identidades HERZOGNikolaus Harnoncourt, el gran director de orquesta que ha muerto hace poco, defendía con pasión el derecho al arte. Todo ser humano tiene el derecho a entrar en contacto con el lenguaje de la pintura y de la poesía. Debe ser capaz de descifrar el vocabulario y la gramática de la música. Negarle a un niño este trato con las artes sería tan abusivo como bloquearle el acceso al alfabeto, a la aritmética, a la historia. Formarnos en el arte es abrirnos a la posibilidad de ser transformados por el genio de la imaginación. “¿Qué habría pensado Albert Einstein, preguntaba Harnoncourt, qué habría descubierto, si no hubiera tocado el violín? ¿No son las hipótesis atrevidas, las más fantasiosas, las que sólo alcanza el espíritu imaginativo, para que luego puedan ser demostradas por el pensador lógico?”

Harnoncourt sabía que la pasión de Einstein fue la música. Podía tomar distancia de las ecuaciones, pero no de los acordes. Era incapaz de pensar la vida sin música. Nunca viajaba sin Lina, su violín. Era un tanto conservador en sus gustos musicales: Bach y Mozart, Beethoven un poco menos. Los experimentos musicales de su tiempo no le despertaron mayor interés. De Mozart dijo: más que creador de su música, fue el descubridor de una armonía universal que precedía al artista. Fue el maestro que captó el sonido eterno del universo. Si el genio de la música logra escuchar el universo, el genio de la Física lo ve.

No es que la música fuera un pasatiempo para Einstein, era parte esencial de su proceso intelectual. Lo notaba Elsa, su segunda esposa, quien advertía el vaivén de su pensamiento: del estudio donde trabajaba a la sala donde tocaba el piano y de regreso. Su hijo Hans Albert coincidía: cada vez que sentía que topaba con pared en su razonamientos, acudía a la música. El violín le ofrecía la solución. Pudo haber coincidido con John Keats, el poeta romántico: la belleza es verdad, la verdad, belleza. Einstein sabía que su teoría de la relatividad no era solamente verdadera. También era hermosa.

El violín de Albert Einstein muestra los límites del fanatismo práctico, la imaginación que el arte espolea, los servicios que la sensibilidad presta a la razón: la relatividad de lo inútil.

Ilustraciones: Anuhar Namur

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