Transgénicos, menú de laboratorio

Para unos amenazan la salud y el medio ambiente, para otros son la única forma de alimentar a un mundo cada vez más poblado.

Fotos: Gladys Serrano.

Por Cristina Sáez

Cada año, medio millón de personas –la mayoría niños– se quedan ciegas debido a una deficiencia de vitamina A en países en vías de desarrollo.

Y de ésas, una de cada dos muere en un año, puesto que la falta de este nutriente afecta de forma grave su sistema inmunológico y los vuelve más susceptibles de padecer otras enfermedades. De hecho, según datos de UNICEF, al menos 1.15 millones de pequeños en el planeta perecen por este motivo.

Desde la década de los 80 un equipo de científicos del Instituto Tecnológico de Zúrich, en Suiza, investiga una forma de combatir esa situación y ha logrado, mediante biotecnología, desarrollar un arroz –el principal alimento en Asia– al que han bautizado como Golden Rice (arroz dorado), por su color amarillento. En esta semilla han introducido un gen procedente del maíz y otro de una bacteria con los que han logrado que ese cereal produzca betacarotenos, la fuente de la vitamina A.

Los primeros detalles científicos sobre este cultivo se publicaron en el año 2000 en la revista Science y cinco años más tarde se presentó una versión mejorada: el Golden Rice 2, que es capaz de generar hasta 23 veces más betacarotenos que el primer arroz dorado. Este cereal ha sido desarrollado como una herramienta humanitaria; está libre de patentes y, además, en 2015 fue galardonado con el premio Patentes para la Humanidad, que concede el gobierno de Estados Unidos.

Sin embargo, todavía no ha sido comercializado en ningún país del mundo, porque mientras para muchos podría ayudar a disminuir drásticamente la mortalidad y enfermedades relacionadas con la falta de vitamina A, para otros este alimento transgénico supone un riesgo para los humanos y el medioambiente, beneficia a las grandes multinacionales agroquímicas y perjudica a los pequeños campesinos.

ALTERACIÓN GENÉTICA

Modificar las características de una planta en beneficio humano no es algo nuevo. Lo llevamos haciendo desde el Neolítico, cuando nuestros antepasados comenzaron a cosechar las tierras. Desde entonces y durante miles de años, hemos aprovechado las mutaciones que se daban de manera espontánea en los vegetales para ir seleccionando a los mejores individuos.

Esa misma estrategia la hemos seguido con los animales, aunque siempre de forma intuitiva y a base de prueba y error, hasta que el descubrimiento de la molécula de ADN en 1953 abrió definitivamente la puerta a la biotecnología. A partir de ese momento, en lugar de mezclar genes al azar, se empezó a escoger de forma selectiva únicamente el que interesaba y a introducirlo en el organismo deseado para su aprovechamiento.

Ahora en casi todo el planeta se cosechan estos cultivos. Desde que la US Food and Drug Administration (FDA) aprobó en 1994 la primera comercialización de un vegetal transgénico, el tomate Flavr-Savr de la compañía Calgene, la superficie dedicada a este tipo de vegetales se ha multiplicado más de 50 veces en el planeta y se ha pasado de 1.7 millones de hectáreas en 1996 a 181.5 millones en 2014, según cifras de la International Service for the Acquisition of Agri-biotech Applications (ISAAA), una organización internacional no lucrativa que se dedica a la adquisición de aplicaciones agrobiotecnológicas.

América Latina, Asia y África, con Brasil a la cabeza, son las regiones que más los cultivan: en conjunto, reúnen 96 millones de hectáreas dedicadas a estos organismos modificados genéticamente, lo que supone 53 % del total del comercio de estas plantas.

Pero, ¿qué son exactamente los transgénicos? Se trata de alimentos que derivan de organismos cuyo material genético se ha modificado haciendo uso de ingeniería genética, como por ejemplo introduciendo un gen de otro organismo distinto o suprimiendo alguno. En la actualidad, la mayoría son plantas, aunque cada vez se investiga más con microorganismos y animales.

La mayoría de estas modificaciones persigue, ante todo, mejorar la producción, ya sea incorporando resistencia a enfermedades o plagas, o aumentando la tolerancia a herbicidas.

