Por Carlos Carabaña

USAR y no POSEER

Esta frase es el mantra de la economía colaborativa, un paradigma económico y social en el que se comparten bienes y servicios con el apoyo de las tecnologías de la información.

Se trata de una vuelta de tuerca a los tradicionales conceptos de trueque, alquiler y demás acciones económicas, impulsada por la Gran Recesión iniciada en 2008 y la disminución mundial de las clases medias, así como por un cambio de conciencia sobre el planeta y la comunidad que lo habita.

Para María Fonseca, directora de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey, este tipo de economía se caracteriza por una modificación de los modelos de negocio tradicionales, en el que se da mayor importancia al hecho de compartir lo que hay que a incrementar las posesiones, desvinculando a éstas del consumo.

Hoy ya mueve, según datos de la consultora PwC, 15,000 millones de dólares, calculando un potencial de 335,000 para 2025. Esto puede parecer mucho, pero el Producto Interno Bruto (PIB) mundial supone unos 74 billones de dólares. En el mejor de los casos, la economía colaborativa será, dentro de 10 años, un 0.24 % de esa cifra. “No veo una sustitución de los modelos”, analiza Fonseca, “sino una convivencia, con casos que son mejor recibidos que otros, los que tienen una filosofía detrás”.

Uno para todos

La economía colaborativa puede estructurarse en dos ejes. Uno sería si la compañía o persona que ha hecho la plataforma tiene intención de lucrar o no, normalmente cobrando un porcentaje por conectar a los usuarios. El otro, si relaciona a dos particulares o a un negocio y un particular.

Por un lado, están los sistemas basados en servicios o productos en los que el interesado paga una cantidad para utilizar un cierto servicio o producto, sin adquirirlo. Luego, los mercados de redistribución, como eBay o la plataforma de artesanía Epsy, que subastan, intercambian o venden objetos infrautilizados. Por último, los estilos de vida colaborativos, en los que se interactúa en comunidades cuyos miembros comparten intereses, como Airbnb, el portal que permite a viajeros alquilar habitaciones.

“Si analizamos casos famosos, como Airbnb, alguien se dio cuenta del potencial del negocio que había en lo que ya se hacía, pero que podía lograr mucha difusión con la tecnología, causando dolores de cabeza a los modelos tradicionales”, señala la académica del Tecnológico de Monterrey. Y añade: “aunque puedan parecer modelos de negocio diferentes, son el mismo, y si una persona usa Airbnb y tiene una mejor experiencia, es un modelo de negocio de éxito”. Lo mismo para el resto: una empresa que no está en el sector toma lo que está establecido y le da una vuelta, optimizándolo.

El dinero que hay detrás siempre apunta al mismo sitio. Según dijo Jeremy Owyang, analista de industria y fundador de Crowd Companies, en su discurso en el festival OuiShare en París, Francia, en mayo de 2015, la mayor parte de las compañías y startups que forman parte de lo que se conoce como economía compartida pertenece al 1 % de millonarios e inversores que hay alrededor del mundo de la tecnología en Sillicon Valley.

OuiShare es una ONG francesa que podría definirse como un lobby a favor de la economía colaborativa. A ella pertenece Albert Cañigueral, un ingeniero español al que se considera uno de los grandes expertos en el tema. “El modelo de negocio basado en plataformas, tipo Airbnb, Blablacar o los crowdfunding, que ponen en contacto de una manera muy ágil y coordinada una oferta y una demanda, está demostrando ser más eficiente que la manera tradicional de hacer las cosas”, cuenta en entrevista con Tec Review. Para su organización, el concepto incluye tanto el consumo colaborativo como los movimientos sociales, las finanzas colaborativas y las alternativas de conocimiento libre.

Lo más invaluable

Cada región tiene sus particularidades. Hay que tener en cuenta que la moneda que mueve la economía colaborativa no es el euro ni el dólar, sino la confianza. Mediante la tecnología y los sistemas de reputación online, perfectos extraños están dispuestos a meterse en un coche juntos, a alquilar una habitación en casa de un desconocido o comprar por internet un producto que únicamente han visto en foto. ¿Por qué?

