Por Carlos Gutiérrez Bracho

Una mañana vendrá en que, cada vez que nos lavemos los dientes, el cepillo programará una cita con el dentista si detecta una caries. Las pantallas serán ventanas cuánticas donde veremos un espectacular mundo virtual en tercera dimensión. Los robots estarán a nuestro lado, compartiendo la vida cotidiana: nosotros los controlaremos con el pensamiento de manera remota. En Japón se encargarán del cuidado de los mayores.

Un día llegará la hora en que los pequeños seres humanos que ya están comenzando a habitar el planeta elijan una carrera universitaria. Entonces, el modelo educativo no será el mismo que ha permanecido desde la era industrial. Habrá cambiado. Hoy, algunos investigadores ya se preguntan cómo será y qué podemos hacer para influir de manera positiva en él.

Una buena oportunidad

 “La educación crea bienestar, promueve los derechos humanos y la democracia, reduce desigualdades entre regiones y grupos sociales”, dice la ministra de Educación de Finlandia, Sanni Grahn-Laasonen. Para esta funcionaria de 32 años, la enseñanza permite que la gente desarrolle su creatividad, su conocimiento y sus talentos.

En el presente, las escuelas en el mundo y de todos los niveles se están transformando debido a tecnologías que antes parecían de ciencia ficción y que ahora son realidad. David Garza, vicerrector de Profesional del Tecnológico de Monterrey, afirma que esta situación es “una oportunidad”, no una amenaza. ¿A qué se enfrentarán los estudiantes en unas décadas?

En 15 años, más de 8,000 millones habitaremos la Tierra y llegaremos a 9,000 millones a mediados del siglo, prevé una evaluación del Departamento de Población de las Naciones Unidas publicada en El mundo en 2030 del futurólogo Ray Hammond.

En 20 años, señala en el libro, las desigualdades sociales no desaparecerán –a pesar de que el magnate Bill Gates asegure que para 2035 casi no habrá países pobres– y veremos olas de migrantes que intentarán salir de sus naciones poco favorecidas para encontrar oportunidades en sitios cuya riqueza se vea fortalecida por la revolución tecnológica.

En ese año, se podrán regenerar órganos a partir de células. Las computadoras serán un millón de veces más potentes que las actuales y mil más que el cerebro humano. Estaremos bioconectados a una superweb de mega alta velocidad. Lo virtual será tan real que no distinguiremos lo natural de lo digital.

Además, seguiremos viviendo en casas o departamentos. Los niños seguirán yendo a la escuela y la relación con sus maestros permanecerá, “porque es una parte vital de la educación que no puede ser sustituida por las comunicaciones virtuales”, escribe Ray Hammond. La policía, las leyes, los hospitales y las universidades también continuarán, pero no serán tal como los conocemos ahora.

Armonía en la diversidad

 Cualquier predicción tiene el riesgo de ser inexacta, pero en un escrito, Toby Peyton-Jones, director de Recursos Humanos de Siemens en Europa, apunta que este ejercicio es útil para que las personas analicen su entorno y desarrollen habilidades que podrían necesitar en unos años.

Hoy, como dice José Escamilla, director del Observatorio de Innovación Educativa del Tecnológico de Monterrey, la educación “está en un punto de inflexión”. El informe The future of work: Jobs and skills in 2030, realizado por la UK Commission for Employment and Skills, señala que el debate sobre el porvenir se enfoca, principalmente, en robótica, inteligencia artificial e impresión 3D y su disrupción en el empleo.

En la década de los 30, “empleados (y empleadores) requerirán las competencias para trabajar a través de diferentes disciplinas, colaborar virtualmente y demostrar sensibilidad cultural”. Serán importantes la responsabilidad social, la flexibilidad en horarios y la visión transgeneracional.

En ese escenario, la educación universitaria presente y futura tiene un papel crucial. Ahora, los estudiantes van a un aula porque quieren “crear algo”, analiza Garza, quien cree que el rol del docente debería ser el de mentor o coach.

