Por: Carlos Gutiérrez Bracho

La tragedia se convirtió en un lugar común. Y, como cada aniversario, las historias y las imágenes se repiten una y otra vez. La cara de la periodista Lourdes Guerrero tratando de mantener la calma durante la transmisión de su noticiero, las ruinas del Hotel Regis, las del multifamiliar Juárez, las de Televisa, las del Hospital General. Los bebés milagro del Hospital Juárez. Los miles de muertos, los millares de familias damnificadas. La lucha del tenor Plácido Domingo por rescatar a sus familiares, la acción de los cientos y cientos de ciudadanos que se volcaron a las calles a retirar, piedra a piedra, cualquier escombro que les impidiera llegar a alguna persona que estuviera enterrada con vida.

A la posteridad también ha pasado la crónica del periodista Jacobo Zabludovsky. A bordo de su coche, con un teléfono móvil, narraba al mundo cada desagradable sorpresa que iba encontrando a su paso. A tres décadas de distancia, hoy, ya podemos entender con más certeza lo que sus ojos fueron descubriendo esa mañana de 1985: una ciudad de México que no sólo se dolía por el fuerte movimiento de tierra que acababa de sufrir, sino las consecuencias de un desarrollo urbano que ya había mostrado, antes, síntomas de debilidad. El recorrido del reportero por la avenida Reforma se tradujo en la alegoría de un camino que iba del paraíso de los más acomodados al submundo de la pobreza. De los tristemente empobrecidos de la ciudad. Eso fue lo que el temblor evidenció. ¿Qué fue lo que realmente pasó?

Edificio de costureras colapsado en San Antonio Abad 150
Edificio de costureras colapsado en San Antonio Abad 150. Foto: Images donated by Roberto Esquivel Sánchez

Dos grandes terremotos en cada siglo

El sismo del 85 tuvo una magnitud de 8.1 grados en la escala de Richter o escala de magnitud local, que determina la cantidad de energía que se libera en un terremoto. Fue creada por el sicólogo estadounidense Charles Francis Richter. El epicentro se localizó a 17.6 N y 102-5 W, en el Océano Pacífico, frente a la desembocadura del Río Balsas, a las 07:17:48.5 según reportes del Instituto de Geofísica de la UNAM.

En ese instituto laboraba el recientemente fallecido Cinna Lomnitz, quien fue discípulo de Richter y fue investigador emérito de la máxima casa de estudios de este país. Antes de morir, en la que quizá fue la última entrevista que concedió, comentó que el del 85 ha sido uno de los movimientos telúricos más grandes registrados en esta nación. En el siglo XX sólo se sabe de uno superior. Ocurrió el 3 de junio de 1932 cerca de las costas de Colima y Jalisco. “Es el de mayor magnitud ocurrido en México durante el siglo XX”, dice el reporte Peligros geológicos relevantes durante el periodo 1810-2010 de la Secretaría de Gobernación; en Colima más de 200 casas sufrieron daños, mientras que en la Ciudad de México “se sintió por más de 2 minutos, pero no causó daños considerables”.

En este país se registran, en promedio, dos sismos de ese tamaño por siglo, comentaba Lomnitz. “México tiene una frontera con el océano Pacífico que es muy favorable desde el punto de vista sísmico”. El Valle de México, explicaba, es vulnerable a los sismos porque el subsuelo, en la parte central de la Ciudad, es lodo.

La entrevista con el doctor tuvo lugar en el verano de 2015, a pocos días del 30 aniversario del sismo del 85, en la sede del Sismológico Nacional, que se encuentra en Ciudad Universitaria. Para llegar al cuarto en el que nos encontrábamos, había que pasar por un vestíbulo lleno de aparatos viejos, hojas de papel de medición, más parecido a un taller de electrónica que muestra signos de casi abandono. Al traspasar una puerta se hallaban las máquinas. La temperatura era fresca y el espacio muy reducido. El sismógrafo grababa las señales del movimiento terrestre en un tipo de papel encerado. Una aguja calentaba la traza del transmisor y creaba los sismogramas que atestiguaban cada movimiento de tierra. Hoy, esa tecnología ya casi está en desuso. La era digital también llegó a este pequeño cuarto.

Los científicos creen que podríamos estar próximos a un nuevo sismo de la misma magnitud que tuvo el de 1985. “Desafortunada o afortunadamente, no se puede predecir, no porque los sismos sean diferentes, sino porque la gente es diferente. El sismo de 8.1 seguramente se va a repetir, pero los efectos van a ser muy diferentes y no sabemos en qué forma lo serán”, señalaba el doctor Lomnitz, quien confiaba en que no volveríamos a vivir la gran tragedia mexicana. No todos los expertos tienen la misma confianza.

