occidentales, de agotamiento de sistemas y prácticas políticas tradicionales.   Tiempos de desencanto y agravios a flor de piel. El proceso de integración que a nivel global se ha venido construyendo durante 70 años y que hace 25 parecía consolidarse con el derrumbe del bloque soviético, tiene hoy visos de debilidad.

Si los beneficiarios no actúan con inteligencia y astucia, podemos estar presenciando el final del proyecto integracionista del capitalismo liberal.   Los Estados Unidos no son la excepción; el Brexit fue prueba de ello, como lo son los procesos y tendencias políticas hoy evidentes en Francia, Alemania, Italia, España, China, Austria, India, Turquía, Hungría, Polonia, Egipto, Suecia, Holanda y un largo etcétera.

Como sucede en buena parte de Europa, la intensidad del agrupamiento del electorado en bandos con valores, perspectivas e intereses opuestos muestra una polarización sin precedente en muchas décadas. La elección en los Estados Unidos refleja fracturas por generación, género, etnicidad, religión, origen urbano-rural y lugar de residencia.

En parte, son producto del “clustering” creciente de la población en espacios en los que todos pensamos de manera similar, enclaves cortesía de la tecnología, las redes sociales y la atomización ideológica de los medios de comunicación (desde Putnam hasta Murray y Dunkelman, un buen número de autores lo han analizado en años recientes).   En Facebook nos rodeamos únicamente de personas afines; en Twitter seleccionamos las fuentes resonantes de nuestra información, sin sutilezas ni contexto; en Fox o en MSNBC confirmamos y afianzamos nuestras posturas estrechas y avalamos actitudes excluyentes.   Es lo que Bill Bishop llamó el “big sort”.

Terminamos escindidos en territorios que razonan diferente y responden a datos y percepción de realidades distintas.   En 1976, solo 27% de los condados votaron con una diferencia mayor al 20% por alguno de los candidatos en la elección presidencial. Convivíamos con gente que pensaba diferente y el diálogo era inevitable.   Para 2012, la proporción llegó a 52%. En 1994, de acuerdo con Pew, 57% de los demócratas y 68% de los republicanos expresaban actitudes desfavorables y de antipatía hacia el otro partido; para 2014, llegaron a 79 y 82%.   La prudencia, la persuasión, la conciliación y la inclusión son atributos ausentes en este nuevo entorno.

Cada vez estamos menos expuestos a los argumentos contrarios, a tender lazos y construir consensos con personas y grupos que piensan diferente.   Escasean las plataformas de entendimiento.   Esos estancos mentales nos hacen más propensos a creer y apoyar a candidatos populistas extremos de cualquier signo, de Trump a Sanders.

El Sr. Trump manejó con descaro, astucia y gran destreza los agravios percibidos.   Con el añadido de que inauguró para efectos electorales el uso manipulador en gran escala de las redes sociales.   Y pese a que atacó a los medios con intensidad, fue más accesible a ellos que Hillary Clinton y acaparó la atención permanentemente.   Como subraya Niall Ferguson, el entretenimiento y la política tienen ya fronteras difusas.   Trump domina el Twitter como Franklin Roosevelt dominó la radio y Kennedy y Reagan la televisión.   La profunda transformación de los medios de comunicación está revolucionando la práctica política.

El discurso controvertido de Trump logró de una manera eficaz durante más de un año simplificar y presentar recetas tan fáciles y comprensibles como ominosas y endebles, así como de una manera maniquea, culpar de todo y demonizar a distintos frentes del mundo doméstico y exterior (tanto reales como chivos expiatorios): el sistema político y la corrupción en Washington; los políticos profesionales y la burocracia; los medios de comunicación; las élites de distinto tipo; los inmigrantes, especialmente los mexicanos; el mundo musulmán; etc.

