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{PARTE 1}

En la primera parte de este texto sobre el papel de los androides al cuidado de los seres humanos, el periodista Geoff Watts analizó el caso de Charlie, un robot dedicado a acompañar y a enseñar a los niños con diabetes más sobre su enfermedad. Watts encontró que su apariencia humanoide y su capacidad de moverse e, incluso, de hablar, le permiten crear empatía con nosotros.

En esta segunda entrega, el también investigador estadounidense compara los beneficios de tener una mascota con los frutos de contar con un compañero robot.

Por Geoff Watts

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Cuando los investigadores médicos empezaron a interesarse en los efectos que tiene sobre la salud el tener una mascota, encontraron todo tipo de consecuencias beneficiosas, tanto físicas como mentales. Aunque algunas son debatibles, estas incluyen reducciones en la angustia, la ansiedad, la soledad y la depresión, así como un aumento predecible en la actividad física. Las mascotas parecen reducir los factores de riesgo cardiovascular, como los triglicéridos séricos y la presión arterial alta.

Los placeres de tener a animales como compañeros -y la angustia que puede llegar con  su pérdida  muerte- son evidentes. Una investigación japonesa reveló una base biológica y evolutiva de esta relación, que al menos aplica para un grupo de mascotas. Los científicos midieron los niveles sanguíneos de oxitocina en perros y en sus dueños mientras se miraban el uno al otro durante un periodo prolongado.

Si ya sabes que la oxitocina es la hormona asociada a la construcción de un vínculo entre las madres y sus bebés, puedes adivinar a dónde voy con esto. Los perros han disfrutado de un largo periodo de domesticación, durante el cual su psicología, así como sus atributos físicos, han sido objeto de una intensa selección. Lo que los investigadores japoneses encontraron fue que los períodos de contacto visual aumentaron los niveles de oxitocina en ambas partes. En resumen, descubrieron las bases fisiológicas del amor que le tenemos a nuestros perros.

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Ya sea a causa de la química o por otras razones, hay evidencia de que la mayoría de los dueños de mascotas ven a los animales como parte de su familia. “Esto no quiere decir que los consideran seres humanos”, dice el profesor Nickie Charles, un sociólogo de la Universidad de Warwick con un interés particular en las relaciones entre humanos y animales. Los vínculos estrechos con los animales a menudo suman, más no suplen, a las relaciones con familiares y amigos. “Pero las mascotas son más sencillas, dicen algunos propietarios”.  

La sugerencia de que las cosas no vivas, incluidos los robots, puedan ser capaces de evocar respuestas humanas cuantitativa y hasta cualitativamente comparables a nuestros sentimientos hacia los animales son discutibles. Sin embargo, la experiencia común sugiere que es el caso, aunque puede que no lo admitamos o nos haga sentir ligeramente incómodos hacerlo.

¿Quién no le ha gritado a una máquina cuando falla? El primer vehículo que tuve fue una decrepita camioneta que sufría hasta en las pendientes más modestas. Más de una vez, mientras conducía, me encontré sacando el brazo por la ventana y golpeando la puerta -como un jinete en el flanco de un caballo-. “Vamos, vamos”, le gritaba al tablero. Hasta más tarde contemplé lo absurdo de esta acción.

Para algunos, tal comportamiento es simplemente un alivio de la tensión o la ira que sentimos, pero no para todos. Pensemos, por ejemplo, que a mediados de la década de 1990 llegaron al mercado unos pequeños dispositivos electrónicos en forma de huevo, con una pantalla y un par de botones.

Eran los llamados Tamagochis. Bandai, el fabricante japonés original, describió al Tamagochi como “una mascota virtual e interactiva que va a evolucionar dependiendo de lo bien que cuidas de ella. Juega con ella, dale de comer y cúrala si enferma, así se convertirá en un buen compañero”.

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Por el contrario, si descuidabas a tu Tamagotchi, se moría. Durante un tiempo, millones de niños e incluso los adultos se convirtieron en esclavos voluntarios de las demandas de estos capataces computarizados de bolsillo.