El ejemplo más conocido es el maíz transgénico, que resiste al ataque de la plaga del taladro, puesto que porta un gen procedente de una bacteria con el que sintetiza una proteína tóxica para este insecto. En España, el país de la Unión Europea donde más hectáreas se dedican al cultivo de los transgénicos, este maíz modificado supone 32 % del total cosechado, calcula la Fundación Antama, una organización que persigue la promoción de las nuevas tecnologías aplicadas a la agricultura, la alimentación y el medio ambiente

Cada vez más este tipo de alimentos se plantea como herramientas terapéuticas, desde papas que ayudan a inmunizar a la población contra el cólera o la diarrea bacteriana a tomates que contienen el ácido fólico natural que deben tomar las embarazadas para evitar que el bebé padezca defectos del tubo neural, como espina bífida.

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AGRIA POLÉMICA

No obstante, lo que para algunos es un avance formidable, para otros es un sinónimo de desastre ambiental y sanitario, de alergias, de intoxicación, de monopolio. Y lo cierto es que a menudo los transgénicos generan polémica y rechazo, y se sitúan en el centro de encendidos debates.

Hay mala información a la sociedad en general. “Y a eso se une la resistencia que oponen los ecologistas que lanzan potentes campañas en redes sociales con las que han logrado que se vean (los transgénicos) como algo que perjudica a los humanos, cuando todos los estudios científicos rigurosos realizados hasta la fecha han demostrado que son tan inocuos para las personas como los vegetales tradicionales”, señala el investigador especialista en Ingeniería de Alimentos, Sergio Román Serna, del Tecnológico de Monterrey.

Luis Herrera, investigador mexicano del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav), se pone las manos en la cabeza cuando escucha los argumentos que exponen quienes están en contra de los transgénicos. “Estamos entrando en un periodo de oscurantismo parecido a lo que le sucedió a Galileo con la Santa Inquisición –se lamenta–. Los argumentos científicos ya no importan, ahora son las creencias que predominan en el uso de los alimentos y los desarrollos tecnológicos. Hay 600 artículos científicos que muestran que los alimentos modificados genéticamente son seguros, al menos como los tradicionales, y sólo unos 5-6 que dicen lo contrario. Al final prevalecen los 5-6 artículos que nadie ha repetido ni reproducido. Las nuevas tecnologías de edición de genoma donde se pueden hacer cosas maravillosas, la ignorancia las quiere poner también en la cantata de los productos peligrosos aunque son indistinguibles de los tradicionales”.

Para muchos científicos, los OGM, como se conoce a los organismos genéticamente modificados, son una forma eficiente y respetuosa con el medio ambiente para dar de comer a un mundo creciente con cada vez menos recursos. En este sentido, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que la población mundial alcanzará en 2050 los 9,300 millones de personas, cerca de 2,500 más que ahora, y eso requerirá generar más comida, con el agravante de que el agua, debido al cambio climático, será cada vez más escasa. “La única solución es producir más por área de cultivo y de forma masiva. Y eso sólo se puede conseguir con transgénicos”, opina Guy A. Cardineau, investigador del Centro de Agrobiotecnología del Tecnológico de Monterrey.

En el otro lado de la balanza se sitúan los detractores de estos alimentos, grupos ecologistas y de consumidores que denuncian que este tipo de cosechas amenaza la biodiversidad y el planeta, así como la salud de las personas, porque pueden causar alergias. También dicen que provocan la muerte de abejas y mariposas, además de que aumentan el uso de pesticidas. Para ellos, los campesinos se convierten en esclavos de las grandes multinacionales semilleras a las que deben comprar tanto la semilla como los productos químicos para tratar a la planta, como el herbicida glisofato, en tela de juicio desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo incluyera entre los productos sospechosos de causar cáncer.

“Para que un transgénico salga al mercado debe pasar una revisión científica exhaustiva, más de 12 años de investigación, con una inversión muy elevada, de más de 60 millones de dólares. Se realizan estudios de toxicología, de alergia, se mide el impacto sobre la población de insectos. Se siguen, en definitiva, unos protocolos muy estrictos. No hay nada que temer, son seguros”, asegura el investigador Serna.Trajns2-1

ALIMENTOS DEL FUTURO

Si por algo resultan atractivos estos alimentos es porque pueden constituir una valiosa y eficaz herramienta para paliar problemas de salud y también para aumentar la productividad de las cosechas. De esta manera, uno de los principales objetivos para emplear esta técnica es incrementar la vida del producto y reducir las pérdidas post cosecha.

