Por: Luis Estrada

El reloj de la catedral de Nuestra Señora de Monterrey indica que son las ocho en punto de la mañana. Es lunes 6 de septiembre de 1943. En la calle Abasolo del barrio antiguo, el bullicio que emana de la casa marcada con el número 858 llama la atención de vecinos y de quienes pasan por ahí. Es un grupo de jóvenes que aguarda tras el portón de madera coronado con un dentil decorado con herrería. Ellos son los primeros alumnos del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.

La puerta se abre. Comienzan las clases. La primera es de matemáticas y la da el ingeniero Remigio Valdés Gámez. Es el inicio formal de las labores académicas del Tec; sus alumnos conjugan, “por primera vez, el afán de aprender, enseñar y encontrar respuestas a sus preguntas”, narra el doctor Juan Gerardo Garza Treviño, historiador y profesor del Departamento de Filosofía del Tec de Monterrey. Hay inscritos 350 alumnos.

PRIMEROS ALUMNOS. De izquierda a derecha, Pedro Treviño, Alberto Páez, Rodolfo Munguía, Carlos Madero, Fernando Bueno, Luciano Fernández y Pedro Tijerina.
PRIMEROS ALUMNOS. De izquierda a derecha, Pedro Treviño, Alberto Páez, Rodolfo Munguía, Carlos Madero, Fernando Bueno, Luciano Fernández y Pedro Tijerina.

Iniciativas estudiantiles

En esta década de los años 40, aunque el mundo está agitado por la Segunda Guerra Mundial, Monterrey –con apenas 250,000 habitantes– despunta como potencia industrial en México, principalmente en el sector acerero. En este país, la capacidad de formar técnicos es casi nula, por lo que urge talento para abastecer a las empresas.

“Don Eugenio Garza Sada, director de la Cervecería Cuauhtémoc, se reúne con empresarios, gerentes y directores industriales; en julio de 1943 forma la Asociación Civil Enseñanza e Investigación Superior, AC”. Dos meses después, el Tecnológico de Monterrey comienza sus actividades educativas en un inmueble rentado, cuenta Garza Treviño. Es la casa de Abasolo.

La convocatoria para estudiar en el Tec llega pronto a los regiomontanos. Y la noticia corre a otras ciudades del norte del país. Llega a oídos de Carlos Madero, originario de Parras, Coahuila. Apenas tiene 16 años. Vive en Monterrey, en casa de sus tíos. Está ahí desde los 13, cuando llega a estudiar la secundaria.

Un día, su primo le pide que lo acompañe a inscribirse a un colegio. “Es una universidad nueva”, le dice. Carlos y Pedro Treviño Madero llegan a la casona del centro de Monterrey.

Sin dudar, Pedro se inscribe y le asignan la matrícula 19. Carlos sólo pide informes. Antes, debe consultar con su padre. Y esa misma noche lo llama a Parras. Su papá le pide que lo hable con su tío, quien está de acuerdo. Todavía recuerda ese momento: “Sin pensarlo, al otro día regresé a inscribirme en la preparatoria. Me convertí en el alumno 32 del Tec”.

Carlos Madero se convierte en ayudante del ingeniero José Carlos Silva, en el laboratorio de Física. Los salones amplios con techos altos y grandes ventanales cubiertos de herrería que bañan de luz la habitación albergan las escuelas Preparatoria, de Estudios Contables, la de Ingeniería y la de Técnicos.

En 1944 crean el primer grupo estudiantil del Tec. Planean ferias culturales y seminarios de matemáticas. Organizan el primer gran baile de la universidad, con dos orquestas, “un evento muy elegante para la época”, relata Carlos Madero.

PERSONAL DEL TEC. De izquierda a derecha, las secretarias Alma Farías, Carmen Marines, Guadalupe González, Magdalena Cantú y Ofelia Perales, frente al Casino Monterrey.
PERSONAL DEL TEC. De izquierda a derecha, las secretarias Alma Farías, Carmen Marines, Guadalupe González, Magdalena Cantú y Ofelia Perales, frente al Casino Monterrey.

Con la intención de reforzar sus conocimientos, él, su primo y un grupo de compañeros crean la primera revista estudiantil, en 1946. Se llamaba Onda. Buscan patrocionadores y anunciantes. No falta quien apoye la publicación. “Tratábamos puros temas técnicos, en aquel entonces la maravilla de la electrónica eran los bulbos y escribíamos mucho de ellos; ni siquiera pensábamos en la creación de los transistores”.

