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(AFP) Cuando Galina Balachova dibujó su primer boceto para la decoración interior de una nave espacial destinada a cosmonautas soviéticos, incluyó un cuadro con un paisaje, para que los viajeros del espacio no echaran de menos su hogar.

De formación arquitecta pero artista de alma, esta mujer, hoy octogenaria, creó durante décadas el interior de los legendarios cohetes Soyuz y otras naves espaciales soviéticas, para permitir que aquellas estructuras de metal repletas de aparatos resultasen lo más confortables posibles.

En 1963, a pedido del ingeniero Serguei Korolev, padre de la conquista espacial soviética, Galina dibujó en su casa y durante todo un fin de semana su primer diseño de interior para un Soyuz.

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Los ingenieros habían instalado en el aparato dos enormes cajas con instrumentos. “No entendían lo que significa un lugar habitable, sólo pensaban en los instrumentos”, contó Balachova.

“Durante ese fin de semana, pensé en la manera en que podríamos guardar los instrumentos de a bordo, dibujando de un lado una especie de armario y del otro una especie de sofá, donde los cosmonautas pudiesen dormir“, agrega.

Apasionada de pintura, también pintó en acuarela un paisaje destinado a decorar una de las paredes de la nave espacial.

“Korolev aprobó el diseño con el paisaje y posteriormente siempre me pidieron que hiciera uno”, sonríe, precisando que nueve de sus cuadros viajaron así en el espacio.

Piso y techo

Galina Balachova era una de las pocas mujeres empleadas en la industria espacial soviética y la única con un cargo creativo. Jamás fue autorizada a firmar sus creaciones, entre las que figura la insignia roja y azul de la primera misión espacial conjunta norteamericano-soviética, Apollo-Soyuz, de 1975.

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Inicialmente animada por una visión futurista, Galina Balachova imaginó crear una cápsula sin piso ni techo, pero abandonó la idea por razones prácticas.

Los seres humanos se entrenan en la Tierra y están acostumbrados a que haya un arriba y un abajo”, explica Balachova. Resolvió el problema proponiendo pintar de color oscuro la parte baja de la nave y más clara la parte superior.

El cosmonauta Piotr Klimuk, que viajó al espacio en los años 1970, recordó el ambiente “confortable” creado por Galina Balachova. No importa la microgravedad en la que se encuentren los cosmonautas, “para el ojo humano siempre hay un piso y un techo”, señala.

El color cobró una importancia particular en el trabajo de Galina con la transmisión por televisión desde el espacio.

“Mis jefes querían un sillón rojo, pero en la televisión el rojo se veía negro y tuvieron que renunciar a ese color, recuerda Balachova.

Para la misión Apollo-Soyuz creó un sillón verde con cinturones de velcro, gracias a los cuales los cosmonautas podían amarrarse, y una mesa plegable en la que comieron y firmaron un documento sobre este vuelo conjunto de alto valor simbólico.

Tratada como una sirvienta 

Hoy Galina Balachova sigue viviendo en un modesto apartamento de Korolev, pequeña ciudad cerca de Moscú donde se encuentra el centro de entrenamiento de los cosmonautas rusos, en la Ciudad de las estrellas.

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En su casa, las sillas están cubiertas de la misma tela verde que se usó para cubrir el canapé de la nave Soyuz. Y sus dibujos y bocetos se llenan de polvo debajo del sofá, desde que dejó de trabajar y vive con una jubilación de 18,000 rublos (282 euros) por mes.

“Era la única mujer en un entorno integrado exclusivamente por hombres, me trataban como a la sirvienta”, recuerda Galina. Considera que el trato de sus jefes no estaba a la altura de lo que ella realmente valía.

¿Soñaba con viajar al espacio? No, asegura hoy esta mujer que, a su manera, participó en la aventura de la conquista espacial. “Nunca quise viajar al espacio”.

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