Dijo lo que su electorado quería escuchar, de manera engañosamente sencilla: ha sido el “master simplifier”.   Como escribió Salena Zito en The Atlantic: “…the press takes him literally, but not seriously; his supporters take him seriously, but not literally.” El mensaje y su lenguaje verbal y corporal estaban en sintonía con el tipo de electorado que apostó le llevaría al triunfo.   3/5 de los que lo apoyaron no creen que la diversidad sea buena para el país, 2/3 cree que es más probable un ataque terrorista hoy que en 2001, 4/5 no cree que deba incrementarse el salario mínimo, 3/4 no quiere que se eleven los impuestos a los ricos, 2/3 considera que los acuerdos de libre comercio perjudican a los EE.UU.

En ciertos contextos, la simplicidad reverbera y genera adeptos, más allá de que no corresponda a la realidad.   Pero además, Trump desechó toda norma y práctica de respeto elemental y corrección política como si fueran un lastre, un signo de debilidad. Paradójicamente, ganó autenticidad con ello, reflejó fuerza y capacidad de ejecución.   Era parte del mensaje: lo correcto y lo sofisticado pertenecen a las élites, al “establishment”, al enemigo del pueblo.

En estos tiempos de trolls y excesos en las redes sociales, la imagen de bully macho resulta redentora, genera una catarsis a su modo.   Sus ocurrencias, contradicciones e inconsistencias se celebran: tiene un trozo de verdad suficiente para cada miembro de la audiencia.   Ganó, no a pesar de su discurso polarizante e incendiario, sino gracias a él.   Invirtió cerca de 3.5 veces menos en medios que Clinton, pero su excentricidad tuvo una gran resonancia gratuita.

Nada de esto es improvisado ni debió resultar sorprendente.   Hace 30 años, en su libro The Art of the Deal, Trump afirmó lo siguiente (subrayado mío): “The final key to the way I promote is bravado. I play to people’s fantasies. People may not always think big themselves, but they can still get very excited by those who do. That’s why a little hyperbole never hurts. People want to believe that something is the biggest and the greatest and the most spectacular. I call it truthful hyperbole. It’s an innocent form of exaggeration—and a very effective form of promotion.

Trump se precia de su experiencia negociadora y prometió mucho, incluyendo lo imposible: es el caso del retorno de las viejas fuentes de empleo.   Por ejemplo, el 87% del electorado del condado de Clay en Kentucky votó por Trump.   Es uno de los lugares de mayor rezago social en los Estados Unidos, un centro minero del carbón venido a menos.   No obstante que solo restan 75,000 mineros de carbón a nivel nacional (frente a 550,000 empleados en proyectos de energía limpia), el mensaje resonó en lugares depauperados y en la economía nostálgica.

En todo caso, la astucia de Trump y su condición de candidato “teflón”, lo parecen blindar frente a los datos duros y la realidad (“post-truth, post-fact politics”).   Si las políticas y programas de Trump no llevan a cubrir las promesas de campaña, como muy probablemente sucederá en varios casos, ya tiene experiencia sobrada en cómo endosar culpas.

Los populismos tienen un gran poder de seducción, de espejismo y de eventual (aunque usualmente tardía) desilusión.   Con su indudable habilidad de estrella televisiva, Trump logró venderse como un contrasentido extremo, el oxímoron inusitado: el billonario populachero. Entendió que había un país fracturado en dos y le apostó a conquistar uno de ellos, a expensas del otro.   Cortó todo intermediario: resultó el Uber, el Amazon de la elección.   Entendió que ese “mercado” tenía un apetito contenido por tres temas: migración, comercio y seguridad.   Y lo desembozó, lo empoderó.

Las elecciones solían ser primordialmente sobre temas económicos, como subrayó James Carville en la campaña de Bill Clinton hace 25 años.   En esta ocasión, predominaron los resentimientos y prejuicios de clase.   Pesó más la identidad que el ingreso, aunque la correlación es alta.

En grandes proporciones, el electorado estuvo más receptivo a las arengas que a los argumentos y los hechos.   Trump agitó, no persuadió; personificó la furia de su electorado.   Prometió un retorno a una época idílica que nunca existió (“Make America great again”), pero que suena familiar, viable y seductora.

