Cortesía Metalsa

Por Elia Baltazar
Investigación: José Manuel Linares

Tuvo un costo de cinco millones de dólares y fue la gran promesa de eficiencia industrial de la década de los 60. Aunque no era más que un brazo robótico destinado principalmente a soldar componentes y tenía poco atractivo estético, sus habilidades insólitas lo transformaron en estrella de televisión. A través de la pantalla chica, la gente de todo el mundo miraba asombrada cómo esta máquina podía servir cerveza, dirigir orquestas y tocar el acordeón. Sin embargo, no faltó quien se alarmó por el espectáculo: veía en él la pesadilla de la revolución industrial del siglo XIX hecha realidad.

Ese robot se llamaba Unimate y revivió en aquellos años el añejo temor al desempleo masivo por la llegada de las máquinas a la industria. Había sido inventado por el estadounidense George Charles Devol y se encontraba instalado en la cadena de montaje de la planta automotriz de General Motors. El riesgo laboral que Unimate representaba pareció desvanecerse en las décadas siguientes, hasta que entró en escena la actual llamada cuarta revolución industrial y la Industria 4.0, donde las innovaciones en ciencia y tecnología vuelven a revivir todos aquellos presagios sobre el negro futuro del empleo en el planeta.

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Fuente: Banco Mundial

En este siglo XXI, hay muchas voces que se alzan para decirnos que, como anticipó el economista norteamericano Jeremy Rifkin en un famoso ensayo de 1995, “el fin del trabajo” llegó. O está por llegar, según anuncia Klaus Schwab, director ejecutivo del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), en su libro La cuarta revolución industrial: “Nos encontramos al principio de una nueva revolución que está cambiando de manera fundamental la forma de vivir, trabajar y relacionarnos”, escribe. “Los cambios son tan profundos que, desde la perspectiva de la historia humana, nunca ha habido una época de mayor promesa o potencial peligro”.

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Basta con echar un vistazo a las noticias de cada día. Muchos titulares parecen darles la razón a Rifkin y Schwab. Afirman, por ejemplo, que un 30 % de jóvenes en edad productiva ya se encuentra desempleado y que la falta de empleos golpea a los más preparados. También informan que la Organización Internacional del Trabajo prevé que pronto aparecerá el desempleo tecnológico y que los economistas vinculan desempleo con aumento de robos y salarios. Muchas de estas voces periodísticas advierten que, en temas de desempleo, los jóvenes son los más afectados.

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Si alguien piensa que todo esto no es más que amarillismo periodístico, debería preocuparse en serio, porque el WEF calcula que entre 2015 y 2020 desaparecerán siete millones de empleos, como consecuencia de la transformación tecnológica de la industria, los servicios y los negocios, según su reporte The Future of Job, de 2016. “También prevé que 35 % de las habilidades profesionales clave de hoy cambiarán en el mismo plazo”, asegura Gerardo García, directivo de Mercer, una consultora especializada en recursos humanos que colabora en el informe del WEF.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), por su parte, encuentra que, en sus países, 9 % de los trabajos está en “alto riesgo” de automatización, mientras las cifras de empleo caen en manufactura y suben en servicios, sobre todo a partir de la crisis financiera de 2008, que disparó la desocupación en todo el mundo.

Cada día, la baja en los índices de empleo mundiales es más evidente. El WEF, por ejemplo, apunta que un 65 % de los niños que hoy cursan primaria trabajará en áreas que todavía no existen. Ante este panorama, las preguntas que surgen son si realmente todos ellos tendrán trabajo, a qué tipo de empleo podrán acceder y qué debemos hacer para garantizárselo.

¿Por qué ha disminuido el empleo mundial?

La caída global en la manufactura se debe a un par de razones, considera la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI). Una es la migración de empresas de los países industrializados hacia regiones en desarrollo, por sus incentivos y bajos costos de producción. Y otra es la “desindustrialización” o tránsito hacia el uso intensivo de tecnologías de innovación, pero que limita la aplicación de la tecnología a la producción y genera actividades de servicios informales y de baja productividad. Además, conduce a servicios dinámicos de alta tecnología.

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“Los sectores más automatizados requieren menos trabajadores para operar”, expone el doctor Enrique de la Garza, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Sin embargo, la manera en que los países se desindustrializan hace la diferencia entre sacar ventajas de la cuarta revolución industrial –es decir, perder empleo en la manufactura, pero progresivamente encontrar otros “yacimientos” de trabajo en la innovación tecnológica–, o seguir anclados a la manufactura de exportación, maquiladora y de bajo valor agregado.

En México, la sustitución ha significado precariedad laboral, analiza De la Garza. Por ello, existen malos empleos, bajos salarios y falta de seguridad social para quienes no hallan trabajo en sectores de alta tecnología. De acuerdo con la Comisión Especial de Fortalecimiento a la Educación Superior y la Capacitación para Impulsar el Desarrollo y la Competitividad, hay 4.9 millones de pequeñas y medianas empresas que no pueden proveer puestos de trabajo acordes con las condiciones del capital humano. “La gente desplazada por la automatización se mueve al sector informal o de servicios de bajo valor agregado, donde las condiciones, los salarios y la seguridad en el empleo son peores que en la industria”, afirma el académico.

El reto mexicano

Si México quiere participar de la cuarta revolución industrial, avanzar hacia la Industria 4.0 y garantizar más y mejor empleo, debe fortalecer la educación y fomentar la investigación y el emprendimiento, sugiere Salvador Alva; además, tiene que impulsar a las universidades a que desarrollen conocimiento para atraer a investigadores y que éstos, a su vez, atraigan alumnos. Juntos pueden crear empresas y emprendimientos que ofrezcan empleos mejor pagados y que eleven el ingreso de las familias. Pero este “círculo virtuoso”, como lo llama, no se logrará si México se queda con sólo dos universidades que hacen investigación a nivel de primer mundo, o mantiene una inversión en ciencia y tecnología de sólo 0.57 % del PIB, nuevas empresas que ofrecen en promedio tres empleos –contra siete en EU– y tienen alto grado de supervivencia.

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En Alemania se calcula que en los próximos cinco o 10 años, la Industria 4.0 impulsará la productividad en todos los sectores, generará entre 90,000 millones y 150,000 millones de euros, y potenciará un aumento de 6 % en el empleo. En México, en cambio, “el plato fuerte del empleo son los servicios y la maquila”, señala Enrique de la Garza, de la UAM. Esta nación tiene la urgente necesidad de adecuarse al cambio y de transitar “de una economía de la manufactura a una economía del conocimiento”, subraya Alva. “Somos un país maquilador de productos más o menos sofisticados, con una economía abierta, estabilidad financiera y mano de obra muy calificada que, no obstante, tiene un ingreso per cápita de 9,000 dólares al año, contra 53,000 dólares promedio de Estados Unidos”.

Las economías del conocimiento innovan, crean empresas y empleos bien pagados. Eso se logra, entre otras cosas, con una educación que permita a la gente crear empresas o acceder a mejores trabajos. “Pero en el país apenas 16 % de las personas con empleo tiene educación universitaria”, afirma el presidente del Tecnológico de Monterrey. Este nuevo modelo irrumpe, así, con retos y una promesa fundamental: cambiar la cultura económica; es decir, la forma de crear y distribuir valor para mejorar el bienestar de la gente y su relación con el entorno.

Nota del editor: Este texto es un extracto del reportaje de portada de Tec Review en su edición número 11, correspondiente a los meses de mayo-junio. ¡Suscríbete!