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{PARTE 2}

En la segunda parte de este texto sobre el papel de los androides al cuidado de los seres humanos, el periodista Geoff Watts comparó los beneficios de tener una mascota con los frutos de contar con un compañero robot. Para ello consultó a varios expertos en el tema, entre ellos a Takanori Shibata, creador de la maquina en forma de “foca bebé” conocida como PARO.

Su investigación le hizo replantearse los beneficios y perjuicios de este tipo de compañía.

Ahora, en esta tercera y última entrega, Watts analiza los “ingredientes” del compañerismo y los vínculos con otros, lo que lo lleva a cuestionarse si estos pueden ser reproducidos por las máquinas.

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Por Geoff Watts

Aquí caben consideraciones culturales. Los japoneses, por ejemplo, tratan a los robots de una manera más casual y parecen más a gusto con ellos. Existen dos teorías al respecto, de acuerdo con Tony Belpaeme, profesor en Sistemas Inteligentes y Control Autónomo de la Universidad de Plymouth.

La primera se atribuye a la religión Shinto y su creencia de que los objetos inanimados tienen espíritu. Belpaeme favorece a la segunda, una explicación más mundana: la cultura popular. Hay muchos filmes y series de televisión en Japón que presentan robots benévolos que vienen al rescate. Los robots que vemos en televisión en occidente son más propensos a ser malévolos. De cualquier manera, yo no soy japonés.

En un nivel de simple practicidad, hay un camino que recorrer antes de que los androides cuenten con la capacidad de comunicarse plenamente y con habilidades como la destreza o la versatilidad de, por lo menos, los más torpes cuidadores humanos. Pero suponiendo que los ingenieros logren superar estos obstáculos –y tengo razones para pensar que lo harán muy pronto– regreso a la cuestión de la compañía. La vida desprovista de ésta es estéril. Así que el hecho de que tendemos naturalmente a formar enlaces o vínculos, incluso con robots, me parece en un principio alentador.

Sin embargo, el compañerismo, en mi opinión, incorpora tres ingredientes fundamentales: la presencia física, la intelectual y el apego emocional. El primero de éstos no es un problema. Ahí está mi Care-O-bot, deambulando por la casa, responde a mi llamado, está listo para hacer mi voluntad. Un poco de compañía para mí. Agradable.

El segundo ingrediente aún no ha sido dominado. La compañía intelectual requiere de algo más que conversaciones acerca de la hora, el clima o si prefiero beber jugo de naranja o agua. Pero la Inteligencia Artificial se está moviendo rápidamente: en 2014 un chatbot se hizo pasar por un niño de 13 años de edad y se convirtió en el primer robot en pasar la prueba de Turing, el famosos desafío ideado por Alan Turing en el que una máquina debe engañar a los seres humanos al hacerles pensar que es uno de ellos.

Thomas Farnetti/Wellcome Images for Mosaic
Thomas Farnetti/Wellcome Images for Mosaic

Dicho esto, en realidad el chatbot llamado Eugene engañó sólo al 33% del panel de jueces e, incluso, esta cifra aún está en disputa. El mayor obstáculo para una conversación satisfactoria con un androide es la falta de un punto de vista. Esto requiere más que sólo la capacidad de formular respuestas inteligentes a preguntas engañosas, o de generar opiniones aleatoriamente con las que hasta la más fáctica de las conversaciones humanas pueda quedar satisfecha.

Un punto de vista es algo sutil y consistente que no se hace evidente en pocas horas, sino durante varios intercambios sobre muchos temas no relacionados durante un periodo largo.

Lo que me lleva al tercero y más tenso de los ingredientes: el apego emocional. No pongo en duda la viabilidad de ello porque realmente creo que puede suceder. En la película Her, un hombre se enamora del sistema operativo de su computadora. Samantha, como él la llama, ni siquiera se materializa como un robot; su presencia física no es más que una interfaz de ordenador. Sin embargo, su relación alcanza un sorprendente grado de plausibilidad.

En el mundo real no hay -hasta ahora- ningún caso registrado de una relación por el estilo. Sin embargo algunos psicólogos, sin darse cuenta, están generando las bases a través de sus intentos por desarrollar la psicoterapia por computadora. Estos datan desde mediados de la década de 1960, cuando el difunto Joseph Weizenbaum, un científico de la computación en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, desarrolló un programa llamado ELIZA para mantener conversaciones psicoterapéuticas de cierto tipo.

Desde entonces, otros han seguido su ejemplo. Su relevancia en este contexto es menor que del fenómeno de la transferencia: la tendencia de los pacientes a enamorarse de sus terapeutas. Si por casualidad el terapeuta fuera un robot…  bueno, ¿y qué?

La calidad y el significado de estos apegos son temas clave. Las relaciones que valoro en la vida -con mi esposa, mis amigos, mi editor- son productos emergentes de interactuar con otras personas, otros seres vivos hechos, principalmente, de moléculas basadas en el carbono como las proteínas y los ácidos nucleicos.

Como materialista vehemente no estoy al tanto de la evidencia que pueda respaldar la opinión vitalista de que los seres vivos incorporan algún ingrediente que les impide ser explicados en términos puramente físicos y químicos. Así que si el silicio, el metal y los circuitos pudieran generar un repertorio emocional igual al de los humanos, ¿por qué debería de hacer distinciones?

Thomas Farnetti/Wellcome Images for Mosaic
Thomas Farnetti/Wellcome Images for Mosaic

Para decirlo sin rodeos, hablo de que en mis últimos años podría aceptar de buena manera ser atendido por una máquina, siempre que pueda interactuar con ella, empatizar con ella y pensar que está interesada en lo mejor para mí ‘de corazón’. Pero esa es la parte razonable de mi cerebro. Otra está gritando: ¿qué sucede contigo? ¿qué tipo de desajuste podría hacerte siquiera contemplar esa idea?

Por ello, me siento incómodo con el resultado de mi investigación. A pesar de que me encuentro persuadido por el argumento racional de por qué el cuidado de una máquina de ser aceptable para mí,  encuentro esta posibilidad e mal gusto -por razones que no puedo, racionalmente, explicar-. Pero eso es la humanidad en pocas palabras: un ser irracional. ¿Y quién cuidará de ese ser irracional cuando envejezca? Un Care-O-bot probablemente no lo discriminará.

Este artículo apareció primero en Mosaic y es republicado aquí gracias a una licencia Creative Commons.

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