Se votó por atributos personales, no por principios ni políticas.   Por la percepción de Trump como el “outsider”, el enemigo vigoroso y eficaz del “establishment”; por la forma, más que por la sustancia.   Logró lo que Pat Buchanan, Ross Perot, George Wallace y el Tea Party intentaron sin éxito en décadas recientes.   Tiene el sabor de los movimientos del People´s Party del final del siglo 19, de Huey Long y el Padre Coughlin en los años treinta, surgidos en el contexto de clases medias que se sentían afectadas y excluidas en cada caso.

Porque el problema de fondo no es solamente la disparidad abismal y creciente entre el 1% más rico de la población y el resto, sino entre ese 1% y los estratos medios. Los ingresos del 86% de la población han disminuido en términos reales desde 2007; en términos relativos, la clase media es la más afectada. Amplios grupos clasemedieros en el Midwest y en otras regiones (que en buena medida votaron por Obama en 2012 y ahora lo hicieron por Trump) experimentan hoy una esperanza de vida menor, endemias inesperadas, e índices crecientes de alcoholismo, drogadicción y suicidio. Es el voto mayoritario en pueblos en declive: los condados que votaron por Trump contribuyen tan solo el 36% del PIB nacional.

Estos grupos resienten la atención del gobierno a los estratos de menores ingresos, a quienes perciben como improductivos, oportunistas, viviendo a sus expensas. Les indigna el 47% “abusivo y victimizado” del cual habló Romney y por lo cual fue muy criticado; los “takers” en palabras de Paul Ryan, que Trump convierte en arenga. Todo complicado con lo caro e insostenible de la seguridad social y el estado de bienestar.   Es cuando el migrante adquiere imagen de rémora social, además de intruso y amenaza cultural.

La inequidad y la falta de movilidad social reflejan hoy una estratificación muy marcada en función del nivel educativo y la destreza digital.   La rápida evolución de la naturaleza del empleo y del sector manufacturero tradicional en virtud de la automatización y los avances tecnológicos, complica el panorama.   El empleo manufacturero tuvo su máximo histórico en 1978, después de un crecimiento acelerado desde 1946.   La globalización, la revolución informática y los incrementos en productividad concomitantes están impulsando la desindustrialización y no están resultando el “big equalizer”; no parece haber lugar para todos en la economía del conocimiento.   Esto se cruza con la vertiginosa recomposición étnica de la población por migración y por tasas de natalidad dispares, así como con el rápido envejecimiento relativo y eventual declive de la población blanca no hispana.

Ya en 2011, los nacimientos de blancos no hispanos representaron minoría por primera vez en la historia.   Como bloque de población, muestran aceleradamente su peso relativo en declive. En 1980, representaban el 88% del electorado; para 2012, el 72%.   Por lo pronto, si consideramos la propensión al voto de los diversos grupos, el nacionalismo blanco prevalecerá por unos años más.

Si a ello le sumamos los contrastes de todos estos procesos por región, bosquejamos el perfil de un país en dramática transformación y con grandes angustias, documentado por autores como Bill Frey y Paul Taylor.   Nos lleva no solo a los resultados sino a la distribución del voto entre las costas oeste y noreste, mayoritariamente a favor de Clinton, contra el resto del país que votó por Trump.

Con todo esto de trasfondo, prevalece la política de clan, como dice David Brooks, con una moral amodorrada.   Domina el discurso declinista, del miedo y de la conspiración.   El de la discordia de clase y raza, inserta en los partidos.

Como destaca E. J. Dionne, el temor al declive de la nación no es un fenómeno nuevo en los Estados Unidos.   Ha convivido de una manera peculiar con la naturaleza optimista, el impulso empresarial y la fe en el futuro que caracteriza la experiencia norteamericana.   Presidentes como F. D. Roosevelt, Kennedy, Reagan y Obama han enfrentado momentos adversos, logrando transformar los sentimientos de ansiedad en narrativas de esperanza para todos y en un contrato social renovado.   Los modos y la aceptación de Trump señalan una nueva manera de hacer las cosas. Propiciando directa o indirectamente entornos macartistas, para los que disienten.

En este ambiente, el centro que ha sido el eje del pacto y la cohesión social en el pasado, resulta elusivo y los candidatos serios y centristas escasean o fracasan.   ¿Qué líder decente y en su sano juicio quiere participar en contiendas polarizadas que exigen de hipérbole y estridencias, en donde el escrutinio y desgaste personal y familiar es brutal?