Sir Ken Robinson es una celebridad por sus discursos sobre la importancia que debe darse, en cualquier nivel, al desarrollo artístico. En 2013, en una charla para TED, aseguró que la cultura educativa dominante no se ha enfocado en enseñar o aprender, sino en evaluar. Y lanzó un fuerte señalamiento: “en lugar de la curiosidad, lo que tenemos es una cultura de cumplimiento. Se incentiva a nuestros niños y maestros a seguir algoritmos de rutina en lugar de estimular el poder de la imaginación y la curiosidad”.

Según el informe de la Reunión del Grupo de Expertos de Alto Nivel de la UNESCO, realizado en 2013, la educación podría estar viviendo una cirugía plástica radical debido a la revolución digital. “Se ha equiparado con la transición histórica del modelo educativo tradicional preindustrial a la escolarización de masas iniciada en el siglo XIX”. Ahora, los sitios de enseñanza son diversos y se observa una “creciente interacción y complementariedad entre los espacios de aprendizaje no formales e informales y los establecimientos de educación formal”.

Dicho documento, titulado Replantear la educación en un mundo en mutación, menciona que es necesario que se trascienda la visión utilitarista que caracteriza el discurso sobre el desarrollo. La educación debe entenderse como “el aprendizaje de los valores de respeto a la dignidad y la diversidad humanas necesarios para lograr la armonía en un mundo diverso”.

Asunto de creatividad

El día en que los niños de hoy vayan a la universidad, no llegarán a escuchar clases teóricas. Irán a recibir orientación, interactuar con sus compañeros y, juntos, construir una diversidad de saberes y herramientas que les ayudará a estar preparados para la vida profesional. Los salones no tendrán pizarrones y butacas. Habrá salas de reuniones donde los estudiantes se prepararán para un aprendizaje colaborativo.

Esas son algunas de las conclusiones de la World Innovation Summit for Education (WISE) realizada en Doha, Qatar, a finales de 2014. Ahí, más de 1,600 líderes educativos, económicos, políticos y sociales de unos 100 países se reunieron para analizar la situación de la educación y su futuro.

El 93 % de esos líderes internacionales considera que las escuelas deben implementar métodos innovadores basados en nuevos enfoques de enseñanza y procesos creativos.

Algunos pasos hacia estas nuevas formas de educación ya se están dando gracias a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Un ejemplo es la escuela francesa 42, llena de salas con computadoras disponibles para los alumnos las 24 horas y todo el año. Está abierta a chicos de entre 18 y 30 años, quienes pueden entrar y salir como les plazca. Su formación se basa en proyectos imaginativos.

Otro caso es Minerva, un proyecto que forma en humanidades y ciencias a líderes jóvenes, quienes pasan por un proceso de admisión altamente selectivo.

Uno de ellos es el mexicano Ricardo Montalvo, egresado de una preparatoria del Tecnológico de Monterrey, quien va tras “un proyecto social que sentará las bases para que otros individuos puedan experimentar el mundo de maneras más eficientes y sofisticadas”.

Su fundador es Ben Nelson, antiguo CEO de Snapfish. Él se alió con el otrora decano de Harvard, Stephen M. Kosslyn. Su idea es que el aprendizaje se produzca haciendo y no estudiando, sin muros escolares de por medio. Muchas actividades se realizan en sitios públicos y los alumnos deben pasar cada semestre en un país diferente. Además, desde que estudian, se incorporan a grandes empresas, como Airbnb, Uber, MIT Media Labs o Ashoka. “Es la primera universidad que está entrenando cosmopolitas digitales”, comenta Alex Aberg, director de Minerva para América Latina.

Las instituciones de educación superior han sido pioneras en incorporar las TIC a la enseñanza y sus efectos se están dando en todos los niveles. “Quizá más lentamente, pero está ocurriendo”, señala el doctor Manuel Area, director del Laboratorio de Educación y Nuevas Tecnologías de la Universidad de La Laguna, en España.

Él se mantiene escéptico en cuanto a que la tecnología resolverá todos los problemas educativos. “La educación tiene un componente humano que es el que ayuda a que una persona aprenda y tenga éxito”. Con la tecnología, cree, avanzamos hacia una metodología basada en plantearle a los alumnos situaciones problemáticas que deben resolver con herramientas digitales.

¿Cursos para todos?

