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No hay democracia sin prensa libre. No digo nada nuevo al plantar aquí esta advertencia. El periodismo es tan nece­sario como el voto y no es tan episódico como el signo que se estampa sobre el símbolo. La prensa muestra los hechos y contrasta las opiniones, descubre los secretos y denuncia los abusos. En los medios están los ojos y la voz de la opinión pública.

El profesionalismo periodístico nació del encuentro entre la tecnología y el mercado. Máquinas que, con grandes tirajes, enlazan a anunciantes y compradores. También publicita negocios y productos. Es una institución democrática y una empresa solvente. Una pieza fundamental del espacio público y un negocio independiente que puede mantenerse a salvo de las presiones políticas.

Es la tecnología la que amenaza ese profesionalismo. El habitante del presente está sumergido en información. Le llega por todos lados y todo el tiempo. No asistimos, sin embargo, al nacimiento de un asamblea abierta que pone en contacto la diversidad, que enlaza perspectivas y datos, que produce diálogo. Al contrario, esas redes representan el eclipse de lo común. Los nuevos medios encapsulan al ciudadano en una cárcel de espejos. Cada quien selecciona la fuente que reitera su prejuicio, cada quien cancela el informe que lo cuestiona. La polarización política que padecemos es, en buena medida, producto del solipsismo tecnológico.

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En México, al desafío tecnológico, se agregan dos amenazas: la corrupción y la violencia. Los dos amagos están presentes: el favor y el miedo. La prensa mexicana ha dependido históricamente del patrocinio político. El Estado ha ejercido de periodista a través de intermediarios vulnerables. Lo que ha ganado la prensa nacional en autonomía es todavía un sueño en la prensa local, amenazada por la violencia. Decía John Gibler que, en México, era más peligroso investigar un asesinato que cometerlo. Mientras la impunidad reina en el país, quienes se dedican a retratar nuestra barbarie sufren las amenazas y la coacción del crimen.

Por ello, el periodismo profesional, independiente, es más urgente que nunca. Ante la llegada de Trump, The Washington Post instaura como lema en el frontispicio de su edición: “La democracia muere en la oscuridad”. Solamente el periodismo profesional puede marcar la diferencia entre el hecho y el rumor, entre la verdad y la mentira.

Lo que ha ganado la prensa nacional en autonomía es todavía un sueño en la prensa local, amenazada por
la violencia

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