Otras historias se escribían en el Círculo Mercantil Mutualista, que está a unas cuadras de la casona. Ahí se hacen las actividades deportivas y nace el equipo de basquetbol del Tec de Monterrey. Para el segundo semestre, la casona es insuficiente y la Escuela de Estudios Contables ocupa la tercera planta del Banco de Nuevo León.

CLASES Y SEMINARIOS. Los alumnos reforzaban su aprendizaje con lecciones de matemáticas por las tardes. En la foto, Alejandro Ojeda, director del Internado.
CLASES Y SEMINARIOS. Los alumnos reforzaban su aprendizaje con lecciones de matemáticas por las tardes. En la foto, Alejandro Ojeda, director del Internado.

Un deseo por cumplir

A la ciudad de Monterrey llegan jóvenes de diferentes partes del país para estudiar en el nuevo Tec. También hay profesores que se suman al proyecto educativo. En el segundo semestre, 33 maestros atienden a 452 estudiantes.

“Llegamos, Carlos Duhne y yo, en septiembre de 1944, un año más tarde del inicio, contratados por León Ávalos y Vez para dar clases de Química. La casona de Abasolo 858 era nuestro universo”, expresa el ingeniero José Emilio Amores antes de su muerte en 2014. “Pequeñas casualidades, coincidencias y hechos de su vida” lo llevan al Tec de Monterrey.

Amores cuenta que un día, mientras lee el periódico, su padre, Max, encuentra un anuncio para una vacante de profesor en el Tec. José Emilio ve el aviso y solicita una entrevista personal con León Ávalos y Vez en la Ciudad de México –el primer director general del Tec–, quien de inmediato lo contrata para enseñar Química en la casona de Abasolo.

Viajó 22 horas en un autobús hasta Monterrey. Llegó un domingo de verano de 1944. Así, aunque nació en Tabasco y creció en la capital de país, en Nuevo León fue donde forjó su vida profesional y dejó su legado plasmado en los recuerdos de los primeros años del Tec.

La planta baja de la casa fue su fortaleza. En un amplio salón de clases, con ventanas de piso a techo que daban a la calle, impartió sus clases a alumnos de preparatoria y profesional. “Con las ventanas abiertas, el diario pregón del vendedor de cabrito fresco acallaba el enunciado que yo trataba de hacer sobre las propiedades de elementos y compuestos químicos”, plasmó en una carta.

El sueño de Eugenio Garza Sada rindió frutos y a dos años de fundado el Tec, en el centro de Monterrey, el 17 de junio, comenzó la construcción de las Aulas 1. “Se transformó a los pocos años de que llegué a la casona de Abasolo”, recuerda Carlos Madero, quien egresó como ingeniero eléctrico en 1949. Los salones con techos altos y grandes puertas de madera dejaron ser protagonistas de las vivencias y sus historias se mudaron a nuevos terrenos al sur de la ciudad.

FUNDACIÓN Las primeras materias se impartieron en una casa de dos pisos, ubicada en la calle Abasolo, en el centro de la ciudad de Monterrey. Foto: Cortesía Carlos Madero
FUNDACIÓN. Las primeras materias se impartieron en una casa de dos pisos, ubicada en la calle Abasolo, en el centro de la ciudad de Monterrey. Foto: Cortesía Carlos Madero

“Salimos de la casona de Abasolo a un nuevo edificio cerca de una carretera (hoy avenida Eugenio Garza Sada), y era curioso que mientras tomábamos clases, enfrente aún se sembraba maíz, muy pronto se construyeron más aulas y una alberca”, cuenta.

En 2013, con motivo del 70 aniversario de aquel día en el que se impartió la primera clase de matemáticas, José Emilio Amores compartió sus sueños por rescatar el lugar donde se escribieron las primeras historias del Tec. Así los describió: “Si yo fuera rey compraría el baldío de la calle Abasolo 858; y en ese lugar mandaría a edificar una réplica exacta de la vieja casona donde en 1943 empezaron las clases de la escuela preparatoria, la de ingeniería y la de técnicos (…). La casona reconstruida serviría para crear una biblioteca pública y se lograría un doble propósito: ver dónde comenzó la institución y devolver a la ciudad lo mucho que ella le dio”.

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