  1. El sentimiento “antiélite”:

Hay un hartazgo con élites de todo tipo.   A Hillary Clinton se le percibió crecientemente como parte de las élites cosmopolitas, predicando un liberalismo condescendiente, alejada de su realidad y su nueva condición de privilegio, en apariencia enamorada del poder.   El contraste con Sanders fue demoledor; su ascetismo y discurso que parece vigoroso, genuino y congruente (equivocado en sus políticas o no) marcó a los Clinton y de la nada produjo una opción radical bajo una luz de autenticidad que atrajo sobre todo a los jóvenes.   Ni siquiera la posibilidad del triunfo de Trump y la condición de Clinton como la primera mujer en llegar tan cerca de la presidencia lo pudo contrarrestar.   En el lado opuesto y a contrapelo de su propio partido, las primarias republicanas sirvieron de marco para la consolidación de un movimiento, la rebelión trumpista.

Un blanco de ataque que le resultó muy eficaz a Trump fue buena parte de los medios de comunicación, expuestos ya sea como élite liberal o conservadora.   Hay una percepción más amplia de lo previsto en el sentido de que los medios muestran su propia arrogancia y aislamiento, con líneas editoriales estrechas, condescendientes y sesgadas.   Los pronósticos tan equivocados en cuanto a los resultados de la elección, son un llamado a un poco de humildad frente a las incertidumbres de una realidad más compleja de lo que los “expertos” suponen.   Como sugiere Charlie Cook: “On so many levels, various parts of the media establishment should look back at the entirety of their coverage with regret and in some cases shame…”

Para mostrar la polarización que reflejan (y alientan) los medios, un análisis burdo pero ilustrativo compara los condados en donde hay restaurantes Cracker Barrel con aquellos en donde hay tiendas Whole Foods.   La brecha entre sus clientelas es una buena aproximación a la que existe entre estratos de ingreso y sus lugares de residencia   En unos la información dominante por mucho es la de Fox, en otros la de CNN. En la elección presidencial de 1992, la brecha entre los condados que votaron por el candidato triunfador era 19%; en esta última fue 54%.

  1. Las opciones y el sistema electoral:

La Secretaria Clinton ganó el voto popular por un margen nada despreciable (2.6 millones de votos, cerca del 2% de la votación total), pero la compleja democracia representativa diseñada por los padres fundadores para dar sustento al federalismo tuvo por quinta ocasión un triunfador distinto al elegido por la mayoría (la última vez fue en 2000).

Al final, el voto en lo mayoritario fue por la percepción del mal menor.   Se dieron muchos casos de “partidismo negativo”: voto de castigo, más que a favor.   Los dos candidatos centrales registraron niveles de rechazo y descrédito sin precedente en las elecciones presidenciales en los EU. desde que se tiene registro; si busca uno antecedentes no encuestados, es probable que el último sea el de 1884.

La desconfianza y antipatía por Clinton fue considerable (por temas como el aborto, Bengasi, los correos electrónicos, la Fundación Clinton, sus controversias laborales y de inversión desde Arkansas, sus discursos confidenciales ante banqueros, la poca prudencia de su esposo, todo sumado a una dificultad para “conectar” con el electorado amplio), como lo fue la aversión a Trump (por su comportamiento, propuestas y expresiones autoritarios, narcisistas, excluyentes y discriminatorios; sus antecedentes fiscales; y su condición de privilegio).   Las encuestas fallaron en parte por la porción del electorado que le apenó declarar que iba a votar por Trump, pero que al final lo hizo.

Muy probablemente la derrota radique en elementos paradójicos, evidentes en un voto menor al esperado en volumen y en proporción a favor de Clinton por parte de sus electorados supuestamente más devotos, particularmente agraviados por el discurso de Trump: los latinos, los afroamericanos, los jóvenes, la población de mayor nivel educativo y las mujeres.