“Eso es importante porque la mitad de las frutas y hortalizas se pierde porque se echa a perder. Y es un malgaste para el agricultor y también para el mundo, que deberá alimentar a 2,000 millones de personas más”, considera Cardineau, del Tecnológico de Monterrey. Y añade que “mediante manipulación genética podemos lograr que una hortaliza o una fruta dure dos meses más en un anaquel que uno normal. También podemos mejorar nutricionalmente los alimentos”.

Asimismo, en esta institución educativa los investigadores intentan conferir a los vegetales atributos nutricionales y de promoción de la salud. “Como la mayoría de las calorías de la dieta deriva de los cereales, estamos estudiando cómo hacer que esos granos nos ayuden para evitar que las personas sean obesas o diabéticas”, indica Sergio Román Serna, quien apunta que “la biotecnología es un arma muy potente para proveer más alimento más nutritivo que va a favorecer la salud humana, la calidad de vida de las personas”.

Este científico, por ejemplo, estuvo involucrado en diversos programas en África para generar maíces con un contenido elevado en vitamina A y zinc, e incluso con una calidad de proteína similar a la de los productos cárnicos. “Uno de los problemas principales en Asia y África es la desnutrición, que causa la muerte de unos 20,000 niños al año, les provoca problemas de crecimiento y del desarrollo de su cerebro”, asegura consternado Román Serna, quien ya trabaja en varios países como Ghana, Kenia y Malaui.

Otro ejemplo de alimento funcional que están desarrollando en el Tecnológico de Monterrey es el chile. “Queremos aumentar los niveles de licopeno que contiene, que sabemos que ayuda a prevenir el cáncer de próstata. La población mexicana consume mucho este alimento y quizás a través de él podamos disminuir la probabilidad de que los hombres padezcan un tumor”, menciona Cardineau.

Por otro lado está el tomate enriquecido en folatos, que desarrolló Rocío Isabel Díaz de la Garza, profesora investigadora asociada al Tecnológico de Monterrey, como proyecto de doctorado en la Universidad de Florida. Esta fruta contiene 25 veces más ácido fólico que un tomate normal. “Con 100 gramos puedes consumir la cantidad de este nutriente que necesita una mujer embarazada y bajar muchísimo el riesgo de que el bebé nazca con defectos del tubo neural, que se produce por déficit de esta vitamina”, afirma.

Además, los organismos modificados genéticamente no se limitarán a las plantas. La empresa norteamericana AquaBounty desde hace 24 años desarrolla salmones transgénicos con múltiples copias del gen de la hormona del crecimiento, que causa que crezcan el doble de rápido que los especímenes salvajes. Y se investiga cómo conseguir la expresión de genes que codifican proteínas de alto valor añadido en la glándula mamaria de diferentes mamíferos con el objetivo de obtener leches enriquecidas en fármacos, como por ejemplo el activador de plasminógeno; el simple consumo de esta leche podría ayudar a prevenir que se produjeran trombosis o alguna cardiopatía.

“Si tenemos la herramienta, ¿por qué no hacerlo?”, se pregunta el experto en biología molecular Luis Herrera. “La posición de quienes están en contra de los transgénicos es la de ciudadanos con sus necesidades resueltas. Pero eso no puede continuar así”.

UN GRAN RIESGO

El monocultivo transgénico avanza imparable. En 2012 se sembraron en Argentina, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Brasil nada menos que 50 millones de toneladas de soya transgénica, en detrimento de otros cultivos, como el trigo o el maíz. “La soya transgénica no es un problema en sí, sino el éxito tan rotundo que ha tenido, que ha hecho que todos los agricultores quieran cultivarla. Eso ha provocado que haya una excesiva producción de soya, que ha ido en contra de otras plantas que se han dejado de cultivar. E incluso se han incorporado zonas que antes eran para producción de ganado y pastos silvestres”, indica Luis Herrera, investigador del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad del Centro de Investigación y Estudios Avanzados. Ya se empezó con los híbridos y ahora se ha incrementado con los transgénicos: los campesinos deben comprar las semillas a grandes empresas que las fabrican. Sólo 10 multinacionales controlan casi 70 % del mercado mundial de semillas. Los agricultores tienen poca capacidad de elección.