iStock

Los alimentos transgénicos, es decir, productos que derivan de organismos cuyo material genético fue modificado, alcanzaron su auge en la década de 1990. Desde entonces, algunos ecologistas, consumidores e incluso científicos y agricultores han destacado las desventajas que su cultivo y consumo implica sobre las ventajas que ofrecen, como la resistencia a factores ambientales como el exceso de agua o la sequía, así como a diferentes tipos de plagas, principalmente insectos y malezas.

Más allá del debate sobre los efectos que puede tener su consumo en el cuerpo humano, o no, otro aspecto negativo sobre su utilización llama la atención de los expertos: su cultivo está provocando la evolución de estos bichos y hierbas, convirtiéndolos en ‘súper plagas’.

“Para hacer un organismo genéticamente modificado con una resistencia a las plagas, lo que se ha desarrollado son organismos que incorporan ciertas toxinas de un microorganismo capaces de matar al insecto o maleza”, explicó el doctor César García Díaz, director de Carrera de Ingeniería en Biotecnología del Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México, en entrevista con Tec Review Web.

El especialista aclaró que se trata de sustancias que “ya existen en la naturaleza, no son creadas por el hombre”.

Anuncio

Este proceso se originó, de acuerdo el doctor García Díaz, ante la falta de eficiencia al asperjar líquidos contra plagas sobre los campos. “Solamente caen gotas sobre cierta proporción de la mata, la parte baja o el tallo se queda sin protección”, detalló, “por su parte, los transgénicos, permiten garantizar que esta toxina se encuentre en toda la parte verde”.

El problema radica en los mecanismos de defensa de las propias plagas ya que, tras exponer varias generaciones de bichos o hierbas a las toxinas naturales, empiezan a desarrollar mutaciones que les permiten degradar estas sustancias o modificar su estructura de tal forma que ya no representan una amenaza para la plaga. El caso de los insectos resulta especialmente alarmante.

“Después de los microorganismos, son los seres con más altos niveles de reproducción y población a nivel mundial”, recordó el entrevistado, “así que, después de unas 17 o 20 generaciones, el animal sufre una modificación, lo que le permite sobrevivir”.

En 2013, la revista especializada Nature Biotechnology, publicó un estudio titulado Insect resistance to Bt crops, el cual fue realizado por los científicos Bruce E. Tabashnik, Thierry Brévault e Yves Carrière, adscritos al departamento de Entomología de la Universidad de Arizona, en Estados Unidos.

Este trabajo analizó más de 70 investigaciones realizadas desde 2005 a 13 especies de insectos diferentes, las cuales demostraron cómo en un lapso de seis años, cinco de estos animales desarrollaron resistencia a un cultivo creado específicamente para combatirlos con ayuda de la bacteria Bacillus thruringiensi (Bt).

Este es sólo un ejemplo del impacto del uso de transgénicos en la aparición de ‘súper plagas’. Ante estos cambios en las especies, algunos países han implementado medidas para intentar controlarlos.

El marzo de 2015, por ejemplo, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) solicitó que se limitara la siembra de semillas de maíz genéticamente modificadas para combatir una plaga voraz de escarabajos. Más adelante, el mismo organismo propuso destinar una parte de los terrenos de cultivo a la siembra de plantas no transgénicas con el objetivo de evitar que las plagas que desarrollen resistencia a las toxinas se multipliquen.

Esta estrategia ha resultado eficaz, coincidió el doctor César García Díaz, porque “si el animal que ya tiene la resistencia se aparea con poblaciones de insectos que están consumiendo un producto que no tiene la modificación, por la probabilidad genética, no toda su descendencia va a presentar la mutación. Esto permite diluir la resistencia”.

¿Por qué dejar de producir transgénicos, en este caso, no es una opción? Porque estos alimentos tienen aplicaciones que no influyen en la naturaleza y que son beneficiosas para el hombre.

“Por ejemplo, si uno quiere crecer una planta para favorecer a una población marginada, se analizan la calidad del suelo y las condiciones ambientales. En caso de que estas no sean propicias para cierto tipo de cultivos, se puede trabajar en manipulaciones que permitan su crecimiento en estas comunidades”, dijo.

“El clima y el suelo no mutan, son agentes no biológicos”, agregó, “lo importante es tomar en cuenta los efectos de la aplicación que les queremos dar, ahí está la clave”.

¿Te gustó esta información? Consigue más en nuestro boletín semanal, ¡suscríbete ahora!