Por ejemplo, los pronósticos sobre el voto latino indicaban que no pasaría del 19%.   El resultado de acuerdo con las encuestas de salida es del 29%, mayor al que recibió Romney en 2012. El voto latino resultó menos monolítico y más conservador de lo que se supone, sobre todo en torno a temas como el aborto.

Además, en un exceso de confianza y un error de estrategia (debido a que se dedicaron tiempo y recursos a conquistar estados más difíciles, ante la expectativa de lograr un “landslide”), Clinton perdió estados clave por márgenes pequeños, que se suponían y se tomaron por cómodamente a su favor y en conjunto le hubieran dado el triunfo.   Es el caso de estados como Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, que no votaban por candidatos republicanos desde los años 80. En Michigan perdió por dos centésimas del voto total. Florida, Iowa y Ohio también cambiaron de color.   En particular, la lectura errónea del clima electoral en el llamado Rustbelt le resultó fatal.   Unos cuantos indecisos inclinaron la balanza.

Obama y otros pregonaron que no había en la historia un antecedente de un candidato mejor preparado para la presidencia que Hillary Clinton.   Por decir lo menos, su dominio de la problemática y de las políticas públicas en una amplia variedad de temas, así como su experiencia operativa y su hábil disposición para la construcción de consensos bipartidistas, son claros.   Sin embargo, la profundidad y brillantez indudable de Clinton, su dedicación por casi medio siglo a causas sociales, se percibieron acartonadas, condescendientes, insinceras.   ¿Cómo explicarlo?   ¿Misoginia, intuiciones erróneas, argumentos reales de rechazo?   Resultó la candidata institucional en la era del descrédito de las instituciones; la de las soluciones gradualistas, cuando buena parte del electorado no tiene paciencia.   Queda mucho por escribirse sobre esta paradoja de tintes shakesperianos.

Como lo sugirió Trump, es muy revelador regresar a los ataques de la campaña de Obama en 2008 contra Clinton: “Dirá lo que sea para ganar, pero no cambiará nada”.

La capacidad estratégica y la experiencia operativa de un Jeb Bush o una Hillary Clinton pesaron poco contra el sabor dinástico de sus candidaturas.   Bush invirtió $130 millones de dólares y su derrota en las primarias fue demoledora.

Los extremos se tocan: las campañas de Bernie Sanders y Jill Stein minaron indirectamente las aspiraciones de Clinton.  Por regatearle el apoyo y atraer voto joven, estos progresistas contribuyeron al triunfo de la antítesis de sus convicciones.   En la votación final, el voto por terceros llegó a casi el 6% del total.

  1. La presidencia de Obama:

En el triunfo de Trump hay mucho de rechazo al legado de Obama, con un no tan velado resentimiento racista y recelo por la naturaleza tan cerebral de su personalidad.   Ha gobernado con un exceso de racionalidad, sin el simbolismo, teatro y acercamiento indispensables tradicionalmente para persuadir. Parece apasionarle el poder como argumento, como debate de ideas, más que como ejercicio. No tolera los entretelones de la política (particularmente del Congreso), ni lidiar con algunos de los que los habitan.

Al diagnosticar el triunfo de Trump, con extrema civilidad y cortesía, Obama conserva su capacidad de filosofar aún en medio de su propia desventura.   No ve a Trump como un “outlier”.   Lo explica como el producto de 20 años de evolución del Partido Republicano y de los deméritos de la globalización y la tecnología.   Le da importancia a la consolidación de los medios conservadores y a sus exponentes radicales, de Limbaugh a Hannity.   No obstante, confía en que prevalecerá el “excepcionalismo” americano, entendido como las ideas de la Ilustración fortalecidas por dos siglos de luchas sociales y legislación progresista. Repite los conceptos de su discurso en Arlington como un mantra. Ya sea por convicción, o para atemperar su pesadumbre…

El Sr. Trump manejó en campaña cuatro ejes centrales de ataque: intervención gubernamental ineficiente; política exterior desastrosa; acuerdos comerciales nocivos; e inmigración dañina.   Podemos esperar que sus primeras prioridades sean programas y acciones en estos temas.

