Las candidaturas independientes son importantes por tres razones: primero, materializan la titularidad de los derechos políticos en la ciudadanía, al permitirles ser votados sin la intervención de los partidos políticos; segundo, empoderan a la ciudadanía, que puede acceder a puestos de elección directamente por el voto popular, y, tercero, al verse desplazados por la ciudadanía, los partidos políticos deberían transformar sus prácticas, lo que fortalecería el sistema de partidos y la democracia.

Las dos primeras se cumplen si las candidaturas ciudadanas se mantienen al margen de cualquier intromisión, distorsión o manipulación que les impida cumplir con sus cometidos, es decir, deben mantenerse fieles en su lucha por mejorar la calidad de vida de la comunidad a la que solicitan su voto y evitar convertirse en instrumentos de intereses particulares, sean éstos de los gobernantes en turno o de grupos políticos, económicos, sociales o, incluso, delictivos. La tercera requiere que la ciudadanía vote mayori-tariamente a los candidatos independientes y que los partidos tomen conciencia de sus debilidades, transformen sus prácticas para acercarse a la ciudadanía y cumplan con su función básica de ser enlace entre ésta y el gobierno.

En 1946, la legislación federal estableció el monopolio de los partidos políticos para postular candidatos a puestos de elección popular; poco a poco, casi todas las legislaciones estatales hicieron lo mismo y en 2007 se incorporó la disposición en el artículo 116 constitucional, con lo cual los estados que sí las contemplaban tuvieron que cancelarlas. En la reforma política de 2012, la presión social obligó a permitirlas y las incluye-ron en el artículo 35 constitucional; la ley reglamentaria federal se aprobó hasta mayo de 2014. Sin embargo, previamente Quintana Roo y Zacatecas las habían incorporado en sus leyes. De 2013 a la fecha, 22 candidatos independientes han ganado en los procesos electorales en los que han competido.

En las elecciones del próximo 1 de julio, habrá un buen número de candidatos independientes a los distintos puestos de elección popular; lamentablemente, algunos serán parte de una estrategia electoral de distintos grupos de interés, contravi-niendo la naturaleza misma de la figura. La ciudadanía tiene el poder de premiar a los auténticos y castigar las simulaciones.

Los partidos políticos deberían transformar sus prácticas, lo que fortalecería el sistema de partidos y la democracia

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