Edificio de departamentos colapsado en la esquina de las calles Orizaba y Zacatecas, en la Colonia Roma
Edificio colapsado en la esquina de las calles Orizaba y Zacatecas, en la colonia Roma. Foto: Images donated by Roberto Esquivel Sánchez

Constructores de nuestra propia desgracia

 En el centro de Tlalpan, al sur de la Ciudad de México, la doctora Virgina García Acosta nos recibe en su casa. Es investigadora del Sistema Nacional y de la Academia Mexicana de Ciencias; asimismo, es fundadora la Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina. Su labor ha sido intensa.

Después de ocurrido el sismo del 85, ella y el doctor Gerardo Suárez Reynoso trabajaron durante unos ocho años revisando archivos, bibliotecas, hemerotecas de las zonas sísmicas del país, así como del Archivo General de Indias, en Sevilla. Gracias a ello, publicaron el primer catálogo exhaustivo, en ese momento, sobre sismos históricos en la Ciudad de México. “Una de las sorpresas fue encontrar en códices prehispánicos o coloniales tempranos, información sobre temblores”.

Con los estudios, García y un amplio equipo de becarios descubrieron que no es que tiemble más en el Distrito Federal, ni que el del 85 hubiera sido el más fuerte. Lo que pasa es que las formas de construcción han cambiado. Es decir, que a medida en que la ciudad se va urbanizando, se van creando más posibilidades de accidentes que pueden atentar contra la integridad de las personas. Es lo que ellos denominan “construcción social de riesgos”.

Detrás del concepto, reconoce la investigadora, hay “una propuesta política para decir: Estado mexicano y estados del mundo, atención. Este es un fenómeno que tiene que ver con la desigualdad, que tiene que ver con el subdesarrollo, que tiene que ver con la no atención de ciertas cosas particulares” y que afecta principalmente a las zonas más pobres, porque tienen menos atención.

En el ensayo “México-Tenochtitlan, septiembre 19 de 1985”, ¿qué ocurrió realmente?”, Octavio Novaro, miembro de El Colegio Nacional apunta que en la manera cómo ocurrió el sismo ese año “había algo profundamente ilógico”, ya que sólo se derrumbaron las estructuras construidas en el antiguo lecho del lago de Tenochtitlán. “La mayor parte de los edificios derrumbados (con algunas excepciones, como las construcciones bajas y muy modestas de Tepito, por ejemplo) eran edificios relativamente modernos y de alturas medias (entre cinco y quince pisos), además de que había una distribución desigual, como ‘bolsas de daño’ rodeadas de zonas de edificios similares que no se habían caído”. Para él, “el origen de los derrumbes no provenía de la incompetencia o la corrupción (como la prensa había insinuado), sino de una resonancia destructiva que podría evitarse en el futuro con una nueva ley de construcción que específicamente eliminara la posibilidad de esa resonancia”.

La tragedia de 1985 fue producto de la acción humana, porque como dice la doctora García, los fenómenos naturales van a ocurrir y siempre han ocurrido. Lo diferente es la forma en que los seres humanos nos hemos “civilizado”. Y hoy, recomienda, “tenemos que luchar y hacer un trabajo de prevención de riesgos y dónde ubicarlos”.

Obras de reconstruccion del edificio de la Secretaria de Comunicaciones y Transportes. Foto: Images donated by Roberto Esquivel Sanchez
Obras de reconstruccion del edificio de la Secretaria de Comunicaciones y Transportes. Foto: Images donated by Roberto Esquivel Sanchez

Lo que la memoria se llevó

Los años han pasado. La ciudad muestra un rostro diferente. Para muchos habitantes parece que no ha ocurrido tanto tiempo, porque las emociones siguen vívidas. Duelen, a pesar de que ya forman parte de la leyenda urbana. Lo duro de la tragedia también parece opacar el contexto en que ocurrió: una situación económica difícil. El gobierno mexicano había aplicado programas de estabilización que habían debilitado las finanzas públicas. Desde antes del terremoto, se vivían periodos de caída de salarios, de aumento de desempleo, de fuga de capitales.

“En ese contexto macroeconómico, el terremoto acentuó la fragilidad económico-social de la sociedad mexicana e hizo más vulnerable a una parte importante de la población el país”, señalan los investigadores de El Colegio de la Frontera Norte Cuauhtémoc Calderón y Leticia Hernández en el ensayo “El terremoto de 1985 y sus efectos económicos”

La antropóloga Alejandra Leal es investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Piensa que ahora es momento de tomar distancia del sismo como un acontecimiento que cambió la historia de México. “Ya tenemos una distancia histórica que no teníamos y tenemos un contexto que no es triunfalista”. El movimiento de damnificados que surgió no se dio espontáneamente después del sismo, se consolidaron y se agruparon una serie de organizaciones que ya venían trabajando en sus diferentes colonias para luchar en contra de los desalojos en vecindades. Debido al temblor se agruparon e hicieron un frente común. Algunos de ellos eran “movimientos inquilinarios que se organizaban para detener los desalojos en las vecindades del centro de la ciudad, porque ya había habido varios intentos de sacarlos”.