Quedan cuatro grandes incógnitas sobre su gestión: primero, la capacidad de ejecución y el impacto local y global de sus políticas y acciones; segundo, el impacto en la configuración política internacional y la reacción de los liderazgos y bloques de poder dentro y fuera de los Estados Unidos; tercero, la crisis o la regeneración del sistema político norteamericano, particularmente en lo que toca a los partidos; y cuarto, la manera en que reaccionarán (o no) internamente las nuevas generaciones y la nueva demografía.

¿Cómo gobernar ahora para todos?   ¿Cómo mantener la cohesión indispensable, con tanta fuerza centrífuga presente?   Las dificultades empiezan en la transición misma.   Tiene a su cargo el arduo proceso de revisión y veto de opciones para más de 4 mil nombramientos ejecutivos del Gobierno Federal, incluyendo más de mil que requieren confirmación del Senado. Además de la prioridad que establecerá en el nombramiento pendiente en la Suprema Corte y en los reemplazos a tres magistrados que están en edad cercana al retiro.

El voto dividido casi a la mitad prefigura lo incierto: todo puede pasar.   El experimento democrático de 240 años muestra su lado frágil.   Por una parte, no hay un mandato ni una trayectoria claras.   72% de la población adulta no votó por él o se abstuvo. No obtuvo la mayoría del voto popular.   Si bien recibió la mayor votación en la historia para un candidato republicano, un 30% del electorado conservador lo rechaza.   Por otra parte, no le debe nada a nadie, ni siquiera al partido que lo postuló.

Será el primer presidente en la historia sin antecedentes políticos o militares.   Pero pensar que Trump es un ideólogo obcecado e ingenuo, neófito en política, sería un error.   Sus opiniones políticas han sido divulgadas por más de 30 años, ha coqueteado abiertamente con la idea de ser candidato a la presidencia y fue un precandidato por el Partido Reformista en 1999 y 2000.   Su pasión es la negociación, y está hecho a la idea de ser pragmático y ceder para ganar.   En una gama de temas y en su filiación partidista ha tomado posiciones diversas, dependiendo de las circunstancias.

Las expectativas azuzadas por los primeros nombramientos de gabinete van desde la calamidad hasta la fe en la resistencia y el efecto regenerativo y estimulante de lo local, del “township” admirado por de Tocqueville hace 180 años y aún vivo y “resiliente” en los Estados Unidos, como ha narrado James Fallows. En un país descentralizado políticamente de origen, no es de descartarse lo segundo.   Sus adeptos insistirán que tampoco es de descartarse que el Sr. Trump resulte el líder iconoclasta e irreverente que el gobierno y el sistema político requerían como acicate para limpiar y modernizar.

La democracia norteamericana ha sido un punto de referencia para el resto del mundo durante más de dos siglos.   Pero hoy conviene recordar que su evolución no ha sido lineal; está poblada de claroscuros.   Queda confiar en que en este episodio prevalecerán al final del día los valores fundacionales y los mejores impulsos de una ciudadanía madura.

Queda también esperar que la reacción y la cordura de los miembros más experimentados y razonables del Partido Republicano y de las organizaciones empresariales y cívicas con visión global atemperen los impulsos tribales y populistas, especialmente en materia de seguridad, migración y comercio.   Es el caso de los presidentes de una gran lista de universidades que han salido a la defensa temprana del programa de acción diferida DACA, que cubre a numerosos jóvenes indocumentados.

Por lo pronto, las propuestas y el discurso han alimentado expresiones deplorables de xenofobia y racismo que no se veían en mucho tiempo.   Una víctima clara es la civilidad política y cívica construida de manera ardua y gradual a lo largo de 50 años de lucha incluyente por los derechos civiles.   Una civilidad que ha sido crucial para construir la convivencia entre individualismo y vida comunitaria, consustancial en la experiencia de los Estados Unidos como nación.

Con un Congreso afín en ambas cámaras (aunque con diversos matices y diferencias de posición) y con 2/3 de las gubernaturas y 2/3 de las legislaturas estatales (un récord histórico) en manos republicanas, resulta difícil confiar de inicio en los balances y candados a las nominaciones y a la acción presidencial.   Se pronostica el desmantelamiento de la parte central del legado de Obama, particularmente sus decretos ejecutivos.   Sin embargo, ante las altas expectativas sociales y grandes desafíos en materia fiscal que limitan las opciones, la luna de miel pudiera ser corta.

