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Por Rodrigo Pérez Ortega*

La risa es una de las reacciones más satisfactorias que tenemos, una experiencia humana contagiosa que trasciende fronteras de lenguaje y geografía; además, es una forma eficiente de comunicación, más antigua que el lenguaje. “La usamos para comunicar entendimiento, para mostrar que nos gusta y aceptamos a los demás, para remediar situaciones incómodas, e incluso, algunas veces, para ser malévolos”, expone Joe Hanson, biólogo y divulgador de ciencia.

La risa casi siempre está asociada a una interacción en grupo. Según Sophie Scott, del University College London, puede ser de dos tipos: genuina y falsa. Pero ambas conllevan siempre un mensaje.

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“La risa es siempre significativa. Siempre estás tratando de entenderla en un contexto”, explica. Mientras la risa genuina es involuntaria y se genera gracias al humor, la falsa es voluntaria y denota entendimiento y aceptación, mas no necesariamente es resultado de algo chistoso.

Los científicos dicen que somos buenos para diferenciar ambos tipos de risa. Esto parece ser porque el cerebro las procesa de manera diferente. Las risas genuinas tienen un timbre más alto y activan más a la corteza auditiva.

“Cuando escuchas a alguien reírse involuntariamente, escuchas sonidos que no escucharías en otro contexto”, explica Scott. En cambio, cuando escuchamos que alguien se ríe de manera falsa, se activan áreas asociadas a pensar lo que está pensando alguien más.

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Por otro lado, la risa es un desestresante que puede mejorar la función de los sistemas cardiovascular, inmune y endócrino. ¿Por qué se siente tan bien? En una investigación finlandesa publicada en 2017, se encontró que la risa genuina causó que se liberaran opioides endógenos –encefalinas y/o endorfinas, neurotransmisores involucrados en la reducción del dolor y el bienestar– en regiones cerebrales involucradas en el procesamiento de recompensas y la excitación –el núcleo caudado y el tálamo–, así como en la corteza insular, involucrada en la interocepción y el procesamiento del dolor.

El estudio concluye que la liberación de estos opioides endógenos podría ser la base neurobiológica de la propiedad analgésica de la risa, así como su papel esencial en la vinculación social.

La risa, además, es un indicador de patologías del cerebro: por lo general, las personas que padecen depresión, ansiedad social, enfermedad de Parkinson, e incluso niños con riesgo de convertirse en psicópatas, tienen una percepción disminuida del humor. Pero la risa también es muy benéfica en la psicoterapia y la asesoría para promover relaciones sanas. La risa “no sólo es una manera de sentirnos bien, sino de sentirnos bien, juntos”, asegura Joe Hanson.

*Rodrigo Pérez Ortega es divulgador de ciencia y neurocientífico.

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