Cada uno de los participantes de este modelo analiza el perfil del conductor, anfitrión o vendedor en la plataforma y el resto de usuarios dicen que es confiable, por lo que ellos también lo hacen. Y en países donde la seguridad es menor y las tasas de criminalidad más altas, ésta puede ser la mayor barrera de entrada. La economista Fonseca, por ejemplo, reconoce que tardó mucho en decidirse a probar Uber en México. En Europa, el tema de la seguridad ni se plantea, sino más bien es una cuestión de moralidad empresarial y ética fiscal detrás de la plataforma.

“Otra barrera en América Latina es la tecnológica ya que la velocidad y escala está basada en el uso de dispositivos y sistemas de pago”, continúa Cañigueral, “pero la implantación de tecnología podría servir para suplir parte de esa confianza”. Cuenta la anécdota de un sistema de taxis que funciona en Colombia, en el que conductor y pasajero intercambian una contraseña facilitada por la aplicación, como método para evitar el secuestro exprés o paseo millonario. “Otra cosa que funciona muy bien es el crowdfunding o las plataformas para poner a gente a trabajar juntos sin que haya contacto físico, así como los trayectos en coche colaborativo en entornos donde hay una confianza previa, como el trabajo o la universidad”.

Son los casos de Aventones, una empresa mexicana de coche compartido en entornos cerrados que ya se ha expandido a otros países, como Perú, Argentina o Chile; o Rides, una especie de spin-off de la anterior que ya se ha agrupado en el gigante francés del car sharing BlaBlaCar. También está la plataforma de micromecenazgo Ideame, el sistema de ahorro Tutanda o la plataforma de alquiler de casas compartidas DadaRoom.

“Estas plataformas son simples herramientas”, advierte Cañigueral, “lo que nos interesa es la capacidad del ciudadano para convertirse en un pequeño productor, transportista, vendedor, financiador… su capacidad para conectarse con otros y hacer un sistema económico más eficiente”. Para él, estamos en los inicios de un proceso en el que unas plataformas tendrán una deriva más social y otras, más capitalista.

¿Economía para evasores?

Algunas personas, como el economista Dean Baker, estadounidense cofundador y codirector del Center for Economic and Policy Research, no son muy optimistas. Él arguye que la economía colaborativa, además de usar la red en nuevas áreas, permite “evadir leyes y regulaciones”.

Baker pone a Uber como ejemplo. “Es discutible si las restricciones a los taxis son innecesarias o al menos excesivas”, explica. “Lo que debería hacerse es adaptar el sistema para que todas las empresas jueguen con las mismas reglas”. Así, considera, se podría garantizar tanto la seguridad de los coches, la habilidad de los conductores, los seguros requeridos y el hecho de que haya un número determinado de autos adaptados para minusválidos.

De Airbnb, la empresa de alquiler de cuartos, dice que “no pagan los mismos impuestos que un hotel, no se hacen inspecciones para ver si las habitaciones cumplen con las normas para incendios y no se investiga si pueden ser alquiladas o no, ya que muchos edificios y contratos prohíben el subalquiler”.

Otros analistas opinan que estas empresas fomentan el llamado precariato, un grupo social que se mueve en el filo de la inseguridad económica, cuyo ingreso viene de la desesperación por un mercado laboral raquítico, con salarios cada vez más bajos. Teniendo además que contar normalmente con un smartphone, un sistema de pago electrónico y algún tipo de posesión, se quedan fuera de la ecuación los sectores ya instalados en esa precariedad.

Además, las empresas logran transferir el riesgo a sus microemprendedores y sin establecer relaciones contractuales ni obligaciones laborales ni seguros de salud ni cumplir con el salario mínimo, pero siempre sacan su pequeño porcentaje. Ese es el lado oscuro, la cara amarga, de la llamada sharing economy. Al otro lado están los sentimientos de comunidad, la nueva vida de bienes infrautilizados, la reducción de la contaminación generada por el hiperconsumo. Pero es el principio de un camino.

La economía colaborativa, con menos de una década, está en pañales. Su potencial es grande. Fue Ray Algar, en 2007, quien acuñó el término de Collaborative Consumption, para luego ser popularizado por Rachel Botsman y Roo Rogers en su libro de 2010 What’s Mine Is Yours: The Rise of Collaborative Consumption. Como en la paradoja del gato de Schrödinger, ahora mismo se le mira como un agente disrruptor económico, como una mejora del capitalismo y algunas de sus peores prácticas. Sólo cuando el futuro abra la caja se verá si fue un quiero y no puedo o el cambio que muchos ansían.

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