Uno de los caminos que se espera que tome la educación futura es la democratización. Y eso ya parece estar ocurriendo. Ejemplo de ello son los Massive Open Online Courses o Mooc; son clases virtuales gratuitas y abiertas a quien desee inscribirse. Unas de las plataformas en línea que más se identifican con este modelo son Khan Academy y Coursera, donde el Tecnológico de Monterrey lanzó su primer Mooc en mayo de 2013, con más de 21,000 alumnos inscritos; en menos de 72 horas, los videos ya se habían descargado 72,000 veces.

El hecho de que los Mooc “sean masivos y gratuitos hace que haya mucha comunicación verbal a través de la red entre los alumnos”, comenta el doctor Area. La dificultad que presenta este formato es la gran cantidad de alumnos que se inscribe y el bajo porcentaje de finalización, pero el doctor David Garza cree que el impacto que tiene cada profesor en cada uno de los cursos –a pesar del alto nivel de deserción– es más amplio que el que podría tener en el salón tradicional de clases.

Hay otros experimentos en el ciberespacio. Unos son las aulas virtuales; ahí, el docente organiza su materia vía online para que el alumno desarrolle actividades de aprendizaje en la computadora. También se está probando el flipped classroom o clase invertida, donde el profesor graba los conceptos de la clase en pequeños videos para que el alumno pueda verlos en su casa vía Youtube. En el salón, realizan tareas de manera colectiva basadas en cada uno de los temas.

Otro modelo es la universidad sin título. Es decir, la escuela es un sitio donde el alumno asiste para aprender y no necesariamente obtiene un documento final. “Lo que tienes es un conjunto de habilidades que te garantizan una muy alta empleabilidad o las posibilidades de hacer tu propia empresa”, dice Escamilla, del Observatorio de Innovación Educativa.

Este último tipo de formación profesional pone el acento en uno de los problemas más graves que, desde la visión de José Escamilla, atraviesa la educación superior actual: la falta de formación de los egresados de las escuelas para afrontar los desafíos que demanda el mercado laboral. “Cuando entrevistas a las universidades, en general, la mayoría piensa que sí los está preparando”.

Frente al rápido cambio en habilidades que demandan las empresas, el Centro Nacional de Planeamiento Estratégico de Perú asegura que ya existe una nueva clase de trabajadores que van más allá de la formación académica. Se les conoce como versatilistas porque pueden “enfrentar nuevas situaciones y capitalizar la experiencia con la adquisición de nuevas competencias, construcción de relaciones interpersonales y desarrollo de nuevos roles”. Ellos están listos para aprender y crecer en un mundo cambiante.

Empoderamiento digital

La versatilidad que requieren los trabajadores profesionales está relacionada con el desarrollo de habilidades tecnológicas. En ello, hay sectores poblacionales adelantados, pero existen otros que aún están rezagados.

De acuerdo con un análisis del Tecnológico de Monterrey para el Center for the Digital Future, publicado en 2013, al menos en 80 % de los hogares mexicanos existe una persona que usa internet. También detectaron que del total de usuarios, 33 % pertenece a un nivel socioeconómico alto, mientras que 23 % es de un nivel medio, 30 % bajo y 14 % muy bajo.

Las cifras mundiales no son tan halagüeñas. Un estudio de internet.org revela que aunque en 2015 hay 3,000 millones de personas conectadas a la red, “lo cual es un hito increíble”, significa que sólo 40 % de la población tiene acceso a la red. Un 78 % de la población en el mundo desarrollado está en línea, mientras que en economías emergentes esta oportunidad sólo la tiene 32 % de las personas.

A pesar del panorama, Marcel Fukayama, CEO del Comitê para a Democratização da Informática (CDI), mira un horizonte positivo. En 10 años, “85 % del planeta tendrá acceso a internet y la tecnología”.

El CDI es una organización brasileña que emplea la tecnología para el cambio social, el empoderamiento de las comunidades y el fomento de la iniciativa empresarial, la educación y la ciudadanía. Tiene presencia en 15 países, entre ellos España, Estados Unidos, Inglaterra, Portugal, Irlanda, Rumania y México. Principalmente, trabajan con jóvenes de bajos ingresos para que aprendan a programar, a desarrollar aplicaciones móviles y crear sus propios emprendimientos sociales a través de la tecnología.

