Un cerebro feliz
Daniel Varela

Por Thelma Gómez Durán

La palabra está en auge. Si en el pasado provocó reflexiones de Aristóteles, Séneca o Schopenhauer, hoy hablan de ella no sólo filósofos, también economistas, sociólogos, políticos, empresarios, educadores, psicólogos, neurólogos y publicistas.

No hay semana en la que los periódicos estadounidenses o europeos –sobre todo The New York Times o El País– no publiquen información sobre nuevos estudios o libros que dan claves sobre cómo alcanzar ese gran anhelo de nuestros tiempos: felicidad.

Desde finales de los años 90, justo cuando el mundo comenzó a mirar cómo se incrementaba el consumo de  antidepresivos –en México, la Academia Nacional de Medicina estima que 12% de la población de entre 18 y 65 años padece depresión–, la palabra “felicidad” tomó nuevos aires.

Pero, ¿qué es la felicidad? Si piensas en esa palabra, ¿qué es lo que llega a tu mente: un recuerdo, una sensación, una persona, un olor, un sabor o, quizá, un sonido? ¿La felicidad significa lo mismo para todas las personas? El diccionario de la Real Academia Española indica que la palabra “felicidad” es un “estado de grata satisfacción espiritual y física”.

Si se le pregunta al doctor Eduardo Calixto, científico dedicado a estudiar la fisiología cerebral y quien es jefe de Neurobiología del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, dirá que la felicidad “es un proceso neuroquímico que consiste en la liberación de determinadas concentraciones de dopamina en las áreas que forman el sistema límbico”.

Gracias a las investigaciones en neurociencias podemos saber qué pasa en nuestro cerebro al experimentar esa sensación llamada felicidad: cuando tenemos un estímulo exterior que nos agrada, el área tegmental ventral –que junto con el hipocampo, la amígdala y otras estructuras forman el sistema límbico– libera concentraciones de dopamina.

Este neurotransmisor –apunta el doctor Eduardo Calixto González– “desata toda una fiesta” en el sistema límbico. Se activan áreas como la amígdala, que está relacionada con las conductas, pero sobre todo el hipocampo, que tiene mucho que ver con los procesos de memoria.

Es en el sistema límbico donde la felicidad “se afianza”, por decirlo de alguna forma. El cerebro registra esos momentos placenteros, de alegría, de felicidad y nos lleva a querer repetir esa sensación. Sin embargo, explica Calixto González, este proceso también produce un bloqueo en nuestra inteligencia: “es un placer sin inteligencia”.

Para entender esto, hay que decir que la dopamina tiene cinco receptores; dos de ellos, el D1 y D5, son excitadores de las neuronas y éstos –sobre todo el D1– abundan en el sistema límbico. El receptor D2, inhibidor de nuestras neuronas, está presente en un área conocida como corteza prefrontal.

Por mucho tiempo se pensó que el sistema límbico era el único involucrado en emociones básicas como la alegría, el miedo, la ira, el llanto, la repulsión o la sorpresa. En las últimas décadas del siglo XX se tuvo más información y estudios que permitieron saber que hay otras estructuras involucradas, sobre todo cuando hablamos de felicidad. Una de ellas es la corteza prefrontal, que en los humanos está más desarrollada si se compara con otros mamíferos y que, entre otras cosas, nos permite ser analíticos, interpretar y responder a la realidad.

La corteza prefrontal es el área que nos ha hecho inteligentes. “Juega un papel primordial en los procesos de las emociones y el razonamiento, y aún más porque en esta zona se encuentran las neuronas espejo, muy importantes para el proceso de la empatía”, expone Víctor Mendoza Fernández, doctor en Biología Celular.

Mientras nuestra área tegmental ventral está “feliz” liberando dopamina y otras estructuras del sistema límbico la están recibiendo y registrando, las neuronas de la corteza prefrontal se inhiben. Durante ese proceso de “felicidad”, que tiene una duración promedio de 25 minutos, no podemos razonar de manera cabal.

“Una persona entregada completamente a su felicidad –resalta el neurofisiólogo Eduardo Calixto, quien también es profesor en la UNAM– no puede analizar o razonar en forma adecuada”. Incluso, hay algunos experimentos que lo demuestran. Por ejemplo, se han colocado electrodos en cerebros de ratas para estimular la liberación de dopamina y provocarle sensaciones placenteras en forma artificial. “Las ratas prefieren morir de hambre, pero felices”.

Por su parte, el doctor Víctor Mendoza señala que, aunque la dopamina tiene un papel protagónico en el proceso de la felicidad, también intervienen otros neuroquímicos, como la endorfina, la adrenalina o la serotonina. Esto hace que el sistema sea todavía más complejo y que nuestro cerebro “aprenda” cuáles son los estímulos que lo hacen sentir bien. Sin embargo, la sensibilización a este proceso va disminuyendo por varios factores, entre ellos la edad.

Nota del editor. Este reportaje fue publicado en la edición No. 09 de Tec Review de los meses enero-febrero de 2017. 

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