Mayas: esperanzas de una civilización

Por Thelma Gómez Durán

Era domingo. Para el arqueólogo Alberto Ruz no fue un día de descanso, todo lo contrario. En un territorio de exuberancia selvática, en la zona arqueológica de Palenque, al interior del Templo de las Inscripciones, realizó uno de esos hallazgos con los que se pasa a la historia. El 15 de junio de 1952 encontró el sarcófago que resguardaba los restos de un personaje del que después se conocería su nombre: K’inich Janaab’ Pakal.

El hallazgo causó revuelo. Era la primera vez que se encontraba la tumba de un gobernante maya. Ese domingo, la arqueología desempolvó sólo un pequeño capítulo de la historia de esta civilización.

Durante más de medio siglo, arqueólogos, epigrafistas y otros tantos investigadores han hallado o descifrado más piezas del complejo rompecabezas que es la historia maya. La mayoría de esos hallazgos no ha acaparado tantos reflectores como la tumba de Pakal o la de la Reina Roja –encontrada en Palenque, en 1994–, pero han contribuido a conocer más sobre sus protagonistas, su organización política o su vida cotidiana.

Conocimiento que se hereda y perfecciona

Hay historias de las que sólo conocemos esbozos y, aún así, nos atrapan. Así es la historia de los mayas, civilización que se desarrolló en lo que hoy es Guatemala, Belice, la parte sur oriente de México, Honduras y El Salvador; una cultura que tuvo su mayor esplendor entre 250 y 909 d.C.

El norteamericano John Lloyd Stephens y el inglés Frederick Catherwood están entre los primeros investigadores que realizaron expediciones (en 1839) en busca de las ruinas de los monumentales complejos arquitectónicos mayas. Ellos, como otros europeos, dudaron de que esos vestigios hubieran sido levantados por los antepasados de los indígenas que habitaban esas tierras de América central.

Durante muchos años, señala el arqueólogo Carlos Álvarez Asomoza, investigador del Centro de Estudios Mayas del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, los estudiosos y exploradores dudaron de que en América se pudiera desarrollar una civilización equiparable a los egipcios, los chinos o los romanos.

“Los estudiosos preferían atribuir las maravillas mayas a los fenicios, israelitas o atlántidas, y aún después de comprobar rotundamente sus orígenes indígenas, ideas tan caprichosas como las anteriores encontraron cabida”, escriben los epigrafistas Simon Martin y Nikolai Grube en su libro Crónica de los reyes y reinas mayas. La primera historia de las dinastías mayas.

Gracias a las investigaciones realizadas es posible saber que en esta zona se desarrollaron más de 60 reinos, que contaron con un sistema de escritura complejo con el que registraron parte de su historia, que para conseguir su esplendor desarrollaron varias técnicas agrícolas y fueron grandes productores de miel.

La doctora Mercedes de la Garza, quien dirigió el Centro de Estudios Mayas de la UNAM y ha escrito varios libros sobre esta cultura, afirma que los conocimientos científicos de los mayas en áreas como la astronomía, la cronología y las matemáticas “revelan la alta capacidad intelectual de este pueblo”. Su calendario solar de 365 días –apunta– “es más preciso que el que usamos hoy en la cultura occidental”.

El arqueólogo Tomás Pérez Suárez, investigador del Centro de Estudios Mayas de la UNAM, explica que durante muchos años se creyó que los mayas inventaron el cero. Los estudios realizados muestran que la cultura Mixe-Zoque ya usaba el concepto del cero 300 años antes. “No es subestimar a los mayas”, aclara, “es ponerlos en su justa dimensión. Los mayas tuvieron la gran virtud de reelaborar y perfeccionar el uso del cero y el sistema calendárico posicional”.

En su libro, Martin y Grube escriben que los números mayas estaban conformados por la combinación de tres símbolos: un punto para el valor de uno, una barra para el cinco y un signo variable para el cero.

El uso que hicieron del cero y de su sistema numérico ocurrió “más o menos mil años antes que en la India, de donde pasó al mundo árabe y de ahí al occidental”, señala De la Garza. Estos conocimientos, dice, se desarrollaron gracias a su “extraordinaria inteligencia y capacidad de observación, a su organización social y política que incluyó la división del trabajo. Por ejemplo, los astrónomos, que no contaron con instrumentos como telescopios, tuvieron, al parecer, todo su tiempo para desarrollar tan altos conocimientos como el fijar, con toda precisión, el ciclo de Venus, de Marte y de otros planetas”.