Fukayama está convencido de que debemos avanzar en la inclusión de la tecnología en la educación y se debe lograr un cambio efectivo en las políticas públicas de las naciones. “Es difícil crear una política global de educación, pero es posible crear una política nacional en muchos de estos países”. En sitios como en Reino Unido, ya se incorpora la tecnología en las escuelas públicas y tanto niños como jóvenes ya están aprendiendo a programar. Estas competencias son clave para los desafíos actuales.

La generación optimista

Muchos de los universitarios del mañana hoy toman biberón, mientras juegan con el teléfono inteligente o la tableta de sus papás. Para algunos, incluso, el uso de la tecnología se da antes que sus primeras palabras. Pertenecen a una generación que no ha sido nombrada por los investigadores, porque aún no se saben sus características futuras. Hay expertos que piensan que se les conocerá como la Generación A.

Sus hermanos mayores pertenecen a la Generación Z o Google; son los nacidos entre 1994 o 1995 y 2005 a 2010. Algunos de ellos ya ingresaron a profesional. En México, en 2014, el 80 % de ellos se declaró usuario de internet, revelan datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). En contraste, 61 % de los adultos de entre 35 y 44 años no usa la red, al igual que 71 % de quienes están entre los 45 y 54 años y 88 % de los mayores de 55. En esos rangos está la mayoría de los padres y profesores. Para muchos, la tecnología es una gran desconocida.

Aunque se habla de Millennials, X o Baby-Boomers, el uso de recursos tecnológicos también cambia las fronteras generacionales. El mapa empieza a delinearse entre quienes usan herramientas digitales y quienes no. “El desarrollo tecnológico y las nuevas modalidades de educación virtual seguirán generando impactos notables en los modos de socialización y subjetivación de las nuevas generaciones”, afirma Esteban Maioli, uno de los autores del informe Generación Z y Educación, realizado en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).

Los ciudadanos Z son los primeros que nacen en un mundo digital. Les gusta ser tomados en cuenta, investigar todo e informarse; por eso, “quien quiera acercarse a ellos debería mantener la información y el diálogo constantemente fluyendo”, comenta Maioli.

Una de sus mejores herramientas de comunicación son las redes sociales; un 75 % cuenta con perfil en red social y 80 % mantiene su celular cerca mientras duerme, además de que les fascinan los videojuegos.

Los Z son adaptables, abiertos a la diversidad, tienen rasgos consumistas y una muy alta autoestima. “Son optimistas, pues han crecido en tiempos de prosperidad”. Se aburren con facilidad y son buenos autodidactas. “También desean el máximo resultado, lo que significa que se dirigen exclusivamente por los objetivos y resultados”, subraya el especialista.

En la investigación de la UADE, descubrieron que estos jóvenes “priorizan la presencia y el conocimiento del profesor. La figura docente aún es un factor fundamental en los procesos de enseñanza-aprendizaje”, además de que para su futuro laboral profesional resaltan el emprendimiento y las iniciativas personales.

Ahora vivimos lo que David Garza llama “tsunami tecnológico”.

El mundo se transformó y la forma de mirarlo también. La creación de conocimiento y su acceso dejó de estar en manos de unos cuantos y cada vez más millones y millones de personas en el planeta participan de ello. Estamos, como dice el catedrático del Tecnológico de Monterrey, en una fase en la que las estructuras de aprendizaje y el rol de los profesores deben modificarse.

Los signos apuntan a que vamos hacia “una mayor personalización del aprendizaje”, afirma Garza. Los docentes no desaparecerán; al contrario, habrá una mayor cercanía del alumno con su profesor, al igual que en los tiempos antiguos, donde los jóvenes estaban al lado del maestro y así aprendían su oficio.

Como asegura Bill Rankin, director en el equipo de Educación de Apple, en un mensaje que subió a Youtube, para hacer frente a los complejos problemas del mundo actual y futuro: “necesitamos personas que puedan trabajar juntas y unirse en comunidad”. Y en ello, la educación juega uno de los roles más determinantes.

 Fotos: Ana Blumenkron

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