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Más que unas gubernaturas o presidencias municipales, en estas elecciones están en juego la confianza en los principios que articulan nuestra vida en democracia, la viabilidad futura de algunos partidos, la carrera de muchos políticos, la pertinencia y relevancia de la función del INE e, incluso, la posibilidad de que Enrique Peña Nieto pueda continuar moviendo, en el futuro, algunos de los hilos que mueven al PRI.

En Coahuila y Nayarit parece que la suerte está echada. En el caso de Coahuila, más que la eficacia de la “Alianza Ciudadana por Coahuila”, que encabeza el panista Guillermo Anaya Llamas, es el rechazo al moreirato y sus secuaces el que podría poner al PAN al frente de la gubernatura. Lo mismo sucederá en Nayarit, ya que la alianza entre el Partido de la Revolución Socialista (PRS), el PAN, el PRD y PT está aglutinando la mayoría de las preferencias hacia Antonio Echeverría. En el Estado de México, la situación es muy distinta ya que la clara intromisión de la Presidencia de la República en las campañas, la serie de irregularidades que hemos visto a través de medios y redes, así como el poco carisma de las y los candidatos, ha provocado que crezca el número de indecisos. Visto lo visto, la elección podría irse a una “segunda vuelta”, pero en los tribunales.

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Lo preocupante no es quién gane (al fin y al cabo todos candidatos prometen y ninguno cumple con la palabra empeñada), lo preocupante es la manera en que la filosofía contenida en el ideario que sustenta a los partidos, se deja de lado en algunas alianzas que se antojan imposibles. Para muestra un botón: la alianza PRS-PAN. ¿Hay algo que ideológicamente vuelva compatibles a dichos partidos? Lo único que los identifica es su afán por destronar al PRI y el deseo de gobernar; poco más.

Las alianzas de ideología “antinatura”, es la que han encontrado nuestros políticos para que algunos minipartidos continúen con vida, y otros más grandes como el PRD e, incluso, el PRI, se sostengan. Qué decir de los políticos que los operan.

En fin, esperemos que los 20 millones de posibles votantes acudan a las urnas y elijan a quien verdaderamente desean que los gobierne. En la transparencia y eficacia para procesar los resultados, el INE también se jugará lo poco que le queda de prestigio.