El arqueólogo Alberto Ruz (1906-1979) escribió en su libro El pueblo maya que “sin el arduo trabajo de los campesinos, pescadores y artesanos mayas, la élite privilegiada que detentaba el poder nunca hubiera podido emprender las obras que hoy admira la humanidad”.

La clave está en la agricultura

La civilización maya tuvo su esplendor durante una época que los arqueólogos han llamado Periodo Clásico (250 a 909 d.C). En este tiempo se erigieron ciudades como Tikal, Calakmul, Palenque y Copán, que “revelan un gran sentido estético y funcional”, resalta la doctora Mercedes de la Garza.

Los primeros estudiosos difundieron que los mayas eran pacifistas y que su organización política seguía el sistema de “ciudades-Estado”. Hoy se sabe que eso no fue así.

Gracias al trabajo de investigadores como Yuri Knorosov, Heinrich Berlin, Tatiana Proskouriakoff y otros, ya se puede leer –casi en un 80 %, señala De la Garza–, la escritura jeroglífica maya, la más avanzada de América, y que fue plasmada en estelas, cerámica, edificios y pinturas. “Los jeroglíficos mayas ofrecen al lector una riqueza y una elaboración visual sin rival entre las escrituras antiguas del mundo”, resaltan Simon Martin y Nikolai Grube, quienes explican que esta escritura es un sistema mixto que utiliza alrededor de 500 signos, de los cuales se ha logrado descifrar unos 300.

El conocimiento de esos signos permitió saber que los mayas se ocuparon en dejar registro de su historia y de su gobierno. Martin y Grube señalan que esta civilización tenía un sistema “duradero y penetrante de suprarreinados” y que los gobernantes combinaban una autoridad política suprema con un estatus semidivino. “El panorama político del Clásico maya se asemeja en muchos aspectos al viejo mundo (la Grecia clásica o el renacimiento italiano son comparaciones dignas) en donde una cultura refinada y ampliamente compartida floreció entre divisiones y conflictos perpetuos”.

Gran parte de la historia que registraron los mayas sobre su mundo sólo tiene como protagonistas a los gobernantes. Aun así, diversos hallazgos arqueológicos han permitido conocer más sobre el pueblo maya y tener claves para contestar por qué en un espacio geográfico selvático, con suelos poco profundos, floreció una civilización con una alta densidad de población y que alcanzó un esplendor arquitectónico, artístico y científico. La respuesta, señala el arqueólogo Tomás Pérez Suárez, está en sus técnicas de producción de alimentos. “Una civilización así –apunta– sólo existe gracias a que se tiene suficiente alimento. Entre las varias cosas que podemos rescatar del conocimiento prehispánico maya y que nos ayudarían mucho son sus sistemas de producción de alimentos”. Pioneros en el estudio de los mayas, como Sylvanus Griswold Morley, afirmaron que, como las comunidades indígenas contemporáneas, los mayas utilizaron el sistema de siembra conocido como “tumba, roza y quema”. Fotografías satelitales tomadas en el área maya –explica el arqueólogo Carlos Álvarez Asomoza– comenzaron a derrumbar los planteamientos de Morley. Esas imágenes mostraron evidencias de la existencia de antiguas terrazas y canales para cultivo.

Investigadores, entre ellos Richard E. W. Adams, realizaron trabajo de campo, en el noroeste del Petén guatemalteco, para corroborar lo que se miraba en las imágenes satelitales. Los datos arqueológicos muestran que, donde había pendientes, los mayas construían terrazas de cultivo que cumplían con varias funciones: “Se disminuye la pendiente y la erosión de la tierra, se permite el cultivo en terrenos de este tipo; la pared de la terraza retiene la tierra y la humedad, por lo que no se depende del temporal. En espacios así se lograba más de una cosecha al año”, explica el arqueólogo Tomás Pérez.

Además de las terrazas de cultivo, utilizaron terrenos inundados o pantanosos para desarrollar el sistema de chinampas tropicales o campos levantados, una técnica parecida a la que hoy se conserva en los canales de Xochimilco, en la Ciudad de México. En el área maya –asegura Pérez– se han detectado más de 2,500 kilómetros cuadrados de canales levantados; sobre todo en la zona de Belice, del Río Bec y del Río Candelaria. “Con este sistema tenían irrigada la tierra todo el tiempo; se tenía una fertilización natural y, además, los canales se utilizan para la acuacultura”. En los años 70 se intentó rescatar este sistema de agricultura en Tabasco, con un programa bautizado como los “Camellones chontales”, al que no se le dio continuidad.

