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Pómulos inflamados, cejas cortadas o caídas súbitas son parte de la factura que todo boxeador profesional tiene que pagar sobre el ring. Sin embargo, la violencia inherente a este deporte es sólo la fachada de una estructura moral que suele convertir en ídolos populares a algunos pugilistas.

“La construcción discursiva de la mística del boxeo postula la figura heroica del boxeador como un resistente paradigma de la masculinidad, en el que se reivindican valores de mérito individual, autoconstrucción, coraje, resistencia (como cualidades espirituales) y fuerza corporal que subliman la violencia de la práctica boxística en un imaginario intensamente atravesado por significados de género”, expresa Hortensia Moreno Esparza, doctora en ciencias sociales de la UNAM, en un artículo de La Ventana, revista académica especializada en estudios de género.

El entrenamiento al que debe someterse un boxeador va más allá de lo físico, pues en él carácter y personalidad se refuerzan según los modelos de masculinidad imperantes.

“El gimnasio de boxeo, como el locus de formación y socialización de la praxis, se convierte entonces en un espacio para la masculinización de los niños y los jóvenes, donde se endurecen el cuerpo y el carácter mediante técnicas corporales orientadas en una rigurosa disciplina con la que los varones se preparan no sólo para la pelea, sino también para la vida”, se lee en el artículo publicado por la académica de la UNAM.

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A manera de ermita donde el monje medieval templaba su espíritu, el gimnasio implica un alejamiento de la sociedad, en aras de fortalecer el cuerpo y la mente. “El aislamiento de los pupilos en un ambiente homosocial —con la exclusión expresa o disimulada de las mujeres— alimenta en el imaginario del boxeo una tipificación de género que repite las normas de la socialidad en un contexto acotado”, expresa Moreno.

La investigadora también explica en su artículo que el gimnasio se convierte en una especie de escuela de paradigmas de valor y coraje, donde los entrenamientos se transforman en ceremonias de masculinidad que colocan al boxeador en “un centro de significación para la vida, en oposición al sinsentido de la realidad exterior.”

La victoria ganada a pulso

Todo la preparación previa al combate tiene como objetivo conseguir la victoria sobre el cuadrilátero, en una suerte de construcción de la gloria deportiva por voluntad del hombre, en contraste con la predestinación a la que estaban sometidos los héroes de la mitología griega.

“No debe sorprender que estas configuraciones se relacionen imaginariamente con la masculinidad, interpretada no como “naturaleza” o “esencia”, sino como logro, realización y cumplimiento. Esta visión permite comprender los resortes discursivos del género como efectos de significación y, por lo tanto, redimensionar sus condiciones de posibilidad”, explica Moreno en su estudio.