En ese momento, el presidente de la República era Miguel de la Madrid Hurtado, quien se encontraba exactamente a la mitad de su sexenio. El terremoto, escribió en sus memorias publicadas en el sitio mmh.org.mx, reconoce que fue “el episodio más amargo” de su gobierno”, también señalaba que inmediatamente ocurrido el movimiento telúrico 600 motociclistas militares recorrieron las zonas para hacer un estimado inicial de los daños. “Más de 3,800 efectivos comenzaron operaciones de vigilancia y rescate en el DF, y otros 8,000 lo hicieron en las demás entidades afectadas. Durante los primeros días, una tercera parte de los soldados se dedicaron principalmente a la vigilancia y no al rescate, como lo estaban haciendo muchos voluntarios civiles”.

La doctora Leal dice que el sismo del 85 no fue un momento positivo para el régimen. Por la falta de legitimidad y por las medidas que se tomaron. Por ejemplo, “la expropiación fue profundamente criticada por un ala del PRI. Había un ala más vinculada con el discurso del nacionalismo revolucionario que celebraba las expropiaciones y una más tecnócrata que estaba en contra. El empresariado se manifestó de una manera muy enérgica en contra de esa expropiación. Entonces, el Estado no capitalizó, se acomodó, se fue transformando. Y es una transformación que no solo viene del sismo. La crisis de la deuda fue mucho más fundamental en las transformaciones que el sismo mismo. Si lo miramos en su contexto, éste es un evento más”.

Ofrenda por el Dia de Muertos junto a los restos del edificio Nuevo Leon de Tlatelolco. Foto: Images donated by Roberto Esquivel Sanchez
Ofrenda por el Dia de Muertos junto a los restos del edificio Nuevo Leon de Tlatelolco. Foto: Images donated by Roberto Esquivel Sanchez

El riesgo actual

De acuerdo con cifras oficiales, el sismo del 85 dejó 6,000 fallecidos, aunque otras investigaciones sugieren que pudieron haber sido más de 10,000. La Secretaría de Prevención y Promoción de la Salud informa que resultaron dañados 5,728 inmuebles privados y públicos. Las delegaciones Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Benito Juárez y Gustavo A. Madero concentraron el 80% de los daños materiales, de acuerdo con datos de la página oficial del ex presidente De la Madrid. Un total de 366 edificios fueron derrumbados por completo, asegura el sitio.

Al doctor Eduardo Reinoso Angulo ese día 19 de septiembre lo marcó. Le conmovía saber que debajo de los edificios había gente viva. “No conozco a nadie que haya vivido el terremoto y que no le haya marcado para siempre”. Es investigador del Instituto de Ingeniería de la UNAM y director general de Evaluación de Riesgos Naturales y Antropogénicos (ERN). Quiere evitar en lo más posible que vuelva a pasar, que los edificios se sigan haciendo cada vez mejor para que no se vuelvan a caer.

Para él uno de los problemas que tenemos actualmente es la mala calidad en la ingeniería: “ingenieros que no hacen bien su trabajo, ingenieros que no son ingenieros, que les dan un proyecto, cobran muy barato y lo que hacen es meter los datos a un programa, el programa les arroja resultados que a lo mejor ni siquiera saben interpretar si están bien y con esto se hace el edificio”. Pone de ejemplo inmuebles de ocho pisos en la colonia Condesa o en la Del Valle que no pasan por buenos ingenieros ni buenas constructoras ni por un buen arquitecto.

“El reglamento exige –asegura Reinoso– que haya muchos cajones de estacionamiento y eso hace que la planta baja sea muy débil. Le llamamos el problema de planta baja débil. No tiene muchas columnas, no tiene muchos muros, porque si no, no caben los coches”.

En su tesis de maestría en Ingeniería civil, David Porras Navarro del Instituto Politécnico Nacional escribe que un edificio de planta baja débil en la Ciudad de México “corresponde a edificios de departamentos de concreto reforzado con lugares de estacionamiento en los sótanos”. De acuerdo a su análisis, el 8% de los 330 edificios colapsados durante el sismo del 85 eran de este tipo. “Lo que puede interpretarse como una estructuración que requiere de estudio, ya que es muy susceptible a daño sísmico”.

