Por Andrés García Barrios

Seúl, Corea, junio de 2015. Tim Hunt se siente nervioso ante la audiencia de científicos y periodistas que llenan la sala. Dispuesto a relajarse, aborda un tema que le parece ideal para bromear y aligerar el ambiente: “Tres cosas ocurren cuando hay mujeres en el laboratorio: te enamoras de ellas, se enamoran de ti… y cuando las criticas, lloran”. Cree oír algunos aplausos y sigue: “Estoy a favor de que hombres y mujeres trabajen en laboratorios separados”.

Quizás Hunt ha olvidado que detenta el título de “Sir” otorgado por la corona británica, además del Premio Nobel de Medicina 2001, y que la comunidad internacional está al acecho de cada una de sus palabras. O tal vez piensa que ambos títulos lo convierten en una autoridad intocable. Lo cierto es que unas horas después, mientras viaja de vuelta a casa, recibe la noticia de que debe renunciar a su cargo como doctor honorario del University College, así como a su puesto en la Real Sociedad de Londres.

Hoy, si algo ya le quedó claro a Hunt es que las mujeres esperan que alguien como él defienda con firmeza la convivencia igualitaria en terreno científico. Para apreciar la importancia de esta respuesta, nos asomamos a la historia de algunas científicas y al esfuerzo de siglos que han hecho –uniendo a sus extraordinarias aptitudes un gran valor y a veces un agudo ingenio– para conquistar el lugar que tienen.

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A contracorriente

Teano es de las pocas científicas de la antigüedad de quienes tenemos noticia. Surgió de la academia de Pitágoras, escuela que no hacía diferencias entre hombres y mujeres. Según algunos estudios, es la primera matemática de la historia y se le atribuye, por ejemplo, el descubrimiento del número áureo, una cifra oculta en un sinfín de rincones de la naturaleza (hojas, ramas, flores, partes del cuerpo humano, el caparazón de algunos moluscos…).

También conocida como proporción áurea, este dato rigió durante siglos a pintores, escultores y arquitectos como patrón de belleza artística. Al parecer, la Mona Lisa y hasta el tamaño de las tarjetas de crédito fueron calculados con este número.

De maestros, colegas, discípulos y foros siempre fueron privadas las mujeres. Ya alcanzada la Edad Media, quienes querían instruirse sólo podían hacerlo aprendiendo de sus padres, hermanos y esposos. O en los conventos. Ya ahí, no perdían un instante; por ejemplo, la sabia abadesa anglosajona Lioba pedía a las monjas que le leyeran mientras dormía la siesta. “Descansa el cuerpo, pero no el ansia de conocimiento”, decía.

Llegado el siglo XVIII, las mujeres aún tenían que invertir gran parte de su talento en idear ingeniosas tácticas para aprender. Por ejemplo, Sophie Germain, matemática que dio su nombre a cierto tipo de números primos, se disfrazaba de hombre para ir a la escuela. Sus logros fueron inmensos. Años más tarde, el físico Joseph-Louis Lagrange recibiría artículos firmados por un tal Mr. Leblanc, y a tal grado quedaría sorprendido por su talento, que insistiría en encontrarse con él en persona. Germain tuvo que revelarle su verdadera identidad.

Algunas de sus contemporáneas practicaban una fórmula menos arriesgada: reinas en sus hogares –lugar al que la sociedad las había relegado durante siglos–, muchas lograron atraer a ellos a las grandes personalidades de la época. Así, en los salones familiares, entre cenas y juegos, y con un bocadillo o una copa en la mano, una vez a la semana podían escuchar a Antoine Laurent Lavoisier en persona explicar que la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma, o al geólogo Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, afirmar en voz baja que nuestro planeta era mucho más viejo de lo que decía la Iglesia.

Faldas bien puestas

En uno de aquellos “salones” creció la francesa Emilie du Châtelet, una de las forjadoras de la ciencia moderna en el siglo XVIII, gracias a sus conocimientos en matemáticas y física. Baste mencionar que en tiempos en que las ideas de Isaac Newton todavía no eran plenamente aceptadas en Francia, ella tradujo la obra cumbre del gran físico, los complejísimos Principios matemáticos de la filosofía natural, “la obra más importante publicada en las ciencias físicas en todos los tiempos”, considera el astrofísico Stephen Hawking.

Como muchas otras investigadoras, Du Châtelet tuvo formación familiar y autodidacta; además, al igual que Sophie Germain y otras, se vistió de hombre, aunque en su caso sólo para presentarse retadoramente en el famoso Café Gradot de París, donde se reunían importantes científicos, y al que poco tiempo antes le habían impedido entrar. Al verla llegar así vestida, el encargado consideró ridícula la norma de exclusividad para varones, y le dio paso, atendiéndola con especial esmero. Ya adentro, ella acaparó la atención de todos, primero por su ingenioso atrevimiento y después por la lucidez de sus razonamientos.

