Retrato voces Fajardo

En América Latina, las encuestas que consultan las percepciones ciudadanas tienen una característica común: los políticos aparecen en los últimos lugares cuando se pregunta por la favorabilidad de las diferentes instituciones. Si recordamos que son precisamente los políticos quienes toman las decisiones más importantes en nuestras sociedades, es fácil concluir que estamos atrapados en una paradoja: depositamos las mayores responsabilidades en quienes menos confiamos. Absurdo.

Si en esas encuestas revisamos las respuestas con respecto a los problemas que identifican como los más graves, encontramos que la corrupción aparece invariablemente entre los temas que más preocupan a la ciudadanía. La asociación directa entre políticos y corrupción es bien conocida y trasciende nuestras fronteras. El panorama es hoy, por decir lo menos, lúgubre.

La política es la única salida a esta condición de escepticismo, desesperanza, impotencia y desconfianza que invade a la ciudadanía. Necesitamos una que rompa con el esquema perverso que se deduce de la conocida expresión “el fin justifica los medios”, donde los políticos utilizan cualquier camino para llegar al poder, con la certeza de que, “de la forma como se llega al poder así se gobierna”, y que “quienes pagan para llegar, llegan a robar”. Así, la política se convierte en puerta de entrada de la corrupción a los gobiernos. Los corruptos en el poder se llenan los bolsillos con negocios, puestos, contratos y porcentajes, siempre a cuenta de las oportunidades de las personas más humildes.

Se puede hacer una política diferente. Una política en la cual los medios justifican el fin, donde los procesos importan, los objetivos se construyen, en la que nadie tiene precio. El poder que se alcanza con esta política se ejerce entonces en el marco de la legalidad, con transparencia, en oposición a la oscuridad que esconde a los corruptos.

En esta política, el verdadero capital político es la confianza, que es la condición que distingue a sociedades que tienen capacidad para ponerse retos y superar problemas. Una política en la que no se dice “quien no transa no avanza” y en la que nadie pensaría “que roben, pero que hagan obras”. Ésta es, pues, una política que honra la dignidad y las capacidades. Tengan la certeza, se puede.

Depositamos las mayores responsabilidades en quienes menos confiamos. Absurdo

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