El fracaso de la humanidad, una columna de María Elena Meneses

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El tema de los refugiados sirios está lejos de ser nuevo; desde marzo de 2011, cuando comenzó la guerra, cientos de personas han cruzado las fronteras de Jordania y Turquía en búsqueda de seguridad. Sin embargo, fue hasta el pasado 2 de septiembre, con la publicación de la fotografía del niño kurdo-sirio Aylan Kurdi, cuando el mundo puso sus ojos en la crisis humanitaria.

¿Quién no vio las imágenes de Aylan Kurdi, el pequeño de tres años con camiseta roja y pantalones cortos, boca abajo en la arena con la cara en dirección al mar? La foto de la periodista turca Nilüfer Demir se tornó viral y causó un sinfín de reacciones en Twitter acompañadas del hashtag #KiyiyaVuranInsanlik, que significa en turco “la Humanidad fracasada”. La etiqueta fue la quinta más usada en el mundo el 2 de septiembre y en sólo tres días fue escrita más de 95,000 veces. Mientras tanto, #AylanKurdi, el nombre del niño, recibió en el mismo periodo más de 143,000 menciones.

Infinidad de ilustraciones y poemas surgieron en la red, convirtiendo a Kurdi en el símbolo de la tragedia de los refugiados. En la década de 1990, la escritora estadounidense Susan Sontag escribió “Ante el dolor de los demás”, un ensayo en el cual analiza el fotoperiodismo de guerra. A Sontag le preocupaba la espectacularización de la tragedia y la pérdida de la función ética de la fotografía. En el caso del pequeño mártir sirio, el debate planteado por Sontag vuelve a ser pertinente, aunque esta vez la valentía de la periodista turca, quien confesó haber sentido que se le “heló la sangre”, tuvo un noble efecto: concientizar sobre el dolor de los refugiados.

Hasta entonces, las reacciones gubernamentales de los países árabes y de Europa eran limitadas, así como los análisis críticos de una crisis de origen complejo y multifactorial. Seríamos ingenuos en afirmar que la reacción europea de abrir fronteras obedeció a las redes sociales; sin embargo, podemos señalar que se trata de herramientas clave de presión social a escala global. El caso del pequeño Aylan es una trágica evidencia.

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María Elena Meneses