Hasta el día de la elección, la discusión se centraba en el impacto devastador para el Partido Repubicano de la campaña de Trump.   Hoy se canta el réquiem del Partido Demócrata.   Lo cierto es que la arquitectura partidista completa de los Estados Unidos está a prueba, inerme ante la nueva realidad y las tendencias políticas y demográficas.   Hoy, a las luchas enconadas entre partidos se suman las internas.  Las antiguas demarcaciones de intereses, jerarquías y electorados y las capacidades de intermediación política resultan difusas.

El centro queda despoblado y los extremos cobran peso. La juventud parece atribulada, pero no participa a la altura de su peso demográfico y del volumen de su protesta y desencanto.   La gerontocracia domina; al día de la elección, Trump tenía 70 años, Clinton 69, Sanders 75, Reid 76, McConnell 74, Pelosi 76, Hoyer 77, Warren 67.   Trump será el presidente de mayor edad en tomar posesión para su primer período, siete meses mayor que Reagan.

El impacto a nivel internacional es por el momento un enigma.   Sumado a las tendencias en otras latitudes, habrá sin duda una recomposición geopolítica de carácter global en los ámbitos de seguridad, comercio y migración al menos.

Trump ha prometido deportar a los 11 millones supuestos de inmigrantes indocumentados.   En discursos más recientes, matizó: serían de inicio los convictos por actos criminales.   Se estima que sean cerca de 820 mil.   Una deportación masiva de golpe no se da desde 1954, cuando se contó con el apoyo del ejército. Pese a las dificultades presupuestales y logísticas de una operación de este tipo, no es del todo inviable; durante los primeros cuatro años de la administración de Obama se deportaron cerca de 400 mil por año, de los cuales hasta un 59% en algún año eran criminales convictos.

La arquitectura de la economía mundial y de las organizaciones de la posguerra sufrirán los efectos.   La acción multilateral al respecto será crucial.   ¿Cuál será el efecto de todo esto?  ¿Será el otoño de las democracias liberales, el final del final de la historia, regresando a Fukuyama?   Como sugiere Jesús Silva-Herzog Márquez, habrá que leer a Sam Huntington de nuevo. No por coincidir con su perspectiva sino por lo que tuvo de perspicaz.   Para entender las condiciones del triunfo de la “temeridad autoritaria” sobre la “timidez liberal”.

En las primeras semanas posteriores al triunfo de Trump, México parece sumergido en un pasmo, en una doble acepción: asombro e inacción.   No parece haber una carta de ruta ante esta nueva tormenta, un plan B.   Una invitación inoportuna y mal orquestada al candidato Trump, con un alto costo político local, aún no parece desembocar en rédito alguno.

A México le esperan tiempos difíciles, dada la relevancia de la relación.   La prolongada campaña y la destemplanza de los discursos y posturas del hoy Presidente Electo han tenido a México y a los migrantes mexicanos como uno de sus blancos favoritos, un motivo de agravios.   La amenaza de un muro fronterizo, deportaciones masivas, castigo a la inversión extranjera y mayores aranceles a las exportaciones, fueron parte del menú.   No fue una apuesta caprichosa; Trump abonó la triste imagen existente de México en los Estados Unidos, como muestra la encuesta de Vianovo y GSD&M de junio de 2016.   La amenaza empieza a materializarse a tres semanas de la elección con el caso de Carrier.

Lo logrado en el último cuarto de siglo en materia de complementación económica regional y en el manejo bilateral coordinado y sensato de una agenda crucial para ambos países se verá afectado si las promesas de campaña se materializan.   Los avances en una visión y una práctica de responsabilidades compartidas, ante un destino en común, están en riesgo.   Pero si bien los acontecimientos exigen reacciones enérgicas, lo peor que México puede hacer es responder con impulsos populistas propios, regresando a tiempos superados de antiamericanismo, nacionalismo mal entendido, proteccionismo ineficiente y aislamiento económico.

