INES SAENZ VOCES

O ya no entiendo lo que está pasando,
o ya pasó lo que estaba entendiendo.

Carlos Monsiváis

La historia recordará el 2016 como el año de la indignación. Durante este año, el cerebro reptiliano le ganó la partida a la razón, y el corazón de muchos regresó a la barbarie irracional del miedo, el enojo, la ansiedad y el hartazgo de no encontrar salida a su desesperanza.

El 2016 nos enseñó algo que la imaginación literaria ha mostrado a lo largo de siglos: la conducta humana no siempre está determinada por la razón. Hay una dimensión irracional que se vuelve potente cuando se acentúa la sensación de vulnerabilidad.

El año 2016 mostró que entender el tiempo como una línea cronológica es mera ilusión. En ese periodo, el pasado y el futuro se confundieron, y mucho de lo que dábamos por garantizado se presentó bajo amenaza. El futuro, que parecía vislumbrarse como un camino recto hacia el horizonte, se torció y dio la vuelta sobre sí mismo. La chispa del resentimiento, de la xenofobia y el racismo fue encendida por discursos autoritarios convincentes que eligieron a los migrantes como chivos expiatorios, como la causa verdadera del malestar socioeconómico. Vaya lección.

El 2016 nos enseñó que las abstracciones son dañinas si no se concretan en un bienestar de carne y hueso. Los despojados le dieron la espalda a un modelo económico que los dejó completamente frágiles, y los privilegiados nos quedamos boquiabiertos porque no pudimos entender las señales de la realidad.

Somos testigos de un mundo incierto, que ya no responde a las ideas que predominaron después de la caída del Muro de Berlín. Ideas fundadas por premisas eminentemente económicas que armaban la estructura de un mundo global, que privilegiaban el análisis y las predicciones desde otra abstracción: los cálculos matemáticos que marginaban la concreción de la vida destrozada por no poder mantener el único valor universal que todo ser humano anhela: la dignidad. Curiosa relación: dignidad e indignación son dos palabras que vienen de la misma raíz.

Nuestra tarea y compromiso, si acaso queremos crear un contrapeso a la locura autoritaria y a la violencia, será entonces considerar la importancia que cobra la vida que se concreta en las emociones, en el muy humano anhelo de llevar el pan a casa cada día.

La conducta humana no siempre está determinada por la razón

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