Durante años, las científicas crecieron apartadas de casi toda “reunión de sabios”. Margaret Cavendish, autora de diez libros de Física del siglo XVII, pudo asistir sólo a una sesión de la Real Sociedad científica de Londres. En el siglo XX, cuando Madame Curie ya había recibido su primer Nobel y estaba por recibir el segundo, fue rechazada por la Academia Francesa de Ciencias. “Si ella se sienta en nuestras sillas –decía Barbey D’Aurevilly, académico francés, refiriéndose a otra aspirante–, nosotros nos levantaremos a preparar los dulces y los bocadillos”. La respuesta fue más aguda: “Inténtelo, pero lamento que no podrá con el más simple refrigerio tanto como nosotras con las matemáticas”.

Quizás el mayor daño para quien no puede acudir a un centro de estudios sea verse privado de un grupo que lo acompañe en la hazaña del conocimiento. El doctor Julio Frenk, quien es el actual presidente de la Universidad de Miami, en Estados Unidos, dice: “Es inestimable la cantidad y calidad de conocimiento que se obtiene en el intercambio personal con maestros, colegas y discípulos. Alguien privado de este apoyo se vería de entrada en seria desventaja, aun si tuviera acceso a todos los demás recursos de la ciencia, pues gran parte de los saberes de ésta se transmiten de persona a persona en aulas, auditorios y laboratorios, y así se han transmitido siempre”.

Contra el yugo machista

París. 1889. Justo donde terminan las cuatro grandes estructuras que a manera de patas sostienen la Torre Eiffel, están inscritos con pintura de oro los nombres de científicos e ingenieros franceses de los siglos XVIII y XIX. Es muy probable que el constructor de la estructura haya tenido que hacer esfuerzos de memoria, revisar libros y consultar expertos para llenar los 72 nichos disponibles. Pues bien, a pesar de eso, no incluyó a ninguna mujer, ni siquiera a la francesa Sophie Germain, cuyos estudios matemáticos habrían sido cruciales para que este bloque de hierro de 10,000 toneladas no se viniera abajo.

Para las mujeres, el largo camino del saber científico se ha visto poblado de obstáculos. Debido a esta situación, Ada Lovelace, nacida en 1815 e identificada como la primera persona en crear un programa de cómputo, tuvo que publicar sus notas de trabajo de forma anónima. En 1887, Matilde Montoya, la primera médica mexicana, se vio obligada a recurrir al presidente Porfirio Díaz para que la dejaran obtener su título profesional, aun cuando ya había realizado los estudios.

En el siglo XX hay dos casos famosos, por estar asociados con el Premio Nobel.

Uno es el de Rosalind Franklin. Comenzó cuando Maurice Wilkins, investigador del King’s College de Londres, se reunió con los físicos James Watson y Francis Crick, que estudiaban la estructura del ADN, y les mostró cierta colección de fotografías de rayos X de las que Rosalind era autora, sin autorización de ella. Lo que los dos físicos hallaron en la fotografía número 51 fue tal que –como Watson mismo escribirá más tarde– se quedaron boquiabiertos y se les aceleró el pulso: tenían frente a ellos la información que faltaba para determinar que el ADN tenía forma de doble espiral.

En 1962, Wilkins, Watson y Crick recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Aunque Rosalind Franklin fue mencionada en un frío agradecimiento y prácticamente pasó al olvido, su fotografía 51 sigue siendo considerada la imagen del secreto de la vida y es una de las más famosas y bellas de la ciencia.

El otro caso sucedió una noche de 1967. La estudiante de astrofísica Jocelyn Bell Burnell detectó la extraña radiación de un objeto cósmico. ¡Había descubierto el primero de los famosos pulsares! Siete años después, en 1974, su profesor Antony Hewish recibió el Premio Nobel de Física por ese hallazgo. No obstante, una parte de la comunidad científica reaccionó indignada. Fred Hoyle, insigne cosmólogo, protestó por la injusticia contra Bell Burnell (hay sospechas de que esta demanda le costó a él el Premio Nobel de 1983). Aunque ella se mostró tolerante, lo cierto es que el comité del Premio Nobel desaprovechó la oportunidad de compensar la gran diferencia de género que hay entre sus ganadores. Hasta 1974, considerando todas las categorías del Nobel, sólo se contaban 15 mujeres ganadoras, entre cientos y cientos de hombres.

Tal vez no es casualidad que desde el escándalo de Burnell la proporción femenina prácticamente se ha cuadruplicado y, en la actualidad, las mujeres poseedoras de un Nobel suman 47.