San Pedro Huamelula, México (AFP) Al amanecer, una luz rosada desvela sobre playas del Pacífico mexicano las huellas que dejaron decenas de miles de tortugas marinas tras desovar la noche anterior. Mientras, drones y militares rastrean a quienes buscan saquear los codiciados huevos de este animal en peligro de extinción.

Como arañas voladoras que emiten un zumbido de avispón, los vehículos aéreos no tripulados de seis hélices, equipados con GPS y transmisión de video, localizan a los llamados “hueveros” que acechan entre las dunas y cactus que bordean la playa de Morro Ayuta, en el estado de Oaxaca.

En esta zona del municipio de San Pedro Huamelula, los saqueadores son en su mayoría pobladores indígenas de las etnias chontal y zapoteca. Históricamente, estas comunidades han consumido y comercializado el huevo de tortuga marina, en veda desde 1990.

Los drones “nos ayudan al mapeo y a identificar las veredas” de los saqueadores, que irrumpen por decenas en las playas montando a caballo, machete en mano, y a veces portando armas de fuego, explica bajo el anonimato a la AFP uno de los 20 marinos desplegados en esa bahía de 18 kilómetros.

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Para neutralizar la incursión de los saqueadores, las autoridades mexicanas decidieron estrenar en esta temporada de anidación dos drones que les fueron donados por el Colegio de Ingenieros Ambientales de México.

Aparentemente, la estrategia inhibe a los ladrones que, en su caza furtiva, se arriesgan a una pena de hasta nueve años de cárcel y multas que pueden ascender a 200,000 pesos. Desde julio pasado una persona ha sido detenida y se han decomisado cerca de 14,000 huevos sólo en Morro Ayuta y la vecina playa de Escobilla.

Estas dos bahías detentan el primer lugar mundial de anidaciones de tortuga golfina con llegadas de hasta 70,000 ejemplares en una sola noche, según datos de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa).

Un jugoso mercado

Pese a los dispositivos de seguridad, los saqueadores se las ingenian para hallar nidos en medio de la noche, apunta Nereo García, delegado de la Profepa en Oaxaca.

Los drones están desprovistos de rayos infrarrojos y sólo operan durante el día, explica el funcionario, al señalar que los hueveros son sólo el primer eslabón de la cadena de comercio clandestino que se extiende desde Juchitán hasta el barrio de Tepito, en Ciudad de México.

Los huevos crudos -parecidos a pelotas de golf con supuestos poderes afrodisíacos- se venden a 30 pesos el centenar, pero los restaurantes los ofrecen cocidos a 60 pesos la media docena. Bajo el sugestivo nombre de “Sopa de mariscos supervitaminada”, un austero restaurante de Juchitán ofrece un caldo con dos huevos de tortuga por 100 pesos.

“No vamos a ocultar el sol con un dedo, (el mercado del huevo de tortuga) está a la vista”, dijo el subdelegado de recursos naturales de Oaxaca, Héctor Hugo Miranda.

Un “milagro” comprometido

Cada año, entre julio y marzo, seis de las siete especies de tortugas marinas que existen en el mundo anidan sobre costas de México, algunas de ellas tras migrar desde Japón.

Morro Ayuta acoge casi exclusivamente a la tortuga golfina. Arremolinándose unas sobre otras, llegan por decenas de miles, invadiendo la playa para cavar sus nidos y poner un promedio de cien huevos. En la temporada 2014, más de 1.1 millones de tortugas golfinas anidaron en México contra 994.338 el año anterior.

Además de los saqueadores, los huevos son presa de aves y perros salvajes que merodean Morro Ayuta, donde sólo un 35% de los huevos logran eclosionar a los 45 días de incubación.

Una vez que las tortuguitas salen del cascarón, deberán enfrentar las adversidades y predadores del mar, y sólo una de cada mil alcanzará la edad adulta, según expertos.

A esto se suma la latente amenaza del turismo, uno de los sectores más redituables en México. Si los empresarios “ven esto, un lugar virgen, bien conservado, con potencial de desarrollo, van a querer construir hoteles de 40 pisos, un campo de golf, aeropuerto… y se acabó el milagro”, dice el director en México de la ONG Costasalvaje, Eduardo Nájera, que lucha porque esta playa sea reconocida como zona de conservación.

FOTO AFP