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Por: Rodrigo Pérez Ortega

Todos hemos experimentado temor alguna vez en la vida. Unos son comunes ­–como el pánico a las serpientes–, mientras que otros son más personales. Y es que el miedo es una emoción importante para los seres humanos como mecanismo de defensa y protección ante un peligro inminente. Sin esta sensación, cruzaríamos la calle sin preocupación, jugaríamos con tiburones y habría más personas intentando desafiar la economía mundial

¿Cómo funciona el miedo? Empieza con un objeto o evento específico; puede ser desde el avistamiento de un insecto, hasta un auditorio lleno de personas o un cambio en el dinamismo de las bolsas de valores internacionales. Luego, se dan dos reacciones complementarias: una corporal y otra psicológica; ambas inician en nuestro cerebro.

En la primera, una parte del cerebro llamada amígdala se activa e instruye al cuerpo para que produzca hormonas como la adrenalina y el cortisol, que preparan al organismo para generar acciones rápidas.

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La segunda consiste en un estado mental en el que experimentamos sentimientos como inquietud, angustia y ansiedad.

Muchos miedos son memorias emocionales, resultado de aprendizajes previos, como la primera vez que mostramos un proyecto en público. Puede que en esa ocasión hayamos tenido que hacer una presentación que no practicamos bien o nos equivocamos, o los nervios nos traicionaron.

Como aquella vez resultó amarga y estresante, cada vez que tenemos que hablar en público, consciente o inconscientemente nos acordamos de aquella vez y experimentamos una sensación de angustia. Así, a lo largo de la vida, vamos formando memorias de lo que nos altera y muchas veces éstas se generalizan.

Si bien algunos miedos son esenciales para nuestra supervivencia, hay otros que no son favorables para nuestra vida cotidiana y laboral y pueden llegar a impedir que tomemos decisiones benéficas, como el temor a expandir nuestro negocio o buscar nuevos inversionistas o simplemente pedir una promoción a un jefe despiadado.

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El objetivo del sistema primitivo de miedo del cerebro es protegernos, pero no debe limitarnos. En cualquier caso, hay que saber que los miedos –racionales o no– se pueden sobrellevar y hay estrategias para ello. Lo más importante es saber específicamente a qué se le tiene temor y analizar la situación para así modificar nuestra forma de actuar.

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