Robots, asistentes para personas de la tercera edad (Parte 1)

Muy pronto, los robots cubrirán una nueva necesidad social: el cuidado de los ancianos.

Thomas Farnetti/Wellcome Images for Mosaic

Por Geoff Watts

El juego es simple, diseñado para un niño con la intención de enseñar a los usuarios sobre la dieta y la diabetes. Me siento frente a Charlie, mi diminuto compañero de juego. Entre nosotros hay una pantalla táctil. Nuestra tarea es identificar cuáles, de entre una docena de alimentos diferentes, son altos o bajos en carbohidratos. Arrastrando sus imágenes podemos clasificarlos en los grupos apropiados.

Charlie es educado, se levanta a saludarme cuando me uno a él en la mesa. Procedemos, por turnos, felicitándonos mutuamente cuando hacemos una elección correcta y murmurando comentarios conciliatorios cuando no lo hacemos. Va bien. Charlie empieza a caerme bien.

Pero Charlie es un robot, una máquina electromecánica de 60 centímetros de altura, un ordenador glorificado. Se puede mover, puede hablar, pero es lo que es: una máquina que parece humanoide. ¿Cómo me puede caer bien?

Los compañeros de juego destinados para Charlie no son hombres ingleses de sesenta y pico años, son niños. Naturalmente, los niños interactúan con muñecas, imaginando que son seres sensibles. Eso es parte de la infancia. Pero yo soy un adulto, por el amor de Dios. Ya debería de haber superado respuestas como estas a las muñecos… ¿no?

En realidad, mi reacción a Charlie, lejos de ser extraña o infantil, es bastante típica.

Los robots, por supuesto, no son nuevos. Durante las últimas décadas hemos tenido dispositivos industriales que ensamblan coches, aspiran nuestros pisos y acomodan cosas en almacenes. Pero en la década de 2010 se ha producido un aumento en la atención prestada a los robots del tipo en el que la mayoría de nosotros todavía pensamos como robots: máquinas autónomas que pueden percibir su entorno, responder, moverse, hacer cosas y, sobre todo, interactuar con nosotros, los seres humanos.

Todos reconocemos a R2-D2, a WALL-E y a decenas de sus parientes famosos. Lo desconcertante es que sus homólogos no ficticios ya están muy a la mano. Algunos artículos de prensa son exóticos –como aquellos sobre ‘sexbots’, entre los más sensacionalistas– pero muchos han presentado robots para una menos hedónica necesidad de la sociedad: la discapacidad y la vejez.

Esto me ha hecho preguntarme cómo podría hacer frente a la experiencia -no por una hora o un día, sino durante meses, años-. No mañana, pero muy pronto, voy a tener que acostumbrarme a la idea de vivir con robots, lo más probable es que sea cuando esté anciano y/o enfermo. Contemplando esto, mi línea de pensamiento me ha sorprendido y perturbado.

La medicina moderna y el aumento de la longevidad han conspirado para impulsar la necesidad de atención social, ya sea en el hogar o en instituciones. “Hay una necesidad apremiante de robots en la atención social de las personas mayores, en parte porque tenemos menos personas en edad de trabajar,” dice Tony Belpaeme, Profesor en Sistemas Inteligentes y Control Autónomo de la Universidad de Plymouth.

Tradicionalmente, además de ser parte de los peores pagados en el mundo laboral, los cuidadores son un recurso cada vez más escaso. Los responsables políticos han empezado a poner sus ojos en los robots, como una posible fuente de ayuda, además de más barata.

Estos robots ya están en producción, dice Belpaeme, y están principalmente orientados a la supervisión de los ancianos o enfermos, o a ofrecerles compañía mientras realizan simples tareas. Espera… ¿compañía? “Sí”, dice Belpaeme, sin expresión.

“Por supuesto que sería mejor tener la asistencia de personas…” señala, por todas las razones por las que esto no puede lograrse siempre, “estudios han demostrado que a las personas no les molesta tener robots en la casa para platicar con ellos. Pregúntale a los ancianos si a ellos les gustaría que dejaras al robot en su casa un poco más de tiempo y la respuesta es casi siempre que sí”.