También originario de Japón es PARO. Diseñado para verse como una foca bebé y pesar un par de kilos, es ligeramente más grande que un humano recién nacido. PARO hizo su debut hace más de una década y, aunque la mayoría de las 4,000 unidades vendidas permanecen en Japón, PARO ya llegó a otros 30 países.

Cubierto de piel blanca y suave, PARO responde al tacto, a la luz, a la temperatura y al habla –como lo descubrí cuando intente acariciar e incluso hablarle a esta criatura mientras reposaba en una mesa frente a mí–. Gira la cabeza hacia mi cuando le digo algo, emite chirridos, abre y cierra los ojos con largas pestañas. Esta flagrante manipulación emocional se acentúa cuando cargo a PARO, que acunado en mis brazos comienza a retorcerse mientras sigo hablándole y acariciándolo.

Me encontré con PARO en las oficinas inglesas de la Fundación Japón, en dónde estuvo acompañado por su inventor, Takanori Shibata, un ingeniero del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología Industrial de Japón. Shibata categoriza los beneficios de PARO en tres vertientes: psicológica (que alivia la depresión, la ansiedad y la soledad), fisiológicas (que reduce el estrés y ayuda a motivar a la gente en la rehabilitación) y social.

En esta última categoría, dice, “PARO fomenta la comunicación entre las personas y les ayuda a interactuar con los demás”. Como señala Shibata, “PARO tiene muchos de los mismos efectos que la terapia con animales. Sin embargo, algunos hospitales no permiten animales debido a la falta de instalaciones o las dificultades de la gestión de los animales domésticos. “Por no hablar de las preocupaciones sobre la higiene y enfermedades”.

Gran parte de la evidencia de los beneficios de PARO está basada en la observación informal (aunque también ha habido pruebas más controladas). En un estudio piloto, tres investigadores de Nueva Zelanda pusieron a PARO a prueba con un pequeño grupo de residentes en una estancia para ancianos. Cada voluntario pasó un breve período de tratamiento acariciando y hablando con un PARO. Esta actividad provocó una caída en la presión arterial comparable con la que resultaría de un comportamiento similar con una mascota real.

En mi breve periodo con PARO, no puedo decir que sentí algo más que diversión leve -y ciertamente no se trata de compañerismo-. Los perros y los gatos pueden estar en su mundo, te pueden ignorar, morder o salir de la habitación. Simplemente por estar contigo están diciendo algo. La continua presencia de PARO no dice nada.

Pero yo no soy frágil, no estoy aislado, a solas o viviendo en un hogar para ancianos. Si lo estuviera, mi respuesta podría ser diferente, especialmente si estuviera cayendo en la demencia, una de las condiciones para las que PARO ha generado un interés particular.

Shibata asegura que sus robots pueden reducir la ansiedad y la agresividad en las personas con demencia, mejorar su sueño y limitar su necesidad de medicación. Los robots también reducen la peligrosa tendencia de los pacientes a vagar por ahí y aumenta su capacidad de comunicación.

Este valor como un mediador social interesa a Amanda Sharkey y a sus colegas de la Universidad de Sheffield. “Con la demencia, en particular, puede llegar a ser difícil tener una conversación, y PARO puede ser útil para eso”, dice. “Hay algunas pruebas experimentales, pero no tan fuertes como deberían de ser.”

Ella y sus colegas están estableciendo pruebas más rigurosas. Sin embargo, encuentran que la compañía de PARO puede llegar a ser preocupante. “Es posible imaginar que un anciano está bajo cuidado porque tiene un compañero robot. Este podría ser mal utilizado en un hogar pensando ‘no se molesten en hablar con la persona, tiene un PARO, se mantendrá ocupada”. Pero Shibata insiste en que no es un riesgo, aunque es incapaz de decir por qué no podría suceder.

Este artículo apareció primero en Mosaic y es republicado aquí gracias a una licencia Creative Commons.

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