“Hacer las cosas bien es lo que trae el éxito”: Eduardo Garza T.

El Presidente y fundador de Grupo Frisa Industrias comparte cómo forjó y convirtió a su empresa en líder en el sector manufacturero.

Foto: Juan Rodrigo Llaguno

Por Carlos Fernández de Lara 

Hay emprendedores que tienen el ideal de crear empresas y venderlas por millones de dólares; otros buscan replicar el éxito de una idea de negocio extranjera en México. También existe un pequeño grupo de personas que lucha incansablemente por convertir un proyecto personal en un legado económico y social. Cuando Eduardo Garza T. fundó Grupo Frisa, sabía que pertenecería a este último grupo de startuperos. En ese entonces, tenía 22 años de edad.

El tiempo ha pasado. En la actualidad, Eduardo mantiene la misma pasión y cuidado por Frisa como hace 45 años, cuando por azares del destino y las ganas de “iniciar algo por sí mismo” le dio vida a un pequeño taller en Santa Catarina, Nuevo León. Tenía tres empleados y un pequeño martillo de forja.

Sentado en el sofá de su oficina, en el piso seis de un corporativo en Monterrey, Eduardo Garza T. cuenta que sus primeros años fueron de mucho trabajo. Era productor, repartidor y vendedor; también aprendió el arte de forjar y las propiedades del acero. “Cuando inauguramos el taller, mi padre me comentó, en referencia al martillo: ‘hijo, esa maquinita no te va a dar para vivir. Y menos dividido entre tres’”.

Grupo Frisa no sólo le ha dado para vivir a él y a su familia, sino también a los más de 2,000 empleados directos que tiene divididos entre sus cuatro plantas en México –una en Michigan, Estados Unidos– y las diferentes oficinas de representación que tiene alrededor del mundo.

“Somos la empresa de forja abierta y aros rolados más grande del mundo”, presume. Con el paso del tiempo, Frisa no sólo ha crecido en su sector, sino también ha logrado diversificar sus operaciones. De forjar horquillas o “uñas” para los montacargas, pasó a fabricar partes para turbinas y compresores para aviones, generadores de vapor, hidroeléctricos y de gas, torres para parques eólicos y hasta equipo médico.

El secreto, confiesa Eduardo Garza T., es la disciplina.

—¿Qué opinión tiene sobre las nuevas generaciones?

—La solución para muchos de los retos que enfrenta el país es a través del emprendimiento. Sin embargo, hay un tipo de emprendedor que no veo con buenos ojos. Son jóvenes que crean un negocio para tratar de venderlo a los tres años sin otro objetivo que hacerse rico. El éxito se alcanza con trabajo, disciplina, constancia, visión y esfuerzo. Cuando uno ve Facebook, Uber o Twitter, es muy fácil notar cuando ya tuvieron ese éxito, pero no analizan todo el esfuerzo o trabajo que hicieron para llegar a la etapa en la que están. El valor de emprender está en no hacerlo con un ánimo cortoplacista.

Eduardo Garza T. comenzó en su primer trabajo formal, en la constructora de su tío. Recuerda que en aquel entonces descubrió dos cosas. La primera es que no le apasionaba la ingeniería civil. La segunda era la intención de “poner algo propio”. Sin embargo, aún no tenía idea de cuál podía ser el giro.

—¿Por qué escogió ser ingeniero civil y por qué ingresó al Tec?

—Siempre quise ser ingeniero. Desde niño me gustaban mucho las matemáticas. Recuerdo en la carrera al maestro Quiles, quien fue uno de los profesores fundadores del Tecnológico de Monterrey. Él decía que los ingenieros civiles éramos los únicos ingenieros de verdad, que todos los demás eran derivados, porque antes únicamente había ingenieros militares y poco a poco se empezó a dividir en ingeniería civil y militar. Pero más allá de las sólidas bases en ingeniería que me dio el Tecnológico de Monterrey, me permitió aprender y reforzar algo que ha sido fundamental en mi vida: disciplina, orden y honestidad.