Los secretos de Charlie

Thomas Farnetti/Wellcome Images for Mosaic
Thomas Farnetti/Wellcome Images for Mosaic

Charlie, el robot con el que he jugado a clasificar alimentos, está diseñado para entretener a los niños mientras les ayuda a aprender acerca de su enfermedad (Charlie también se utiliza en terapias para niños con autismo).

Cuando se presenta Charlie a los niños, se les dice que él también tiene que aprender sobre su padecimiento, por lo que lo harán juntos. Se les explica a los menores que el robot sabe un poco de la diabetes, pero que comete errores. “Esto es reconfortante para los niños”, dice Belpaeme. “Si Charlie comete un error pueden corregirlo. La alegría con que lo hacen funciona bien”. Los niños crean una relación con el robot.

“Algunos hasta le traen regalitos, como dibujos que han hecho para él. Visitas al hospital que habrían sido desalentadoras o desagradables pueden llegar a ser algo que el paciente espera con interés”. Los niños comienzan a disfrutar de su aprendizaje y a involucrarse más de lo que lo hubieran hecho con el personal médico. “En nuestro estudio, el robot no era una segunda alternativa, sino la mejor.”

Charlie es una imagen caricaturesca de un ser humano. Una visión ampliamente sostenida por los investigadores, y gran parte de la opinión pública, es que los robots deben verse o convincentemente humanos u obviamente no humanos Cuanto más se parece a nosotros una máquina, más nos relacionamos con ella, hasta cierto punto.

Una similitud muy cercana pero imperfecta tiende a ser inquietante o incluso francamente preocupante. Profesionales de la robótica hablan de lo que llaman el “valle inquietante”; en pocas palabras, si no puedes alcanzar la perfección total en la apariencia similar a la humana en un robot, da marcha atrás. Déjalo con la apariencia parecida a la del robot. Esto es bastante conveniente -una versión de Charlie indistinguible de usted o de mi podría terminar fuera del mercado-. Sin embargo, eso no quiere decir que no debe simular nuestras acciones.

Un robot que no mueve sus manos, por ejemplo, se ve poco natural. “Si nos fijamos en las personas cuando hablan, no se quedan quietas”, dice Belpaeme, apuntando a Charlie y a un niño absortos en su conversación. “Además de sus labios y sus lenguas, sus manos se mueven.”

La angustia que nos genera a los adultos formar relaciones con los robots no parece aplicar en los niños. Tenga en cuenta el papel de los muñecos, los amigos imaginarios y personajes así en el desarrollo normal de la infancia. Empezar a preocuparse por los niños que disfrutan de la amistad de un robot me parece perverso. Entonces, ¿por qué estoy tan ansioso al respecto en mi vida adulta?

“No veo por qué el tener una relación con un robot sería imposible”, dice Belpaeme. “No veo nada que pueda impedir que esto suceda”. La máquina tendría que estar bien informada sobre los detalles de tu vida, intereses y actividades, y tendría que mostrar un interés explícito en ti como compitiendo con otras personas. Los robots actuales están muy lejos de esto, dice, pero prevé que en un tiempo esto podría suceder.

Dautenhahn espera que los robots nunca se convierten en un sustituto de los seres humanos. “Estoy completamente en contra de ello”, dice, pero admite que si esa es la forma en que avanza la tecnología, habrá poco que esta o sus sucesores puedan hacer al respecto.

Al final, por supuesto, la cuestión no se convierte en “¿Quiero un compañero robot para cuidar de mí?” sino en “¿aceptaré ser atendido por un robot?” Si llega el momento en el que todavía estoy en mis facultades mentales pero físicamente enfermo, ¿estaré preparado para que un Care-O-bot de un solo brazo me lleve al baño? ¿o que un PARO japonés sea mi compañero de sillón mientras veo películas?

Este artículo apareció primero en Mosaic y es republicado aquí gracias a una licencia Creative Commons.

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