Si en los sistemas de producción de alimentos pueden estar algunas claves para entender el esplendor que alcanzó la civilización maya, también en ellos podrían estar algunas explicaciones de su ocaso.

Para Tomás Pérez, el colapso maya podría estar relacionado con “las injusticias que se ejercían hacia el sector dedicado a la producción de alimentos”. Para otros mayistas, la explicación estaría en la alta presión que se ejerció sobre el medio ambiente, el agotamiento y erosión de los suelos, la deforestación y una prolongada sequía que se vivió durante el siglo IX. Éste es uno de los capítulos sobre el cual existen más dudas que certezas.

Lo que sí se sabe es que a principios del siglo X, las dinastías gobernantes huyeron, la población disminuyó dramáticamente y las ciudades fueron abandonadas.

Conocimientos pasados y presentes

Hay saberes que los mayas cultivaron con eficacia, pero que no son tan divulgados como sus avances en matemáticas o astronomía. También acumularon un gran conocimiento de la herbolaria para fines curativos y alimenticios, la cual “sigue siendo muy importante en las comunidades mayas de hoy”, señala la doctora De la Garza. Además, explica, desarrollaron un conocimiento biológico y de comportamiento de los animales con los que convivían.

Gran parte de ese conocimiento está en peligro de perderse entre los mayas actuales, advierten los investigadores. Laura Sotelo, coordinadora del Centro de Estudios Mayas de la UNAM, pone un ejemplo: el manejo de las abejas nativas. Los antiguos mayas tenían una relación especial con las abejas sin aguijón que habitan en varias regiones de América, en especial en la península de Yucatán, y que la ciencia clasifica dentro del género Melipona. En el Códice Madrid –uno de los tres manuscritos que se conocen de los mayas prehispánicos– se dedica un apartado al manejo de estas abejas que, a diferencia de las europeas, forman sus colonias en troncos ahuecados, llamados jobones.

Laura Sotelo explica que en Guatemala se encontró cerámica, que data del preclásico maya, en donde resalta una colmena como parte de una ofrenda. Además, en Quintana Roo, cerca de Cozumel, se hallaron zonas con cientos de jobones. Estas evidencias, dice la historiadora, muestran que la producción de miel y el manejo de estas abejas era una actividad muy importante para los mayas. “En la antigüedad se tenían hasta cuatro cosechas de miel al año; ahora difícilmente se tiene una”, lamenta la investigadora.

Ahora tanto las abejas nativas, como la producción de miel de las meliponas, están casi en extinción. Muy pocos indígenas mayas conocen el manejo de estas abejas sin aguijón. En Campeche, por ejemplo, un grupo de mujeres mayas busca rescatar esta práctica, como un símbolo de identidad y defensa de su territorio amenazado por la expansión de la siembra de transgénicos.

Muchos de estos saberes se están perdiendo porque los mayas, señala Mercedes de la Garza, han sido relegados y discriminados desde la conquista española.

En 2012, el mundo volvió a hablar de ellos. Se exaltó la grandeza de la civilización maya y el supuesto fin del mundo que, se dijo, ellos habían señalado para entonces. Las televisoras buscaron a los científicos dedicados a estudiar esta cultura, y los especialistas repitieron una y otra vez que los mayas nunca hablaron de una fecha fatal. “Pero nadie nos creyó”, dice decepcionado el arqueólogo Carlos Álvarez Asomoza.

Todos los arqueólogos con los que hablo para este texto lamentan que la fascinación que existe sobre los mayas se alimente, en muchas ocasiones, de historias amarillistas, de mitos, de escritos que no tienen sustento científico y de romanticismos exacerbados. El arqueólogo Pérez Suárez reclama que se desdeñen los “datos que se han obtenido después de años de investigación”.

Saber la historia de esta civilización no ha sido fácil. “La información que ahora tenemos puede cambiar si es que encontramos nuevas evidencias –asegura Álvarez–, porque todavía falta mucho por conocer y explorar del mundo maya. El conocimiento sigue avanzando”.

Para el arqueólogo Tomás Pérez, la mayor justicia que se le puede hacer a una cultura como la maya es “tratarla de entender con una visión lo más objetiva posible”.

Para otros, como el arqueólogo Alberto Ruz, entender al pueblo maya en su justa dimensión no sólo implica aprender de su pasado glorioso, sino también conocer su presente y la historia de resistencia que escriben hasta ahora.