Como afirmó Luis Rubio, el TLCAN y las reformas económicas tuvieron la virtud de empezar a llevar a México “a ver hacia afuera y hacia el futuro, en lugar de ver hacia atrás y hacia adentro”.   Este cambio histórico debe preservarse a toda costa.   La nueva gran idea en materia de apertura e integración tendrá que ser política, a contracorriente de lo que representan los argumentos del nuevo gobierno en Washington.   Los aliados posibles se encuentran ante todo en los estados fronterizos vecinos, en los ámbitos que más aprecian y más se benefician de la interdependencia económica.

Más de 20 años después de la entrada en vigor del TLCAN y pese a los avances en el manejo de asuntos en la agenda bilateral, parece que aún no se sabe estudiar y navegar en la relación bilateral y los ámbitos de poder de los EE.UU.   Contrasta con la manera destacada en que México articuló su parte de la negociación del Tratado hace un cuarto de siglo.

Hay quienes dicen que la elección del Sr. Trump es la gran oportunidad para transitar a otra esfera de influencia en lo político y comercial.   ¿Cuál? ¿La Rusia de Putin, la China de Xi Jinping, una Europa en riesgo de desbandada y cada vez más afín a las tendencias autárquicas, como Francia y otros países parecen indicar?

Las nuevas brechas políticas en el mundo se dan entre apertura y atrincheramiento, tanto en lo comercial como en lo migratorio.   Las autarquías están de nuevo de moda, después de 80 años.   La preocupación inmediata es el Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica; representaba la opción para modernizar el TLCAN, sin abrir este último.   En el mejor de los casos, estará archivado por algunos años.

Nuevamente, todo puede pasar.   No hay que olvidar que Obama (y Clinton en esa ocasión) también prometió en su primera campaña una renegociación del TLCAN, a partir de una plataforma partidista más proteccionista que la republicana; ya de presidente no la llevó a cabo.

En lo migratorio, más allá de la compleja viabilidad del muro fronterizo y de su financiamiento (bajo Bill Clinton se construyeron ya barreras a lo largo de una tercera parte de la frontera), lo cierto de inmediato será el incremento de sistemas de vigilancia electrónica y personal de seguridad.

En tanto se encuentran respuestas y reacciones productivas en lo comercial, en lo migratorio y en materia de seguridad, que no caigan en el patrioterismo y la bravuconería, en tanto se hace un ejercicio de prospectiva, queda un cauce útil para la desazón mexicana: el de la introspección, una vieja práctica en desuso.  El de la crisis de Occidente como espejo.   Resultaría muy útil frente al panorama de 2018.

Por ejemplo, indigna (con sobrada razón) el trato presente y por venir al migrante mexicano, pero es la falta de oportunidades en México el motivo de su expulsión.   Escandaliza (con justo motivo) la tragedia de su condición indocumentada, pero en la frontera sur de México y en el tránsito de los migrantes centroamericanos se cometen atropellos aún más deplorables.   México no vive ni entiende la experiencia inmigrante: los Estados Unidos tienen 16 veces más residentes nacidos en el exterior que México en proporción a la población total; 42 veces en términos absolutos.   El país no se relaciona cabalmente con sus diásporas en los Estados Unidos; y lo que es más, históricamente las ha despreciado (ver: http://www.cide.edu/docs/dei/Policy_Brief_9_Barocio.pdf ).

Preocupa el racismo y la xenofobia soterrados que hoy emergen en los Estados Unidos, cuando los diagnósticos de los niveles en México de discriminación, inequidad, desdén al mérito, impunidad y deficiente convivencia cívica son de alarma.   El triunfo de Trump no es solamente un síntoma grave de la evolución de los Estados Unidos y de las sociedades occidentales desarrolladas; es posiblemente el espejo oportuno para México.

Si no se atienden esos rezagos, si no se sacuden conciencias, si no se enfrenta el desgaste de las instituciones y del pacto social mexicano, un populismo aún más grave será el destino propio.   Sería en tal caso, también para México, el fin de una era.