Por Luis Armando Estrada

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha fue un libro viajero, de igual forma como el caballero andante emprendió su salida antes del amanecer y el mismo Miguel de Cervantes combatió en Lepanto, hizo un viaje al llamado Nuevo Mundo. Las andanzas comenzaron en 1605, pocos meses después de salir de las prensas y 15 años después de que su autor, menesteroso y fracasado, pidiera empleo para viajar al continente americano. Sólo pudo hacerlo a través de su novela.

De Sevilla zarpó en la nao Espíritu Santo, aquel 12 de julio; eran 262 ejemplares de la primera parte –en 1615 aparecería la segunda–. Iba rumbo a San Juan de Ulúa, Veracruz, y sería entregado a Clemente Valdés, vecino de la Ciudad de México, según apunta Francisco Rodríguez Marín en el libro El Quijote y don Quijote en América de 1911.

Envíos como éste o como los realizados por el librero Juan de Sarriá, en Panamá, abrieron camino al escritor para que su novela cruzara el Atlántico burlando las Leyes de Indias, que prohibían la llegada a América de los “libros de romance de historias vanas o de profanidad”. Así, unos 1,500 ejemplares viajaron ese año en 12 navíos, con entregas a Puebla y México.

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Las peripecias de Don Quijote y Sancho conquistaron al pueblo y estos personajes se convirtieron en protagonistas de fiestas populares no sólo en Europa, también en sitios como el Nuevo Reino de León (hoy Nuevo León), según la investigación Cuatrocientos años del Ingenioso Hidalgo, coordinada por Blanca L. Mariscal y Judith Farré.

Unos 350 años después, el empresario Carlos Prieto y Fernández de la Llana, socio de la Fundidora de Acero de Monterrey, estaba “enamorado del Quijote” y tenía entre sus tesoros una importante colección cervantina. En 1954, decidió donarla al naciente Tec de Monterrey; quería preservar la lengua española, relata su hijo Carlos Prieto Jacqué.

“Carlos Prieto atesoró más de mil volúmenes, entre ellos 500 quijotes; el resto está constituido por entremeses, novelas, biografías y críticas de Cervantes y sobre Cervantes. De los Quijotes, hay 200 ediciones en español y 60 traducciones en 16 idiomas”, comenta el doctor Jorge Daniel Sanabria, quien es el actual guardián de la colección en el Tecnológico de Monterrey.

Acceder al corazón de la Biblioteca Cervantina es sumergirse en un mundo que huele a pergamino, papel, tinta y, sobre todo, a un lugar que invita a hojear uno de los acervos más antiguos del Ingenioso Hidalgo.

Ahí, vitrinas y muebles de madera guardan a doble llave una de las grandes reliquias de ese lugar: la edición de Bruselas, Bélgica, que Roger Velpius realizó en 1607. Es el primer número impreso fuera de la península ibérica, considerado una gema de los Quijotes tempranos. Según describe Francisco Rico, miembro del Instituto Cervantes y la Real Academia Española, “el corrector lo leyó con cien ojos, procurando remediar las imperfecciones que ofrecían las primeras ediciones de España y Portugal”.

En este acervo también está la edición de Milán de 1610 que, como dato curioso, detrás de la portada se suprime la dedicatoria a Cervantes por la del conde Vitaliano de Italia, con la intención de destacar su afición por la lengua castellana. Un centenar de publicaciones en inglés, francés, alemán, catalán, checo, holandés, húngaro, mallorquín, italiano, ruso, entre otros, se distingue por sus lomos adornados con filos dorados y una etiqueta en la parte inferior con el nombre de su coleccionista, acervo que requirió una colecta de varios años en México y en el mundo. “Vi crecer de cerca la colección dentro de una habitación a la que pronto llamamos el cuarto de don Quijote”, recuerda el violonchelista Carlos Prieto Jacqué.

Las hojas amarillentas de estos libros preservados a 20 grados Celsius son las marcas del tiempo. En su texto –editado por el Tecnológico de Monterrey–, Mariscal y Ferré consideran que el acervo es una muestra de la universalidad de la obra y de la época, desde impresiones en diferentes formatos hasta números más baratos o de lujo.

Entre otros volúmenes, la Biblioteca Cervantina cuenta con la segunda edición más pequeña de la obra –la primera está en la Biblioteca Real de España–; también custodia una edición impresa en dos hojas, nuevas adquisiciones, la traducción en japonés –única en México-, unas extrañas –como la mongola y coreana–, así como el primer Quijote mexicano publicado en 1842 por Ignacio Cumplido.

La Cervantina no sólo refleja las andanzas de Don Quijote de la Macha en este país, es un acervo universal abierto al conocimiento que, además, alberga ocho incunables, libros impresos entre 1456 y 1500, es decir, desde la aparición de la imprenta hasta principios del siglo XVI; también hay diversas colecciones especiales como la Conway, la Méndez Plancarte, entre otras, que, como apunta el doctor Daniel Sanabria, son “un claro ejemplo de la acérrima defensa del idioma español en la frontera norte”.