La detección del riesgo que presentan este tipo de construcciones no es nueva. De acuerdo con el trabajo de Porras Navarro, John Ripley Freeman lo identificó por primera vez en 1932, cuando “reportó los daños sufridos por un edificio con piso suave en la planta baja en el sismo de 1925 en Santa Bárbara, California”

Eduardo Reinoso señala que éste es un problema de ingeniería estructural que podría ocasionar graves consecuencias en las construcciones en el siguiente temblor. “Vamos a ver que muchos edificios a pesar de que estaban relativamente bien hechos van a tener problemas porque el ingeniero que estaba detrás no dominaba los conceptos”.

–¿El gobierno no está tomando cartas en el asunto?

–Sí, sí está tomando cartas. Nosotros revisamos los estudios que se han construido desde 2004, porque en ese momento el jefe de gobierno de la ciudad, con una buena intención, dijo ‘vamos a quitar los permisos de construcción’. Era una buena intención, porque él decía que había corrupción en la solicitud. Pero eso tuvo un efecto negativo en la construcción; los ingenieros creyeron o los desarrolladores creyeron que podían hacer lo que querían. Y no es cierto. Hay un reglamento que deben cumplir y el reglamento es prácticamente inmejorable.

Para él, ahora se está viendo mucha impunidad en la construcción en México. “Los desarrolladores, los arquitectos e ingenieros hacen lo que quieren. Nadie lo revisa. Nadie lo verifica y mucho menos nadie castiga”. Nunca se revisan o clausuran por razones estructurales, asegura. “No hay ninguna revisión estructural que tenga que ver con la seguridad sísmica”.

El doctor Cinna Lomnitz aseguraba que había un comité de ingenieros que aportaban nuevos datos y eso se transformó en normas. “Pero la palabra ‘normas’ es un poco curiosa, porque no son obligatorias –decía–. No tienen fuerza de ley, porque si usted es propietario de un edificio, es su propiedad y nadie puede decirle cómo construir”. También afirmaba que al dueño de los edificio le convenía cumplir la norma, pero no había un policía que le dijera que el edificio no estaba conforme con las normas; “si uno quiere, puede asesorarse y el gobierno le manda un asesor”, decía Lomnitz.

Restos del edificio Nuevo Leon tras los sismos. Foto: Images donated by Roberto Esquivel Sanchez
Restos del edificio Nuevo Leon tras los sismos. Foto: Images donated by Roberto Esquivel Sanchez

¿Viviremos una tragedia similar?

Según el portal Metros Cúbicos, la edificación en el Distrito Federal creció más de 1,750 millones de pesos tan sólo en 2014. Es una de las más importantes actividades productivas y económicas de la gran metrópoli. La doctora Virginia García Acosta considera que después del 85, durante los primeros años, hubo un poco de conciencia ciudadana y civil, “pero desgraciadamente los sismos se olvidan. Algo tenemos en el cerebro como mecanismo de defensa que ya no te quieres acordar y empieza a naturalizarse y a ser una cosa no tan preocupante y entonces la gente deja de atender aquel asunto y de repente le va a sorprender”.

Después de tantos años de estudiar desastres naturales, ha llegado a la conclusión de que no podemos hablar de que estos fenómenos ocurren sólo un día, ya que son procesos que se van construyendo; tanto el desastre mismo, con la construcción social de riesgos.

Para Eduardo Reinoso la autoridad también hace mal en mandar la señal, cada 19 de septiembre, de que hay que evacuar los edificios. Considera que en un escenario como ése, lo mejor es quedarse en los edificios, buscar dónde resguardarse, donde no caigan cosas encima, alejarse de las ventanas. Si alguien tiene sospechas de que su edificio tiene problemas estructurales, lo mejor es que mande hacer un estudio. “Evacuar edificios, en un terremoto, no necesariamente es lo mejor”. Sí recomienda la evacuación en las escuelas y que se instalen señales de riesgo sísmico en toda la ciudad, para que los ciudadanos puedan tomar precauciones según el rumbo en el que se encuentren, ya que no todas las colonias tienen el mismo riesgo de desastre, como la crónica de Zabludovsky ejemplifica a la perfección.

Los científicos consideran que es altamente probable que se pueda repetir un sismo con la misma magnitud que el del 85. ¿Estamos preparados? ¿Aprendimos la lección? “Quisiera pensar que si realmente se han seguido las normas de construcción, si realmente ha habido un apego a este tipo de cosas, quizá estos nuevos edificios resistan mejor que lo que resistieron aquellos que existían en el 85”, reflexiona Virginia García Acosta. “Lamentablemente, creo que no ha sido así en todos los casos. El hacinamiento es brutal, sabemos cómo están construidas las casas, cómo vive la gente, las condiciones en que está. Es terrible. Yo no auguro un post-desastre menos feo que el de 1985”.

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