Su primer empleo fue como residente en un camino cerca de Monterrey. “Mi trabajo era mantener los equipos de construcción trabajando; eran máquinas viejas que fallaban mucho y se tenían que reparar constantemente. Eso me permitió convivir con muchos talleres de maquinaria y forjado. En una ocasión visité un taller y me estaba quejando de la mala calidad del servicio y el jefe de taller me dijo: ‘Ingeniero, ponga un taller y yo me voy a trabajar con usted’. Fue ahí donde se sembró la primera semilla de Frisa”.

En 1971, con un martillo de forja, tres empleados y 150,000 pesos, nació Fabricaciones y Reparaciones Industriales, SA. “Como su nombre lo dice –recuerda Eduardo– no sabíamos muy bien a dónde iba a parar el negocio”.

—¿Fue difícil crecer en un campo que no conocía?

—No fue fácil. Fueron varias etapas las que nos hicieron crecer. Los primeros años aprendimos a forjar, conocer las materias primas y propiedades del acero. Eran años complicados porque había muchos talleres y el mercado estaba muy atomizado.

Luego de dos años de “luchar para vivir”, encontró el producto que les permitiría crecer de manera sustancial: las horquillas o uñas de los montacargas. “Fue el producto que nos dio vida”, cuenta. “En ese entonces la frontera estaba cerrada y no había un proveedor de horquillas en México y para los fabricantes nacionales era un problema conseguirlas. Vi un área de oportunidad y de 1973 hasta al menos 1977 fue lo que nos permitió sobrevivir”.

El ideal de Frisa nunca fue enfocarse en un sólo producto, sino crecer y adaptarse conforme los mercados internacionales comenzaron a globalizarse. Así, la empresa pasó de las horquillas a proveer partes para la industria petrolera y minera. Con la crisis de 1982, la devaluación del peso y la caída de los precios del petróleo, se vio obligada a mirar al extranjero.

“Fueron dos o tres años de mucho trabajo, de atender y entender el mercado internacional, pero valió la pena”. Para 1986, con la firma del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) exportaba 70 % de su producción y en 1994 con la firma del TLCAN, más de 95 %. “Hoy es una firma mexicana que compite a nivel global”.

—¿Imaginó cómo crecería?

—Nunca lo imaginé, pero siempre he tenido una visión de vernos, primero, como un proveedor líder a nivel nacional y, luego, consolidar esa visión en Estados Unidos y a nivel global. Hoy somos una familia de más de 2,000 empleados con fábricas en México y Estados Unidos y oficinas de representación en diferentes partes del mundo. Tenemos un portafolio diversificado que nos permite competir y liderar en nuevos mercados, con mucho crecimiento en el sector aeroespacial y de energías renovables.

—¿Cambió su visión al crecer?

—Insisto, hacer las cosas bien es lo que trae el éxito. No viene de hacer o buscar sólo el lucro. Las utilidades y ganancias son reflejo de hacer bien el trabajo. Crecer va más allá de contar con la mejor tecnología o instalaciones, también te tienes que preocupar por capacitar al personal, pagarle bien, cuidar la seguridad de tu gente y del medio ambiente, y buscar cómo impactar a la sociedad. En Frisa somos responsables de generar oportunidades para muchos mexicanos. Estamos conscientes de que tenemos que regresar a la comunidad lo mucho que nos ha dado.

Cuando la vida se impone

En 2005, Eduardo Garza T. esquiaba en Aspen, Colorado. Ahí, se descubrió una bolita en el pecho. Era cáncer. “Siempre he sido adicto al trabajo”, ríe. “Tuve un año muy difícil de recuperación. Me hizo darme cuenta de que la vida no era sólo trabajo y cambié mi forma de vivir. Empecé a disfrutar mucho más la vida, viajar más con mi esposa, pasar tiempo con mis hijos, darle tiempo a mi salud, hacer ejercicio o jugar al golf. Mi labor en Frisa es apoyar a mis hijos para seguir impulsando el crecimiento de la compañía y continuar con mi labor social y como consejero de varias organizaciones, como el Tecnológico de Monterrey”.

Nota del editor: Esta entrevista apareció publicada en la edición número 6 de Tec Review

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